LAS DISFUNCIONES SEXUALES: OTRA VOZ DE LOS DEMONIOS.

“Si mis demonios me abandonan,

Temo que mis ángeles también se marchen”.

(Rilke)

Los demonios tienen muchas voces.  Dicen lo mismo siempre, pero de muchas maneras. Dicen que te detengas, que no crezcas más, que te quedes allí para siempre.

Los demonios introyectos dicen: “debes de…”, dan órdenes, prohíben, reprimen, castigan.

Los demonios asuntos inconclusos encadenan al pasado,  obligan a dar vueltas en una noria haciendo creer que se va hacia algún lado.

Los demonios experiencias obsoletas hacen tropezar una y otra vez con la misma piedra, hacen creer que se puede andar la vida usando unos zapatos gastados e inútiles.

Hablan mucho. Los demonios saben poco de silencios, porque en el silencio hay sensaciones, sentimientos, gritos, mensajes de la vida. Hablan con diferentes voces. Hablan en el cuerpo tenso, en las emociones contenidas, en el miedo a cambiar, en la confusión… y en la sexualidad.

Introyectos, asuntos inconclusos, experiencias obsoletas se reflejan en la sexualidad de las personas. Y no es de extrañarse si pensamos que la sexualidad es una dimensión humana en la que está presente todo lo que somos. Mi sexualidad dice como soy. Tal como soy en el ejercicio de mi sexualidad, soy en mi vida cotidiana. Si nos fijamos con cuidado, si nos acercamos a escuchar lo que ocurre en la persona que no puede disfrutar de una sexualidad plena y libre, en la persona que se prohíbe el placer, en la persona que siente la sexualidad como una carga… casi siempre podremos escuchar -a veces de forma muy clara, a veces de forma oculta- la voz inconfundible de los demonios.

 

El Caso de Roberto: Más Allá del Síntoma

Roberto se notaba nervioso. Grandes anteojos, una barba que prácticamente ocultaba toda su cara, 34 años. Trataba de aparentar tranquilidad sin lograrlo. Finalmente se decidió, aclaró su garganta y me dijo con voz poco clara: “Tengo problemas con mi vida sexual: eyaculo muy rápido, evito estar con mi pareja, no sé qué hacer”.

Hablamos. Efectivamente había una discontrol eyaculatorio severo. Lo  padecía desde hacía mucho tiempo pero buscó ayuda hasta entonces porque por primera vez, luego de muchos años, tenía una relación de pareja estable y pensaba en casarse. Rehuía los encuentros sexuales, ponía pretextos, su pareja empezó a sentirse abandonada en este aspecto. Mientras más aumentaba la ansiedad de Roberto, más precoz era su eyaculación.

Se trata de un caso muy frecuente en mi trabajo como sexólogo clínico. Sin duda, las disfunciones sexuales también son casos frecuentes en muchos consultorios de psicoterapia, aún cuando no estén especializados en sexología. La gente habla de sus problemas sexuales al médico, al sacerdote, al terapeuta… si es que los habla. Muchas veces permanecen en el silencio, ocultos, como si fuera vergonzoso hablar de ellos.

En ocasiones, la persona no los expresa al principio de un proceso terapéutico, sino después de varias sesiones. Incluso puede ocurrir que la persona llegue a trabajar alguna otra cuestión y que en el transcurso del trabajo terapéutico la disfunción haga figura y sea importante trabajarla.

La Terapia Sexual tradicional, la que se trabaja desde los 70’s, tiene sus propias propuestas, la mayoría son intervenciones conductistas que buscan que la persona re-aprenda el ejercicio de su sexualidad. A través de ejercicios, caricias dirigidas, autoerotismo, contracción de músculos, relajación, sensibilización, se busca que la persona logre un ejercicio sexual satisfactorio.

Y hay que decir que esta Terapia Sexual tiene éxito. Las personas mejoran y superan la disfunción… por un tiempo.

Porque en muchísimos casos la disfunción vuelve, y si no esa disfunción específica, otra distinta pero con efectos similares. Ahora lo sabemos como un hecho: la Terapia Sexual tradicional no basta. Sin duda aporta elementos muy útiles y efectivos, pero no es suficiente: atrás de las disfunciones sexuales hay algo más, algo que no se revierte por la mera aplicación de ejercicios.

La Sexología moderna busca nuevas alternativas. El trabajo desde el enfoque humanista ha venido a enriquecer nuestro trabajo. Nos ha permitido profundizar, buscar las razones que sustentan cada disfunción. En otras palabras, a ir más allá del síntoma.

Quizá esta es la deficiencia más grave de la terapia sexual tradicional: quedarse en los síntomas. Así, si el problema es, por ejemplo, la falta de orgasmo, el trabajo debe dirigirse a conseguir el orgasmo, y al lograrlo, el problema ha “desaparecido”. Poco importan la causa o causas más profundas de la disfunción.

Trataré de ejemplificarlo con el caso de Roberto.

A partir de la terapia sexual tradicional, la disfunción de Roberto tendría una solución más o menos simple. La intervención iría dirigida a unos objetivos concretos (Kaplan, 1975):

  1. Que Roberto ubicara los músculos que intervienen en el control eyaculatorio (los músculos pubococcigeos).
  2. Que fortaleciera estos músculos.
  3. Que reconociera claramente el momento de inminencia eyaculatoria.
  4. Que aprendiera a detener o disminuir el estímulo antes de llegar a la inminencia eyaculatoria.

Teóricamente, esto bastaría para superar el discontrol. Cada uno de estos objetivos se alcanzaría a través de algunos ejercicios ya determinados (Kaplan, 1975):

  • Retener la orina en el momento de la micción, permite identificar los músculos pubococcigeos.
  • Los ejercicios de Kegel, ayudarán a fortalecer estos músculos. Consisten básicamente, en contracciones intermitentes de los músculos pubococcigeos, que aumentan gradualmente en número  y en duración.
  • Para reconocer la inminencia eyaculatoria y ser capaz de disminuir el estímulo antes de que ocurra, se utilizan diferentes ejercicios (Semans, Stop-and-Go, Pomeroy), dependiendo de si la persona puede hacerlos en pareja o si debe realizarlos a solas. En general, estos ejercicios consisten en experimentar estímulo sexual en el pene hasta unos momentos antes de la eyaculación, y en ese instante detener el estímulo. Al hacer estos ejercicios muchas veces, y al ir aumentando la intensidad del estímulo poco a poco, la persona va aprendiendo a controlar su eyaculación.

Basándonos en el ciclo del contacto (Kepner, 1987, p. 90), podríamos ubicar la disfunción en la etapa anterior a la sensación. Estaríamos hablando de una desensibilización: la persona no percibe la sensación de inminencia eyaculatoria y por lo tanto, no puede controlarse.

Así, desde este enfoque, bastaría que la persona realizara sus ejercicios adecuadamente y de manera constante para que en algunos meses la disfunción fuera superada.

Sin embargo, esto no es tan simple. La disfunción se superará de verdad solo cuando se encuentre su causa original y se trabaje con ella, solo cuando el terapeuta sea capaz de verla como una manifestación de la persona completa (qué es mucho más que un pene o cualquier otra parte del cuerpo, incluso mucho más que la persona aislada) y descubra que muy posiblemente esto que ocurre en la vida sexual de la persona no es sino un reflejo de lo que ocurre en muchos otros espacios de su vida, incluyendo la relación con los demás y con el terapeuta.

Volvamos al caso de Roberto.

Cuando llegó a la consulta, hubo varios aspectos que me llamaron la atención en los primeros momentos: primero, su modo de caminar y de estar en el consultorio. Era sumamente rígido, parecía que sus articulaciones estuvieran entumecidas, casi como si se tratara de un robot o un soldado.

Su rostro también tenía algo llamativo: usaba una barba sumamente espesa y descuidada y unos gruesos anteojos de gran aumento. La combinación de esa barba y esos anteojos casi escondían su rostro totalmente, como si solo la nariz y parte de la frente quedaran al descubierto, me pareció casi una máscara.

Llamó mi atención también su forma de hablar: muy rápidamente, con prisa, atropellando las palabras, enredándose en ellas. Recuerdo que pensé: “Habla como eyacula”. Sin pausa, sin control. Y surgió una pregunta: ¿Es precoz también conmigo? ¿Permanece en el contacto o lo corta rápidamente, apenas empezado?

Conforme avanzó esa sesión y las siguientes, otros datos fueron apareciendo.

Uno sumamente importante era su constante racionalización. Buscaba una explicación intelectual para todo y en cuanto yo pretendía acercarme a su mundo emocional, creaba una cortina de palabras y teorías. Roberto estaba en su cabeza y parecía decidido a no salir de allí.

Otro dato definitivo en el trabajo fue el hecho de que su eyaculación fuera sumamente precoz solo en determinadas circunstancias. Roberto eyaculaba con gran rapidez durante la experiencia coital, pero eso no ocurría en otras experiencias. Si su pareja lo estimulaba con la boca o con la mano, su eyaculación era perfectamente controlable.

Este hecho, que parece simple, en realidad daba una dimensión diferente a la disfunción. Desde el enfoque de la Terapia Sexual tradicional, la razón básica de que alguien eyacule precozmente es que no ha aprendido a reconocer el momento de inminencia eyaculatoria (bloqueo en la Sensación), de forma que no sabe cuándo disminuir el estímulo para alargar así la experiencia.

Pero esto no ocurría en el caso de Roberto. Aparentemente, él podía detectar la inminencia eyaculatoria y controlar su eyaculación ante diferentes estímulos sexuales. Pero dejaba de hacerlo durante el coito. Es decir, su disfunción iba más allá que el desconocimiento de ese momento. Más bien, me empezó a parecer, tenía que ver con la experiencia misma del coito, con lo que el coito significaba para él.  Y decir coito es decir contacto. Me parece que no hay disfunción sexual que no sea también una dificultad para contactar con el otro.

 

 

A Salvo en su Armadura

La primera intervención importante se dio desde el momento en que pedí que se percatara de su rápida forma de hablar y de la constante evitación de sus emociones. Una y otra vez fui llamando su atención a las formas bruscas o sutiles de escapar a los sentimientos y del contacto conmigo. Al darse cuenta no le resultó difícil encontrar el Para Qué: “Para protegerme”, fue su respuesta. Poco a poco fue hablando de su infancia, de su ser diferente a otros niños, de los años difíciles en un colegio militarizado, de la muerte temprana de su padre y su obligación de ser “el hombre de la casa”.

Finalmente, habló de que en él había “dos personas”: un Roberto duro, frío, capaz de enfrentar situaciones difíciles sin mostrar nerviosismo, el Roberto que estuvo en el funeral de su madre sin derramar una lágrima. Y el “otro” Roberto: el que siente profundamente, el romántico, el que escribe cosas a escondidas, el que se conmueve con una canción.

Era momento de que ambas partes se escucharan.

El resultado de este trabajo fue, para mí, asombroso. Debo confesar que en mi novatez de entonces no esperaba aquello. Roberto fue colocándose alternativamente en cada una de las partes. Yo repasaba mentalmente los pasos para trabajar adecuadamente. Me parecía que la identificación no estaba lográndose cuando de pronto ocurrió: Roberto, en su parte “sensible”, como él la llamó, estalló en llanto. Se cubrió la cara con ambas manos y se dejó experimentar un llanto largo y hondo. Recuerdo lo mucho que me impresionaron las lágrimas y los sollozos de este ser humano tan duro en apariencia.

Y entonces habló del miedo a ser lastimado, de las muchas humillaciones soportadas en el colegio militarizado, de la necesidad de esconder esto para hacerse cargo de su familia. “Te necesito –le dijo a su parte dura-, necesito que me protejas”. Y su parte “dura”, su “armadura”, como él mismo le llamó, aseguró que no lo dejaría solo y vulnerable, que estaba allí para protegerlo. Supo también que esa parte sensible podía mostrarse ante mí y era bien recibida.

Para Roberto, esta fue una experiencia importante: se daba cuenta de la existencia de ambas partes, de su utilidad, de la forma cómo se fueron construyendo. También fue importante para el proceso de la terapia, ya que a partir de ese experimento y de lo que trabajamos al respecto, se permitió acercarse más a sus emociones.

 

¿En la Sensación o en el Contacto?

En lo referente a lo sexual, volvimos a aquella pregunta importante: ¿por qué razón era solamente durante el coito (o unos segundos antes) cuando se presentaba el discontrol?, ¿qué significado tenía el coito para Roberto?

Un nuevo experimento nos dio cierta luz: pedí a Roberto que reviviera una experiencia sexual en donde se diera el discontrol. Me fue narrando sus sensaciones y sentimientos paso a paso. Le pedí entonces que se identificara con su pene, que fuera su pene y tradujera lo que su pene expresaba en esos momentos. La respuesta fue clara: “No quiero entrar, no quiero estar allí”. Había una razón poderosa para esto: la mujer con quien estaba le parecía muy desagradable, no le atraía en absoluto, incluso noté cierta repulsión.

Hablamos al respecto y aparecieron nuevos datos importantes: en general, se relacionaba sexualmente con mujeres que consideraba poco atractivas, feas incluso. Platicó acerca de su historia sexual y con mucha dificultad pudo recordar a alguien que le gustara. Al adentrarnos en el tema, fueron apareciendo otras cosas: no soportaba quedarse ni un minuto en la cama luego de una experiencia erótica. Probé: Si me quedo, entonces… “no me podré ir”, “me pueden atrapar”, respondió. Entonces, tratamos de averiguar si la rapidez en su eyaculación tenía ese mismo objetivo. Parecía que si: eyacular precozmente servía para no ser atrapado, para no permanecer allí.

Si volvemos al Ciclo del Contacto, puede verse que el bloqueo estaba no en la Sensación –de donde partiría la terapia Sexual tradicional- sino en el Contacto. El discontrol eyaculatorio era, en este caso específico, una forma de evitar el contacto, entre otras cosas, por miedo a no poder retirarse después.

Estamos hablando entonces de una sobrelimitación del contacto (Kepner, 1987, p.176), construida como respuesta ante unos límites que alguna vez fueron tan permeables que lastimaron a la persona.  Kepner se refiere a cuatro funciones del límite: conservar la diferencia, rechazar el peligro, enfrentarse a obstáculos, y elegir y apropiarse de la novedad asimilable. (Kepner, 1987, pag.166) Muy posiblemente, los límites de Roberto en la relación con mamá (como se verá más adelante) fueron sobrepasados; como consecuencia, y buscando justamente diferenciarse, evitar el peligro de perderse a sí mismo, tener la posibilidad de aceptar o rechazar lo nuevo, endureció sus límites hasta impedirse el contacto.

Al explorar juntos esta posibilidad, aparecieron otras situaciones en las que ocurría algo similar: Roberto mencionó no poder soportar que alguien lo abrazara. En algún momento, tampoco podía abrazar. Con su pareja reciente, había un cambio importante: luego de la experiencia erótica podía quedarse en la cama sin ansiedad (o con menos) e incluso abrazarla, lo que no soportaba aún era ser abrazado por ella.

Ser abrazado, penetrar vaginalmente e incluso usar pulseras, collares o anillos era percibido como muy amenazante. Mostrar sus emociones o su vulnerabilidad a otras personas  también lo era. Descubrir relación entre todo esto, saber que sus reacciones tenían cierta dirección motivó a Roberto a seguir explorando.

 

 

Tras la Pista de los Demonios

Intenté, en principio, hacer un experimento en donde Roberto viviera la situación de sentirse atrapado. Esperaba –ingenuamente, en lugar de trabajar con lo que hubiera aquí y ahora- que quisiera escapar y que al hacerlo descubriéramos donde, cuando y con quien se había sentido así.

No resultó así. El experimento consistió en acercarme a él despacio, desde atrás. Que fuera percibiendo sus sensaciones y emociones ante mi cercanía, experimentando distintas distancias y si era posible, el contacto. Por supuesto que lo vivió con mucha ansiedad, pero al menos en esa ocasión no relacionó aquello con alguna otra experiencia. Tampoco hizo nada por evitar la cercanía a pesar de la ansiedad.

Fue algún tiempo después que mencionó algo que me hizo figura. Si bien no fue muy directo, si expresó algo respecto a una beca a la que renunció para no dejar sola a su mamá. Le propuse trabajar justo eso: su relación con mamá… y algo ocurrió. Sentí que quería evitar el tema (evadiéndolo, minimizándolo), se lo reflejé y respondió que efectivamente le inquietaba mucho. Exploramos juntos esa inquietud y pronto apareció algo: evitaba el tema porque la amaba, porque fue el hijo más cercano a ella, porque se sentiría raro, ingrato, mal, criticándola.

Poco a poco fue delineándose uno de los demonios. Roberto no debía criticar ni molestarse con su madre porque la amaba y le debía mucho.  Molestarse, quejarse, reclamar no eran compatibles con sentir amor y estar agradecido. Era un Introyecto.

Trabajamos los introyectos, en primer lugar, particularizando: ¿No es posible molestarse con alguien y al mismo tiempo amar a esa persona?, ¿en ningún caso? Roberto se percató de que podría haber objeciones a esa “regla”: en realidad era posible amar a una persona y molestarse con ella (de hecho, eso le pasaba con su pareja), sin embargo era más difícil pensar así con respecto a su madre. Poco a poco fuimos tratando de descubrir desde cuándo y de quién aprendió esa idea. Si bien, no recordó un momento específico, si pudo ubicar que era su madre quien le recordaba constantemente que debería ser agradecido, y que ante cualquier muestra de enojo, en su niñez, volvía al tema.

Se dio cuenta de que al transgredir el introyecto se sentía ingrato, no sabiendo corresponder a lo recibido, un mal hijo.  Intenté que contactara con sus necesidades de ese momento, sobre todo aquellas que fueran opuestas al introyecto, también que distinguiera entre lo que quería y lo que debía. Tuve pocos resultados, la sola idea de enojarse con mamá era muy amenazante para Roberto. Traté entonces de que se diera cuenta de este hecho, de que se percatara de su fuerte resistencia y de para qué resistía. Decidí explorar más, y promover que me hablara de su relación con mamá empezando por las partes más satisfactorias para él, las más sencillas y las que menos le amenazaran.

Algo curioso ocurrió: al pedirle que me hablara de su relación sin criticar o juzgar, Roberto fue capaz de decir mucho de lo que le molestaba. Se trataba de una relación en la que era muy clara la confluencia que vivieron durante muchos años. Roberto asumió que debía cuidar a la familia por ser el mayor, al morir su padre se convirtió en “el hombre de la casa” (otro introyecto). Si bien, siempre fue el “consentido” de su madre, a partir de aquel momento se hicieron casi inseparables. Roberto debía moverse de un extremo de la ciudad al otro para comer con su madre. El traslado de ida y vuelta le dejaba unos pocos minutos para descansar, pero su mamá le reclamaba si la dejaba comer sola. En muchas ocasiones volvía tarde al trabajo y lo descuidaba por hacer este viaje todos los días.

Al preguntarle qué costo tenía esa forma de relacionarse no dudó en contestar: dejó de aceptar trabajos que le eran importantes, renunció a una beca que realmente deseaba y después, a la posibilidad de vivir fuera de la ciudad. Al profundizar más, pudo darse cuenta que terminó algunas relaciones de pareja por la crítica constante de su madre hacia ellas. Y hoy, aquí y ahora eso dolía, seguía doliendo.

Sin embargo, le era difícil saber lo que quería hacer con ese dolor. De hecho, este “dolor” era una emoción vaga, borrosa. El mismo no tenía claro si se trataba de enojo, de tristeza, de miedo… Trabajamos entonces por ubicar ese dolor, por conocerlo mejor y saber cómo era. Lo hicimos utilizando técnicas de Focusing (Gendlin, 1978). Aquel dolor (la “sensación sentida” de ese dolor) se parecía a un gran peso que provocaba, incluso, que sus hombros y cuello estuvieran adoloridos.

Al exagerar ese peso sobre los hombros, Roberto decidió que necesitaba “dejar de cargarlo”. ¿Qué es lo que cargas?, pregunté. “Responsabilidades, obligaciones”, contestó él. ¿Cómo decides cargarlas, cómo es que las sigues cargando si pesan tanto? Y entonces descubrió que no podía hacerlas a un lado porque fallaría a su mamá, y aún más: que lo que cargaba era el peso de mamá.

Se trataba de un gran peso, y  lo llevaba a cuestas desde hacía muchos años. Y nunca lo dijo. Al preguntarle, aceptó que hubiera querido decirlo, y que no lo hizo por amor a ella, para no lastimarla. De nuevo el introyecto, pero esta vez, también aparecía el segundo demonio: Asuntos Inconclusos.

Y muy cerca, fueron apareciendo los primeros rastros del tercer demonio…

Durante muchos años, Roberto dejó muchas cosas por su madre, y al paso del tiempo, la exigencia de ella se hizo mayor. Construyeron una relación de confluencia en la que él se sentía sumamente culpable si no cumplía con las expectativas de ella, que también incluían el cuidar de sus hermanos (ya adultos los dos). A partir de esta relación y esta experiencia aprendió algo: acercarse a alguien íntimamente, querer a alguien hasta ser vulnerable, significaba la posibilidad de ser atrapado y renunciar a sí mismo. Y lo aprendió tan bien, que hasta aquel momento no se permitía un acercamiento profundo con alguien, ni nada que le remitiera a la posibilidad de ser atrapado, llámese abrazo, vínculo, coito…

Quizá fue útil aprender la lección: no acercarse, no permanecer para no dejarse atrapar. Luego, ese mismo aprendizaje se volvió una carga, y pesaba mucho. Experiencias Obsoletas, el tercer demonio.

Así, construyó mecanismos que lo pusieron a salvo de esta “amenaza”: no tener pareja, relacionarse con mujeres que le eran desagradables, su “armadura” física… y el discontrol eyaculatorio.

 

 

Hablar con mamá y Volver al Presente

El trabajo con el asunto inconcluso, lo hicimos utilizando la silla vacía. Con dificultad y con dolor, Roberto puso a su madre en la silla. Como noté que le era muy difícil decir ciertas cosas, le sugerí que empezara por decirle lo que le agradecía, lo que aprendió de ella. Esto abrió el camino. Cuando me pareció que Roberto expresaba con más facilidad lo que sentía, le sugerí que le dijera también lo que no había dicho.

Algo que ayudó en el proceso fue pedirle que iniciara sus frases diciendo: “Te quiero mucho, y necesito decirte que…”  Así, poco a poco pudo hablar a su madre del dolor y el enojo por lo que perdió, de su cansancio de cargarla durante esos años y de su necesidad de no cargarla más, y pudo decirlo sin dejar de expresar su cariño. “Te quiero mucho y ahora dejo de cargarte”.

Con el tiempo fueron apareciendo nuevas situaciones que quedaron sin decir, y fue necesario hacer trabajos similares, a veces usando la silla vacía, a veces escribiendo una carta para expresar lo que quedó pendiente.

Para trabajar con la Experiencia Obsoleta hicimos diferentes cosas. En primer lugar, valorar la forma creativa como su organismo diseñó una estrategia útil en aquel momento. Ver la disfunción y los otros síntomas, no como un enemigo, sino como una respuesta de todo su ser ante cierta situación.

Esto lo asombró mucho: darse cuenta que el discontrol eyaculatorio tenía relación con otras experiencias de su vida (su relación con las mujeres, la ansiedad al ser abrazado, etc.) y más aún, que se trataba de una respuesta creativa ante una amenaza.

Lo siguiente fue cuestionar la existencia de esa amenaza relacionada con otras personas, y en especial, con una persona en concreto (Inés, su pareja). Me habló de ella como una mujer independiente, profesionista, inteligente, que buscaba una relación madura, con libertad. A través de la silla vacía, trajo a Inés y habló con ella, le habló de su temor a ser atrapado y a renunciar a sí mismo, y fue descubriendo que Inés no era como mamá, que Inés no quería atraparlo, y que lejos de impedirle hacer cosas, lo impulsaba a hacerlas.

Hicimos algunos experimentos en donde yo lo abrazaba durante unos momentos hasta que él decidía que era suficiente, entonces, debía expresar su molestia o incomodidad y pedir de forma clara y asertiva lo que necesitaba.

Durante este tiempo, Roberto había estado trabajando con los ejercicios de Kegel (ubicar y fortalecer músculos pubococcígeos) y con la técnica de Pomeroy (para controlar la eyaculación trabajando individualmente). Aunque hubiera sido ideal trabajar con su pareja, no pudo hacerse hasta entonces porque ella vivía en otro estado y contaban con pocos momentos de intimidad.

A pesar de esto, más adelante me pareció que sería muy útil que realizara algunos experimentos que combinaran el trabajo de sensibilización con el de Experiencias Obsoletas. Para esto, creí que sería necesario trabajar con su pareja a pesar de la dificultad que había por la distancia y para contar con tiempo y espacio. Se comprometió a hacer el experimento al menos una vez a la semana. Consistió en usar la técnica de “Caricias y Reconocimiento Corporal” (sensate focus) desarrollada por Masters y Johnson en 1978, y agregar a esta técnica un experimento de darse cuenta del aquí y el ahora (que en este caso agregaba el “con quien”).

La técnica de “Caricias y Reconocimiento Corporal”  es una experiencia sexual estructurada, es decir, un conjunto de ejercicios que se prescriben a la pareja para hacerlos en la intimidad. Consiste en explorarse y acariciarse por turnos todo el cuerpo (yendo de menos a más en el transcurso de las semanas), estando ambos desnudos, con ternura y afecto, en un ambiente plácido y tranquilo. Al final, cada uno comparte su experiencia con el otro. La intención es lograr una experiencia de cercanía e intimidad, más delante de erotismo, sin la obligación de cumplir con ciertos parámetros de desempeño, sin la presión de obtener logros. (Alvarez-Gayou, 1986, pag. 205)

A esta técnica agregamos algo: durante los ejercicios, Roberto se detendría un momento para darse cuenta de lo que hacía en ese momento y con quién estaba. Luego lo expresaría en voz alta. Es decir, en algunos momentos del ejercicio se detendría unos instantes y diría algo como: “En este momento estoy acariciando tu espalda Inés”, “Inés, en este momento, siento que  acaricias mi cuello”.

Lo fundamental era realmente percatarse de la presencia de su pareja en ese momento. No solo era importante lo que estaba haciendo, sino también, con quién lo hacía. Pretendía que este constante darse cuenta lo hiciera consciente de la presencia de esta persona concreta que le inspiraba confianza y seguridad, esta persona que no quería atraparlo, esta persona que era independiente y respetaba su libertad.

No fue posible, como estaba planeado, que realizaran los ejercicios cada semana. Propuse que cuando no fuera posible hacerlos tal y como se sugirieron, al menos hicieran una experiencia de “abrazos”. Es decir, que ella lo abrazara firmemente, él fuera consciente del aquí, ahora y con quién, y pidiera ser soltado, de forma afectuosa, cuando lo necesitara.

A diferencia de lo que se pide en Terapia Sexual al hacer estos ejercicios (abstinencia durante todo el proceso), yo decidí no dar esta indicación y dejar abierta la posibilidad de que llegaran al coito cuando lo decidieran. Solo pedí que al igual que en “Caricias y Reconocimiento Corporal”, Roberto hiciera consciencia de con quién estaba en ese momento. Algunos resultados empezaron a aparecer: en esas experiencias, la eyaculación empezó a retardarse a veces de forma muy clara.

El siguiente paso, desde mi punto de vista, sería utilizar los ejercicios para control eyaculatorio en pareja (Semans) (Alvarez-Gayou, 1986, pag.212). Sin embargo, la dificultad de hacerlos con la frecuencia requerida no se dio. Decidieron esperar a su boda y a iniciar su vida juntos (en tres semanas) para poder realizarlos ya sin problemas y tanto como fuera necesario. Además, los preparativos de la boda hacían imposible que nos viéramos.

Unos días después, Roberto habló para avisarme que tenían la oportunidad de irse a otro estado del país a vivir. Cada vez, me dijo, tenía un mejor control de su eyaculación, pero querían continuar el trabajo una vez al mes. Le contesté que no era posible hacerlo así –lo conveniente es trabajar una vez por semana- y los puse en contacto con un compañero –sexólogo- residente en aquel estado.

Algún tiempo después supe que no asistieron con la persona con quien los canalicé pues consideraron que ya no era necesario por los avances que seguían teniendo.

 

El Caso de Jaime. La Relación que Sana.

En cualquier disfunción sexual, me parece, está presente el tema del contacto, de la evitación del contacto y de la relación. Cada paciente ha sido un ejemplo de esto, pero sin duda, hay un caso que me ayudó a comprender el poder de la relación en toda su profundidad, quizá porque en dicho caso puedo ver mi limitación.

Jaime llegó al consultorio con una demanda clara: desde hacía casi año y medio sufría se incompetencia eréctil. Su caso tenía una historia particular: desde joven tuvo diferentes parejas sin que la erección fuese un problema, solo hasta que conoció a Clara, su actual esposa, empezaron los problemas. Por supuesto, el pautamiento más evidente era el de un tema relacional con Clara, sin embargo, nuestro trabajo descubrió algo anterior.

Al contarme su historia me narra lo que ocurrió con su madre siendo él un niño. Un día, a sus ocho años, sin el menor aviso, sin que hubiera habido señales que lo pusieran alerta, su madre le dijo a él y a  su hermano que se marchaba. Y lo hizo. Para siempre. Jaime no recuerda que sus padres tuvieran problemas. El desconcierto fue total. Su madre y él tenían una buena relación, cercana, cariñosa, que se rompió de pronto ese día. No la volvió a ver sino muchos años después, siendo ya un adulto, en la fila de un banco. Ante aquello, su padre cayó en una profunda depresión. De algún modo se olvidó de sus hijos para sumirse en su dolor. Jaime lo recuerda llegando del trabajo, bebiendo ante la pantalla de la televisión, incapaz de verlo a él y a su hermano.

Conforme Jaime creció tuvo parejas con las que tarde o temprano terminaba. “Un día me despierto y me doy cuenta de que ya no quiero estar con ella, y ese mismo día la cito y termino la relación”, me contó. Eso ocurría una y otra vez. Su vida sexual parecía funcionar sin problemas hasta que conoció a Clara. Ocurrió algo que no esperaba: se enamoró. Pensó terminar con ella, pero la quería tanto que decidió quedarse. Poco después le pidió matrimonio y cuando ella aceptó, la erección desapareció del todo. A pesar de ello se casaron. Se llevaban bien pero el sexo era siempre una sombra y se acrecentó con el deseo de tener hijos.

En mi trabajo con Jaime todo parecía claro: la herida relacionada con su madre, aquel abandono, lo hizo evitar cualquier compromiso. Mientras no lo hubiera, su práctica sexual parecía funcional, pero cuando apareció el amor hacia una mujer, vino con él el miedo a ser abandonado y la pérdida de la erección fue el síntoma a través del cual se manifestó ese miedo. Sin embargo, aunque sabíamos eso y lo trabajamos, la erección no volvía. Usé diferentes ejercicios sexológicos sin ningún resultado, hablamos una y otra vez de la experiencia con su madre y de la novedad que suponía Clara, pero nada de eso cambió la situación. Me sentí sin opciones.

Entonces se abrió una puerta en mi grupo de supervisión: si su tema recurrente era con las mujeres ¿qué pasaría si trabajara con una mujer? El grupo propuso que tuviera cuatro sesiones con una terapeuta mujer que se centrara en la relación. Mónica, una amiga y colega sería esa terapeuta. Jaime confiaba en mí, así que cuando le propuse esas cuatro sesiones con Mónica aceptó de inmediato. Confieso que no tenía la menor idea de hacia dónde nos llevaría esa decisión.

La primera sorpresa fue darme cuenta que el paciente que trabajó con Mónica no era el mismo paciente que trabajaba conmigo. En el grupo de supervisión, Mónica habló de un Jaime al que yo no conocía, un Jaime sensible, expresivo, que lloraba desde la segunda sesión (conmigo no lo hizo en el año y medio que nos vimos semana a semana). ¿Quién era ese Jaime que yo desconocía?  ¿Por qué no lo conocí? ¿Y qué ocurría con Mónica que no ocurría conmigo? Sé que Mónica es una excelente terapeuta, pero ¿tan incapaz era yo? Ser terapeuta también es enfrentarse a las propias carencias y limitaciones, a la propia ignorancia.

La cosa no terminó allí. Al terminar las cuatro sesiones planeadas, Jaime quiso seguir trabajando con Mónica, pues sentía que lo que hacían estaba inconcluso. Pero Mónica no se sentía cómoda con eso: Jaime era mi paciente, no el suyo, el acuerdo era de cuatro sesiones. Lo hablamos y decidimos alargar el experimento cuatro sesiones más.

La relación terapéutica nunca es como se espera, es una creación única y en muchos sentidos impredecible. Se teje sesión a sesión, y entre sesiones. Se teje también en donde no vemos y donde no sabemos. Al terminar esas segundas cuatro sesiones, Jaime quería seguir trabajando con Mónica. Sentía con ella cosas que no sentía conmigo. En principio, Mónica se negó, y tenía sus razones: Jaime era mi paciente y no quería “robármelo”, entre otras cosas porque como mi amiga, sabía que en aquella época yo tenía pocos pacientes y en consecuencia, algunas dificultades con mi estabilidad económica. Por un lado, quería respetar el acuerdo, por otro, intentaba cuidarme. Volvimos a hablarlo. ¿Había que pensar en el paciente, en Jaime, o en mí y mi economía, mi preocupación y mi ego? Discutimos y llegamos a la conclusión de que había que mirar a Jaime antes que a nosotros. Si Jaime elegía quedarse con ella, eso sí, tendría que decírmelo, para cerrar lo nuestro. Así ocurrió. Con cierta incomodidad, Jaime me dijo que quería continuar con Mónica y cerrar conmigo, que le había servido mi trabajo (también él me cuidaba) para entender su herida y sobre todo al haberle recomendado que trabajara con una mujer. Nos despedimos.

Jaime siguió trabajando con Mónica, centrados en el contacto y la relación. Tiempo después, la erección volvió. Debo aclarar que Mónica no usaba estrategias de terapia sexual, sino que se centraba en la relación entre ambos y en el riesgo del abandono.

¿Serví de algo a Jaime? Con satisfacción puedo decir que sí, y quien nos lo reveló fue el mismo Jaime. Un tiempo después de la aparición de la erección, llegó a su sesión con Mónica profundamente conmovido por haber descubierto algo. En sus palabras, lo que lo había sanado. “Mi herida –dijo- ocurrió porque siendo niño una mujer me abandonó y la cosa no terminó allí; luego, un hombre se encerró en sí mismo y se olvidó de mí. Se prefirió a sí mismo. Ahora entiendo lo que hicieron ustedes, justo lo contrario: una mujer decidió no abandonarme cuando la necesitaba y un hombre decidió pensar primero en mí y en mi necesidad que en las suyas. Ustedes fueron esa mujer y ese hombre”.

Él estaba convencido de que Mónica y yo hicimos ese plan terapéutico. Nada de eso. Hicimos aquello sin darnos cuenta de que lo sanábamos. Mónica me narró aquello entre lágrimas y mis lágrimas fueron la única respuesta posible.

La relación, sí. Una relación nueva que con su novedad limpia la relación anterior. Una relación que no es planeada sino que surge espontáneamente desde el interés por el otro y desde  la propia presencia.

Jaime, en nuestra forma cómplice de nombrarlo se convirtió en nuestro paciente. De ambos. Con todo y mis carencias. Con mis limitaciones.

Ah, y por cierto, al hijo de Jaime y Clara, que nació meses después, le llamamos nuestro sobrino.

 

 

 

La Necesidad de una Intervención Integral.

 

Me parece que el caso expuesto puede ejemplificar algunos aspectos importantes del trabajo terapéutico en sexualidad, en particular con las disfunciones sexuales. Si bien, el caso se refiere a una disfunción específica (discontol eyaculatorio, incompetencia erectil), creo que muchos de estos elementos son comunes al trabajo con las demás disfunciones.

 

  1. La sexualidad no es algo que tenemos o que hacemos, es, fundamentalmente, algo que somos. En ese sentido, a través de la sexualidad expresamos lo que pasa en nosotros tanto como lo expresamos en otras áreas de la vida (nuestro cuerpo o nuestros sueños, por ejemplo). En general, somos en la sexualidad como somos en el mundo. Nuestra sexualidad es, ante todo, contacto y relación.

 

  1. Si al hacer Psicoterapia, hago a un lado la dimensión sexual de la persona, no la estoy viendo de forma completa y pierdo una información valiosa que me permitiría intervenir de forma más adecuada; de la misma forma, pretender hacer terapia sexual sin incluir los demás aspectos del ser humano, es hacerlo de forma limitada e incompleta.

 

  1. Las disfunciones sexuales, en la mayoría de los casos, son formas como los “demonios” (Introyectos, Asuntos Inconclusos, Experiencias Obsoletas) se manifiestan. No solo esto, también en la disfunción sexual pueden manifestarse los distintos modos de evitación del contacto y los bloqueos en el ciclo de la experiencia.

La anorgasmia o la incompetencia eréctil pueden ser una consecuencia de introyectos, de aislamiento, de retroflexión; el vaginismo puede hablarnos de un asunto inconcluso o de experiencias obsoletas; el deseo sexual inhibido puede darse como respuesta a la confluencia; en la preorgasmia puede haber deflexión. Atrás de cada disfunción sexual de origen psicogénico hay un bloqueo en el ciclo del contacto. Y esto puede verse, también, en la relación con el o la  terapeuta.

 

  1. El trabajo terapéutico con las disfunciones sexuales se enriquece si exploramos lo que hay más allá del síntoma, si las vemos como otra manifestación de lo que pasa en la persona total, en especial su modo de contactar, sin perder de vista los demás aspectos de su vida. Así, la intervención a partir de un enfoque Gestáltico permite trabajar con los sustentos de cada disfunción sexual.

 

  1. Desde este punto de vista, hacer una terapia sexual integral supone el manejo de conocimientos, herramientas y actitudes, sin las cuales, me parece, el trabajo sería parcial y posiblemente poco efectivo.

 

 

Finalmente, me parece que, en general, la formación psicoterapéutica ha sido insuficiente en lo que respecta a la sexualidad humana. Igual que a nivel social, la sexualidad es un tema siempre presente pero poco conocido, atrae y espanta.

Me parece que es necesario preocuparnos –y ocuparnos- más en conocer de este tema que seguramente está presente en muchas de las personas que acuden a nosotros. Conocerlo para intervenir, si cuento con las herramientas, o para canalizar, que es otra forma necesaria de ayuda.

Conocerlo, finalmente, porque al conocer más de sexualidad, conocemos más de nosotros mismos.

 

 

 

BIBLIOGRAFIA.

 

 

  • Alvarez-Gayou, Juan Luis. (1986). Sexoterapia Integral. Editorial Manual Moderno. México.

 

  • Gendlin, Eugene T. (1983). Focusing. Editorial Mensajero. España

 

  • Kaplan, Helen S. (1975). La Nueva Terapia Sexual. Editorial Alianza.

 

  • Kepner, James I. (1987). Proceso Corporal. Editorial Manual Moderno. México.

 

  • Naranjo, Claudio. (1989). La Vieja y Novísima Gestalt. Editorial Cuatro Vientos. Chile.

 

 

 

Callar. Las Posibilidades del Silencio en Psicoterapia.

“… tal vez un gran silencio pueda

interrumpir esta tristeza,

este no entendernos jamás

y amenazarnos con la muerte…”

 

(Pablo Neruda)

 

Me gustan los espacios en blanco en las páginas de un libro.

Me gustan los puntos suspensivos, su presagio.

Me gusta el instante previo a que inicie un concierto, luego de que los instrumentos se afinaron y el director sube al estrado.

Me gusta el lejanísimo rumor de la calle en la madrugada.

Me gusta ver dormir a mi hija.

Es decir, me gusta el silencio.

Por supuesto, decir algo así es una generalización, porque no hay un solo silencio sino muchos y cada uno tiene su particular sabor, su propia textura. También hay silencios de dolor, de vergüenza, de miedo; silencios pesados como losas, angustiosos o interminables. Entonces me corrijo: me gustan algunos silencios, o quizá muchos. Me doy cuenta de que los busco, los construyo y, a veces, cuando paso tiempo sin ellos, los añoro.

¿No te pasa a ti, lectora, lector, que en ocasiones te sientas como sumergido, atrapado en el ruido? Gritos, bocinazos, anuncios, mentadas, consignas, consejos, opiniones, canciones huecas, el hit del momento, la noticia repetida hasta el infinito, las promesas de campaña, las exigencias, el último chiste, el reclamo…

Entonces necesito del silencio para recordar-me, para darme cuenta de que sigo aquí, tan perdido como estaba entre la estridencia y el alboroto. “…porque hablamos demasiado sin decir nada, porque escuchamos demasiado sin oír nada, porque estamos demasiado en el habla”. (Larrosa 2007, p.600)

Creo que el espacio terapéutico puede ser, entre otras cosas, un lugar en donde sea posible el silencio. Necesitamos el silencio “para reconquistar la derrota sufrida siempre que hablamos largamente”. (ibidem, p.600) Un lugar privilegiado, en ese sentido, donde el paciente deje fuera el griterío de lo que otros le demandan, le reclaman, le exigen, le venden, para encontrarse consigo mismo y con un otro, el terapeuta, que lo acoge o lo interpela con su humanidad y su presencia, aquí y ahora, abierto a lo que surja.

El silencio suele ser un callar juntos. De hecho, el silencio no es algo que pueda hacer sin el otro, sin los otros. El silencio es una co-creación. No basta que yo me calle o que tú lo hagas; es necesario que lo hagamos juntos. Silencio: tu callar más el mío.

¿Cuántas veces es necesario ese silencio para que surja lo nuevo, para que la función ello emerja y nos cuente de las posibilidades que hasta entonces han permanecido en la oscuridad, latentes, en espera de ese vacío que las haga florecer? Lo otro haciéndose de pronto accesible gracias a nuestro silencio compartido. Sin la palabra es más fácil que aparezca el cuerpo, en este caso, nuestros cuerpos, tu cuerpo ante mí y mi cuerpo ante ti, y es allí, en los cuerpos, donde reside nuestra vivencia de la función ello, según Perls y Goodman.

Por supuesto, en este encuentro habrá palabras y también sensaciones y sentimientos que en algún momento se volverán palabras, pero me parece necesario no olvidar que las palabras cobran su verdadero sentido, su real profundidad, cuando nacen del silencio.

 

El silencio, antes y después.

Transformar el lenguaje prosaico en lenguaje poético, es una de las propuestas de Perls, Hefferline y Goodman; pasar de un discurso vacío y ajeno, aburrido y mecánico, a uno cargado de sentido. Para ellos, “La poesía es, por lo tanto, el opuesto exacto al discurso neurótico (…) en la poesía, en donde toda la realidad debe ser transmitida a través del habla, la vitalidad del discurso se acentúa: hay más ritmo, es más precisa, está cargada de sentimientos, más dotada de imaginación”. (PHG 2002, p.127-128)

Justo eso: que cada palabra dicha en el espacio terapéutico tenga sentido y peso, que no sobre ni falte, que sea precisa e intensa, que palpite. ¡Vaya reto el que nos plantean nuestros fundadores! ¿Cómo estar a la altura? Cuando he visto el trabajo de terapeutas que me asombran y conmueven, puedo encontrar algo en común: la palabra poética -en el sentido gestáltico del término- suele nacer del silencio. No se apresuran, no llenan el vacío con palabras vanas: escuchan, callan, esperan. Y de ese silencio, a veces, surge la palabra que nombra e ilumina.

“El silencio, en primer lugar, porque la poesía está esencialmente vinculada al silencio (…) La poesía es un goteo verbal desde el silencio, marca la frontera del silencio”. (Argullol 2005)

No hay prisa, sino paciencia. Hay espera. Hay función ello que danza. Hay uno ante el otro. Hay dos presencias encontrándose… o no.

No digo que sea un silencio fácil, pero espero que sea un silencio fértil. Una y otra vez pienso en un texto de Maria Zambrano, la filosofa española, en donde se refiere al temblor del maestro. Me conmueve. Y aunque ella habla del maestro, bien puedo aplicarlo –sin su permiso- al terapeuta:

“Podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en activo y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia. Pues que ello anuncia el sacrificio, la entrega”. (Zambrano 1965)

Se trata de un silencio fértil y vivo, a veces inquietante, y de la tentación de romperlo y del resistirse a esa tentación. Es desde ese silencio que lo “ya-allí-no-consciente”, como le llama Delacroix (2008, p. ), se hace consciente y puede decirse, volverse palabra.

Y esa palabra que surge no es del todo mía –del terapeuta- sino que es nuestra; de algún modo, co-creada por ambos, aunque sea yo quien la pronuncie. Co-creada por el paciente, por el terapeuta y por el silencio.

Como amante obsesivo de la literatura, me gustan las palabras. No sólo su significado sino también su sonido, su secreta música; el modo como se hilan unas con otras y se transforman y al decir, nos dicen. Pero no se puede amar la palabra sin amar el silencio que la hace posible, que es el fondo en donde se destacan y cobran sentido.

Creo por eso en el silencio que precede a la palabra, que le da sustento y la nutre; y creo también en el silencio que sigue a la palabra, que permite asimilarla, saborearla, volverla mía.

Porque el silencio no sólo está antes de la palabra terapéutica y poética, sino también después. Luego de una experiencia de profundo contacto suele venir el silencio, sencillamente porque no hay palabras que puedan decir esa experiencia. Y de hecho, cuando apresurándose, uno intenta apresar aquello y encajonarlo en palabras, la experiencia se empobrece y encoge, se marchita, se muere un poco. Hace falta, al menos por un tiempo, el silencio que permita que madure y dé fruto.

Me parece, además, que ese silencio que precede y sigue a la palabra sólo es posible al ir despacio, al vencer la prisa a la que estamos acostumbrados u obligados en la vida cotidiana. El espacio terapéutico suele ser un lugar donde ir paso a paso. “A pié se camina a cinco kilómetros por hora… El pensamiento está hecho para pensar a cinco kilómetros por hora; por eso Christophe Studeny dice que es el paso del alma”, dice Fernández Christlieb (2004, p.155). No es fácil, por supuesto, eso de ir despacio. ¡Tenemos tanta prisa! Corremos como el Conejo Blanco del País de las Maravillas, no sea que lleguemos tarde a cualquier lado. “Diríase  que el tiempo presente, el de estar haciendo algo, se vuelve defecto de la vida que no permite estar en el futuro con ese algo ya hecho; estar aquí y ahora es un estorbo que impide estar allá y después”. (ibídem, p.164)

Pero en esa prisa todo pasa sin dejar huella, nada se queda, nada nos marca. Tenemos acceso a todo, encendemos la televisión y nos enteramos de lo ocurrido en el otro lado del mundo en el momento que ocurre. Quedamos atrapados en la noticia más reciente: el gol de último minuto, la guerra –siempre la guerra- en algún lado, la caída de un tirano que será sustituido por otro… Por unos días – u horas, o minutos- lo sabemos todo acerca de aquello. Y luego, se va, sin dejar huella o cicatriz, porque una nueva noticia ocupa su lugar. “El grado de la velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”, nos advierte Kundera en La Lentitud, una de sus novelas.

Lynn Jacobs, en el taller que impartió hace unos meses, nos recordó que “en un instante cabe el universo”, invitándonos a desmenuzar con cuidado y delicadeza cualquier momento surgido entre el paciente y yo, por fugaz que sea, por simple que parezca.

No es fácil, por supuesto, porque de algún modo ir despacio es rebelarse contra la prisa, contra la urgencia del hacer, del llegar, del producir, del acumular. “En un libro sobre el vuelo de las aves leí que para frenar el vuelo en el aire y volar a baja velocidad se necesita más fuerza en las alas que para lograr altas velocidades”, dice el poeta Antonio Deltoro y también: “Al detenernos, al frenar, descubrimos nuevos territorios, solo colonizados o atravesados por la sombra de nuestro correr o de nuestro saltar desbocado: entre un pie y el otro hay, al caminar, un espacio interior, no pisado, pequeño, virgen, ignorado”. ¿Qué hay en ese breve espacio no pisado? ¿No es allí donde habría que posar la mirada para descubrir posibilidades no contempladas aún?

Aminorar el paso. Detenerse. Dejar que la figura nueva emerja a su ritmo, sin apresurarla, y que el nuevo ajuste ocurra.

Quizá este ritmo lento no sea el del paciente. Le toca al terapeuta proponerlo, propiciarlo, poner las condiciones para que sea posible. No podrá ocurrir si es él, el terapeuta, quien lleva prisa. Me gusta recordar las palabras de Fabio Morábito:

“Yo nunca tuve anhelos

de motorización,

es más, nunca pedí a mis padres

un vehículo,

hasta la bicicleta me aburría,

me limité a mis pies,

a mi sentido del cansancio.

Nunca he viajado rápido,

pero he viajado,

mis huesos cambian de dolor

cada cien metros

y nadie sabe como yo qué es un kilómetro”.

 

Diferentes silencios.

 Pienso en el silencio en la terapia y evoco diferentes silencios, algunos intencionales y otros no.

Recuerdo a Peter Philipson, esa manera de sentarse ante el grupo y callar. Es un silencio que provoca, que interpela e incomoda, que sin duda mueve la función ello. De algún modo, su callar es una negativa a hacer algo que facilite al grupo, es una invitación a la novedad y al riesgo, es un cuestionamiento: ¿qué harás tú ante esto?

Pienso en silencios que acompañan y acogen. La vivencia del paciente es tan intensa –por dolorosa, por alegre, por bella- que cualquier cosa que se diga en ese momento, de algún modo fractura la experiencia de contacto que está dándose. Callo por no interrumpir, callo para acompañar, sabiendo que en ese momento, las palabras abaratarían mi estar con el otro.

Y pienso -¿cómo no pensarlo?- en el silencio de no saber que hacer. Constantemente los alumnos hablan de ese silencio temido en el que el paciente no trae un tema o se queda sin él, o en el que en un grupo nadie habla y todos parecen evitarse. Ese silencio lleno de inquietud, de espera ansiosa, quizá de exigencia de hacer algo. Y que yo, terapeuta, no sepa qué es lo que toca hacer. Ese silencio que parece que me pone en evidencia, que me demanda algo que no alcanzo a comprender, que me deja en el vacío y en la duda.

No me resulta cómodo, pero creo que con el tiempo he aprendido a atravesar por él, a dejarme estar y a honrarlo.

Hoy sé que toca esperar, quedarme, respirar y ser paciente. No es un silencio vacío sino todo lo contrario: está lleno a rebosar, aunque no sepa de qué. Si dos personas, una frente a otra, callan; o si un grupo que se mira, calla, es evidente que no hay vacío. Recuerda, lector, lectora, cuando has estado en esa situación ¿verdad que están pasando muchas cosas dentro de ti? Hay tensión, hay angustia, hay espera, hay proyección, hay peticiones, hay demandas, hay súplicas…

Creo que toca explorar eso: qué nos ocurre ante el silencio. Nombrarlo y, quizá, tratando de no interrumpirlo, invitar al o a los pacientes a atender a cómo viven ese silencio, qué evitan, y qué están eligiendo hacer ante él.

¿Verdad que ese suele ser un silencio ensordecedor? Me recuerda un fragmento de “Luvina” el cuento de Juan Rulfo, que algo sabía esas cosas:

“Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso (…)

-¿Qué es? –me dijo.

-¿Qué es qué? –le pregunté.

-Eso. El ruido ese.

-Es el silencio.”

 

El silencio como contemplación

“Mi padre, antes de morir, me dijo que dentro de todo lo que miramos hay un jardín. Que en el grano de polvo que flota en la luz hay un jardín que nos aguarda, si sabemos disfrutarlo” escribe Alberto Ruy- Sánchez en su novela Los Jardines Secretos de Mógador. Cuenta la historia de dos amantes: ella siente que  la rutina invade su relación, de modo que advierte a su pareja que solo harán el amor cuando él le describa algún jardín de la ciudad en la que viven: Mógador. Sin embargo, él se encuentra con la enorme dificultad de que en Mógador no hay jardines. Tampoco puede inventarlos. Luego, encuentra una solución: aprende a descubrir jardines en donde parece que no los hay: un jardín en un cuerpo desnudo, un jardín de piedras que suenan con el viento, un jardín de nubes, un jardín de voces, un jardín de fuego y humo. Los jardines están allí, esperando que sean revelados, pero requieren, para aparecer, un modo especial de mirar: la contemplación, que también necesita del silencio.

Contemplar es, de algún modo, callarse.  Es un mirar apasionado, abierto, vibrante, en donde permito que sea lo que es sin cuestionarlo. Es un mirar en el que me dejo afectar y “me dejo sentir la herida”, para usar la hermosa expresión de Silvie Schoch. Y creo que es un mirar sin palabras –ellas llegan después, para nombrar lo contemplado-. La contemplación, me parece, exige el vacío: de prejuicios, de discurso, de palabras. Exige también la presencia, estar allí, pues este callar no significa ausentarse: no dejo de estar con el paciente, sino que genero una forma distinta de estar con él, con ella, acaso más íntima, sin duda más misteriosa.

Callarme para contemplar al paciente, sin prisa; para ser capaz de ver lo que ha estado siempre allí, ante mis ojos distraídos y había pasado por alto: no sólo sus heridas e interrupciones –que tan hábiles somos en descubrir-, no solo sus arideces, sino también su belleza, que es otra forma de decir: sus jardines.

 

 El silencio para hacer espacio al otro, para dar la palabra

Callo para hacerle lugar al paciente, para dar lugar a lo suyo. Si, claro, estoy porque el/ella está y viceversa, pero a veces, hay formas mías de estar que dejan poco espacio para el otro. Me escucho, me veo, me vuelvo figura, pero…    ¿Y  él/ella? ¿Dónde ha quedado en medio de tanto yo? ¿Le he dejado espacio?

No sólo me refiero a ese callar que es cerrar la boca y no pronunciar sonido, sino al otro, aún más importante, creo, de silenciar lo mío, mis juicios, lo que creo saber del otro; ese callar que es ponerme en duda, cuestionarme, hacerme disponible, y en definitiva, escuchar dejándome impactar por lo que el otro dice, por lo que el otro es, de tal modo que lo que escucho no me deje igual, sino que me mueva, me abra, me duela, me renueve. ¡Parece tan simple! Pero a veces lo olvido: para escuchar he de callarme.

Se trata de silenciar mi propia voz, mis propios pre-juicios, para que ese silencio, ese callar, ese callar-me sea el fondo nutricio del cual nazca la novedad:

“Un acallamiento de todas esas voces monótonas que están ya allí, incluso en nosotros mismos, para cancelar la promesa de una experiencia otra, para ahogar la forma-silencio, la intensidad de la forma-silencio, la posible fecundidad de la forma-silencio”. (Larrosa 2007, p. 402)

Lo contrario a esta actitud de escucha, de disponibilidad, de apertura a lo otro es el deseo de poseer al otro para apropiárselo, de modo que no pueda sorprenderme sino, por el contrario, se vuelva una justificación de lo que soy. Estar con el otro para no moverme, para mantenerme fijo, para saber lo que ya sé, para pensar lo que ya pienso, para sentir lo que ya siento y para ser lo que ya soy.

No. El encuentro que transforma es otra cosa:

“… Y esa relación tiene una condición esencial:  que no sea de apropiación sino de escucha (…) en la escucha uno está dispuesto a oír lo que no sabe, lo que no quiere, lo que no necesita. Uno está dispuesto a perder pie, a dejarse tumbar y arrastrar por lo que le sale al encuentro. Está dispuesto a transformarse en una dirección desconocida.” (ibidem, p. 30)

A veces, a los terapeutas nos sobran las palabras. Creemos tener palabras para todo, explicaciones, teorías. Usamos palabras extrañas casi como un código secreto. Creemos saber. El riesgo es que entre tantas palabras no haya oportunidad para la palabra del paciente, que es la que importa en realidad.

Hay una historia Jasídica que me impacta: habla de una Casa de Estudio muy famosa en donde están todos los libros y todas las palabras, y también están todos los sabios que han leído todos los libros y conocen todas las palabras. Los libros no tienen márgenes ni espacios en blanco. Un día, Baal-Shem-Tov se detuvo en la entrada de esa famosa Casa de Estudio y se negó a entrar diciendo:

“No, yo no puedo entrar aquí. Todo está lleno allí dentro. De  pared a pared y desde el suelo al techo, todo está lleno de palabras sabias y de oraciones piadosas que allí se han pronunciado. ¿Dónde podría encontrar un sitio para mí? (…) ¿Dónde podría encontrar un sitio si ya todo está dicho, si ya todo se sabe, si ya todo está convenientemente recubierto de palabras sabias?” (ibidem,  p.636-637)

Cuando me lleno de palabras, aún cuando en apariecia sean sabias, dejo al otro sin espacio para que florezcan sus propias palabras. No se trata tampoco de perder nuestras palabras o de olvidarnos de nuestra teoría y nuestro conocimiento, que nos dan base para trabajar. Es otra cosa, quizá más compleja y profunda: tener palabras, conocerlas… para luego quemarlas.

“La palabra del sabio, una vez introducida al mundo debe ser sustraida del mundo, debe ser retirada del mundo por el fuego (…) El sabio puede no decirla y tampoco escribirla. Pero así no se hace aparecer el vacío: la nada no es aún el vacío.  El sabio puede por último, escribirla y quemarla, escribirla para quemarla. Sólo esta alternativa hace aparecer la falta, el agujero”. (ibidem, p.639)

Eso: la falta, el agujero. No se trata de propiciar la nada, sino el vacío. “Solo en el genuino hablar es posible un verdadero callar. Para poder callar necesita el ‘ser ahi’ tener algo que decir… El silencio es un modo del habla”, dice Heidegger (en Labastida 2008, p.49-50). El terapeuta “quema” su palabra –que existía- para dejar un espacio vacío que pueda ser llenado con otras palabras, las del paciente, y que quizá, en un principio, ambos desconocen.

Hablo de callar, de quemar la propia palabra para dar la palabra al otro. Y creo que es de los regalos más bellos que podemos dar, entendiendo que su palabra puede no coincidir con la mía, puede incluso oponerse a ella. De eso se trata: de que el paciente encuentre su verdadera palabra aunque esta tenga que nacer de las cenizas de la mía. En las hermosas palabras de Jorge Larrosa (2007, p.664):

“Dar una palabra que no será nuestra palabra ni la continuacón de nuestra palabra porque será una palabra otra, la palabra del otro, y porque será el porvenir de la palabra o la palabra por venir”.

Se trata entonces de callar. Callar para que de ese silencio brote la palabra poetico-terapéutica  de la que hablan  los fundadores. Callar luego de esa palabra, para que haya tiempo de asimilarla y de que florezca. No sólo eso: más adelante, callar también esa  palabra, por hermosa y precisa que sea, callarme yo, callar lo mío, para que de mi silencio nazca la palabra del paciente, esa “palabra otra” como la llama Larrosa, que puede interpelarme y ponerme en duda.

Que así como del silencio surgió mi palabra, ahora, de mi silencio –del quemar mi palabra- surja la suya.

Porque “Sólo es capaz de una palabra otra el que acepta la muerte de sus propias palabras”.  (ibidem, p.670)

Ya termino, lectora, lector. ¿No es paradójico esto de usar tantas palabras para hablar de callarse? Claro que hay mucho más que decir, ¡Pero siempre hay más que decir! Prefiero honrar el silencio callándome de una vez. Y que este callarme haga sitio para ti, para lo tuyo, para que lo llenes de lo que elijas: tu palabra, tu reflexión, tu crítica, tu desacuerdo, tus preguntas.

O quizá, ¿por qué no? para que lo dejes vacío, para que calles conmigo y entonces, juntos, hagamos nacer al silencio.

 

BIBLIOGRAFIA.

Argullol, Rafael. (2005) Siete Argumentos  Para Defender la Poesía en Medio del Ruido. Tomado de:

www.cervantes.de/nueva/es/biblioteca/archivodigital/pdfs/siete_argumentos.pdf

Delacroix, Jean Marie. (2008) Encuentro con la Psicoterapia. Chile. Cuatro Vientos.

Deltoro, Antonio. (Enero-Junio 2004) Poesía de Baja Velocidad. Graffylia. Revista de la Facultad de Filosofía y letras.  Año 1, numero 3. México. BUAP

Fernández Christlieb, Pablo. (2004) La Sociedad Mental. México. Anthropos.

 

Labastida, Jaime. (2008) La Palabra Enemiga. México. Siglo XXI

 

Larrosa, Jorge. (2007) La Experiencia de la Lectura. Estudios Sobre Literatura y Formacion.  México. Fondo de Cultura Económica

 

Morábito, Fabio. (2006) La Ola que regresa. México. Fondo de Cultura Económica.

 

Perls, Hefferline y Goodman. (2002) Terapia Gestalt. Excitación y Crecimiento de la Personalidad Humana. España. Libros del CTP.

 

Rulfo, Juan (2005) El Llano en Llamas. México. Editorial RM.

 

Ruy_Sánchez, Alberto. (2010) Los Jardines Secretos de Mógador. México. Alfaguara.

 

Zambrano, María (1965) La Mediación del Maestro. El Cardo. Revista de la Facultad de Ciencias de la Educación. Numero 7. Argentina. Universidad Nacional de Entre Ríos.

En Primera Persona. Propuestas para una escritura gestáltica.

“¿Quién habla aún al corazón abrasado

cuando la cobardía ha puesto nombre

a todas las cosas?”

(Antonio Gamoneda)

 

Se escribe de muchas formas. Plácidamente ante una taza de café o una copa de vino; en el silencio de una cabaña con el fuego crepitando en la chimenea; se escribe a mano o ante una pantalla; se garabatean notas en el bullicio de la calle. Se escribe por obligación o por necesidad. Esta vez, escribo con cierta urgencia, sin detenerme a pensarlo demasiado, con las palabras brotando.

Quiero escribir yo, es decir, en primera persona, apropiándome de mis palabras, y quiero escribirte a ti, al otro lado de la página. Tú tienes cara y nombre: Mónica, que de nuevo te arriesgas a escribir; Anita, Carolina, Paco, Mónica Margain, Elisa, Sandra, Verónica, Leticia… Y quiero escribirte también a ti aunque por el momento no sé tu rostro ni tu nombre. Quiero encontrarte.

Quiero escribir acerca de la escritura, de la posibilidad de escribir no de cualquier manera, sino gestálticamente. Y es que desde hace un tiempo leo artículos y tesis acerca de la Gestalt y me parece que no siempre son gestálticos. O lo son sólo porque la Gestalt es su tema, aunque no estén escritos desde la Gestalt. El problema, creo no está en el qué sino en el cómo. “Ahí el problema no es sólo qué decimos, y qué es lo que podemos decir, sino también y sobre todo, cómo lo decimos: el modo como distintas maneras de decir nos ponen en distintas relaciones con el mundo, con nosotros mismos y con los otros”. (Larrosa y Skliar, 2005 p.26)

¿Qué tipo de relación genero a través de mi manera de decir, de escribir? ¿Me acerco? ¿Me distancio? ¿Me muestro? ¿Me oculto? ¿Te toco? ¿Me dejo tocar? Hay formas de escribir y de decir que se convierten en una barrera que en lugar de aproximarnos nos separa. “Porque la palabra es, también, un largo paréntesis entre el ‘yo’ y el ‘tú’, tan largo que a veces con la palabra no hay cómo avistarse, cómo tocarse, cómo intuirse”. (Skliar 2005, p. 45)

Está, cada vez más, esa forma de escribir y de decir que busca la neutralidad; algo plano que nos haga iguales; un lenguaje técnico que sea común a todos pero que en realidad no es de nadie. Dice el filósofo español José Luis Pardo:

“Hay un intento en marcha por librar al lenguaje de su incómodo espesor, un intento de borrar de las palabras todo sabor y toda resonancia, el intento de imponer por la violencia un lenguaje liso, sin manchas, sin sombras,  sin arrugas, sin cuerpo, la lengua de los deslenguados, una lengua sin otro en la que nadie se escuche a sí mismo cuando habla, una lengua despoblada” (Pardo en Valente, J.A. 2000, p. 190)

 

Temo que con frecuencia usamos ese lenguaje al escribir nuestros artículos y nuestras tesis, un lenguaje que no es nuestro, ni tuyo ni mío, sino de entidades que pretenden estandarizarnos y cancelar la riqueza de nuestras diferencias con el pretexto de hacernos comprensibles.

“Si habláis ese lenguaje, nos dicen, hablareis desde la realidad (…) pero a nosotros esa realidad nos produce una extraña sensación de irrealidad. Como si no tuviera densidad, cuerpo, como si al presentarse como una realidad abstracta, transparente y bien ordenada, nos apartara de la experiencia que es siempre situada, concreta, confusa, singular; como si comprendiéramos que esa manera de ver, de comprender o de objetivar nos impidiera ver y oír, nos hiciera sordos,  nos convirtiera en incapaces de tocar el mundo y elaborar con otros el sentido (o el sin-sentido) de lo que nos pasa (…) Si habláis ese lenguaje, nos dicen, seréis comprendidos por todos (…) Pero nosotros tenemos problemas con esa comprensión y, sobre todo, con ese todos. No queremos que se nos comprenda sino que se nos escuche, y somos capaces de ofrecer, a cambio,  nuestra capacidad para escuchar lo que quizá no comprendemos. Además no queremos hablar para todos, porque sabemos que ese todos es, en realidad, nadie”. (Larrosa y Skliar 2005 p.32-34)

 

Me propongo y te invito a escribir gestálticamene, pues creo que tendríamos que hacer un esfuerzo para que nuestros textos y el modo de escribirlos sean más congruentes con la propuesta de nuestro modelo, con la novedad y la revolución de nuestro modelo, y que aunque eso implica riesgo también puede enriquecernos.

¿Y qué, hasta donde alcanzo a ver, nos propone nuestro modelo? ¿A qué nos invita?

A escribir con una comprometida intención estética. A escribir no sólo ajustándonos a formas preestablecidas sino creando posibilidades nuevas. A escribir también a partir de lo sensorial y lo emocional, con el cuerpo y las entrañas, y no sólo con la cabeza. A escribir dejándonos afectar, dejándonos transformar por lo que escribimos. A escribir mostrándonos a nosotros mismos, transparentándonos, dejándonos ver. A escribir para los otros, pero unos otros reales que no se diluyan en una abstracción intangible.

 

Una comprometida intención estética.

Escribir gestálticamente implica escribir con belleza. Intentar escribir con belleza aunque no siempre lo logremos, aunque muchas veces sólo alcancemos a rozarla.

“Nuestros fundadores han puesto la belleza en el corazón de la psicoterapia gestáltica”, dice  Gianni Fracesetti (2013), y con él, Robine (2010), Delacroix (2010), Spagnuolo (2005), entre otros; y es cierto: una de las propuestas más novedosas y revolucionarias del enfoque Gestalt desde sus inicios es la de partir de criterios estéticos para definir la salud y el crecimiento. “Nuestra naturaleza original es la belleza” dice Margherita Spagnuolo. Hacer terapia es, fundamentalmente, revelar al paciente su propia belleza, esa que lo restablece en su dignidad y en su verdad más esencial. Ayudarlo a volver a casa, como sugiere Alessandro Baricco en Mr. Gwyn, su hermosísima novela. No estamos hablando de algo bonito o agradable; cuando decimos belleza decimos claridad, intensidad, fluidez, espontaneidad, brillo, unidad, ritmo, nitidez, gracia. Decimos también protesta y rebelión, como nos recuerda Delacroix evocando palabras de Adorno: “La obra verdadera es una protesta en contra de la realidad en la que se afirma la dominación, una protesta capaz de transformar la agresión en transgresión. Lo bello vendría entonces de la transformación de la sumisión en transgresión, en liberación” (Delacroix 2010 p.26)

Desde nuestro enfoque, la búsqueda de belleza no es algo superficial o prescindible, sino la guía esencial de nuestro trabajo. Crecemos, nos sanamos y somos transformados por la belleza. “¿Con qué finalidad la buscamos y la creamos? –se pregunta Francesetti, y luego responde:- Porque, hemos dicho, transforma y deja huella”. (Francesetti 2013)

Y creo que no es posible revelar al otro su belleza si no somos capaces de asumir la nuestra; creo que no puedo reconocer tu belleza si no encuentro alguna forma de belleza en mí y si no dejo que mi belleza se exprese ¿No tendría, entonces, que estar presente en nuestra escritura si pretendemos que sea gestáltica? No sólo eso: ¿Podríamos afirmar que escribimos gestálticamente sin un serio compromiso estético?

Atrevámonos a escribir con belleza, a mostrar nuestra propia belleza a través de nuestros escritos (y de nuestros actos). Estiremos las manos, la palabra, la intención para alcanzarla, para hacerla posible; y aunque no la alcancemos, aunque sólo la vislumbremos a lo lejos, nos servirá como guía, como faro, y habrá valido la pena.

 

Crear posibilidades nuevas.

Jorge Larrosa dice, rotundamente: “Algunas formas de escribir y de leer, de hablar y de escuchar, extienden la sumisión, el conformismo, la estupidez, la arrogancia y la brutalidad”. (Larrosa y Skliar 2005 p.27) Coincido: algunas formas de escribir nos limitan, nos constriñen, nos cierran posibilidades.

Sin duda, al escribir una tesis o un artículo, es necesario cumplir con las normas de claridad, precisión y profundidad que ese tipo de textos exigen. Es necesario apegarnos a los lineamientos establecidos y al rigor científico y metodológico necesario para que nuestro trabajo tenga peso y seriedad. Es decir, es necesario ajustarnos; pero si sólo nos ajustamos, si sólo repetimos fórmulas, si no nos atrevemos a ir más allá de lo conocido y seguro, si no corremos el riesgo de crear algo novedoso; ese ajuste, esa escritura se vuelve neurótica y queda lejos de la propuesta gestáltica. “La timidez más lamentable no es el miedo al instinto ni el miedo a hacer daño, sino el de hacer algo de una manera nueva, que nos sea propia”. (PHG p.216)

“Cuando digo que ese lenguaje parece vacío, me refiero a la sensación de que se limita a gestionar lo que ya se sabe, lo que ya se piensa, lo que, de alguna forma, se piensa solo, sin nadie que lo piense, casi automáticamente (…) cualquier cosa que se produzca en su interior da una sensación de ‘ya dicho’, ‘ya pensado’, una sensación de que pisamos terreno conocido, de que podemos seguir hablando o pensando en su interior sin esfuerzo, sin dificultades, sin sobresaltos, sin sorpresas, casi sin darnos cuenta”. (Larrosa y Skliar 2005 p.31)

 

Ajustarnos, sí, pero también crear y atrevernos a lo nuevo (cfr. PHG p.9, p.13). Supongo que ese es el reto: escribir apegándonos a los lineamientos y a la metodología sin por ello dejar de intentar formas propias y únicas, formas que nos sorprendan y nos revelen y nos amplíen. Si somos congruentes con la propuesta gestáltica, cada investigación tendría que ser diferente en su tema y en su modo de hacerse y escribirse, revelando que su creador es único y que su voz no puede ser sino la suya.

Me propongo y te invito a crear una forma propia de escribir, a encontrar nuestra propia voz: esa que es sólo mía, esa que solo vive en ti. Que las normas y los lineamientos nos sirvan como apoyos, pero que no apaguen nuestra creatividad y amarren nuestra lengua. Que no cancelen el riesgo de inventar.

“En el diccionario hay cadáveres de palabras, no palabras. En el diccionario está la sombra de la palabra. Y al cerrar el diccionario comienza la rebelión de la palabra, la danza de la palabra, la abertura infinita de la palabra. Por ello no se ha de buscar en el diccionario aquello que no se ha buscado en la vida. No se ha de encontrar en el diccionario aquello que no se ha encontrado en la vida” (Skliar 2005 p.41)

 

¿Hay riesgo en eso? Sin duda que lo hay. Pero nuestro enfoque nos recuerda que sólo crecemos en el riesgo, yendo más allá de la frontera conocida. Nos recuerda que vivimos así, en la paradoja constante de querer seguridad y ajuste para permanecer y al mismo tiempo anhelar creación y novedad para ampliarnos. ¿Valdría la pena escribir sin riesgo? No lo creo. Elijo que me guíe la palabra de Luisa Valenzuela: “La escritura se nutre, con avidez, del descaro. De no ser así nadie escribiría”.  (Valenzuela 2003 p.11)

 

Escribir con el cuerpo, con el corazón, con la cabeza.

Escribir gestálticamente implica ir más allá de lo intelectual y descubrir que en nuestro cuerpo, en nuestras sensaciones, en nuestra emoción hay claves constantes para nuestra escritura. Descubrir que a veces no podemos escribir sino desde la pasión, porque escribimos de temas que nos implican profundamente, y entonces…  “La experiencia exige otro lenguaje, un lenguaje atravesado de pasión, capaz de enunciar singularmente lo singular, de incorporar la incertidumbre” (Larrosa y Skliar 2005 p.36)

No digo nada nuevo con esto. El enfoque Gestalt nos invita una y otra vez a salir del egotismo y enriquecernos de la sabiduría que hay en nuestro cuerpo y en nuestros sentimientos, en nuestra función ello. A veces, incluso, hemos caído en el extremo absurdo de suponer que la terapia Gestalt tendría que renunciar al intelecto, como si fuéramos descerebrados. “¡Lo llevaste a la cabeza!”, decimos al supervisar el trabajo de otros como si eso fuera el más grave error.

Necesitamos del intelecto tanto como de lo sensorial y lo emocional. ¿Por qué entonces hay tantas investigaciones y artículos correctos intelectualmente en donde están ausentes el cuerpo y el corazón? Textos en donde sin duda hay conocimiento pero que no me tocan ni me conmueven. Olvidamos a veces… “La dignidad de conocer por medio del sentir, no sólo por medio de la razón”. (Francesetti 2013)

Te invito y me invito a la propuesta de Luisa Valenzuela: Se ha de escribir con el cuerpo. Una y otra vez la autora argentina se hace preguntas sobre el acto mismo de la escritura y nos da claves hermosas y arriesgadas:

“Siento que estoy viva y que una forma de felicidad me corre por la sangre. Ahora sé por qué. La respuesta es simple ahora, tantos años después. Me sentí feliz porque estaba escribiendo con el cuerpo. Una forma de escritura que solo puede perdurar en la memoria de los poros. ¿Escribiendo con el cuerpo? (…) Al escribir con el cuerpo también se trabaja con palabras. A veces formuladas mentalmente, otras apenas sugeridas. Es estar comprometida de lleno en un acto que es en esencia un acto literario (…) Donde pongo la palabra pongo mi cuerpo”. (Valenzuela 2002 p.118)

 

Y es que un texto sin cuerpo y sin emociones podrá ser muy correcto, pero no estoy seguro de que sea gestáltico. “Desamarrado del cuerpo el discurso se deteriora. Se vuelve falso, tonto, innoble, son peso alguno”, afirma Susan Sontag (Sontag en Valenzuela 2002 p.121), la brillante ensayista estadounidense, amiga, por cierto, de Paul Goodman.

Me propongo y te invito a escribir con toda la inteligencia que podamos, con ideas y razones, pero también a que nuestro corazón se acelere mientras escribimos, a que nuestra respiración se modifique y nuestro cuerpo se estremezca. Y que nos emocionemos al escribir, y escribamos también desde la tristeza, la furia, la ternura, la pasión. Y que escribamos de modo tal que toquemos el cuerpo y la emoción de quien  nos lee. Que nuestro cuerpo esté unido a nuestra palabra, pues como dice Carlos Skliar:

“No ha de separarse el cuerpo de la palabra, no ha de separarse (…) Y es que hoy,  ahora mismo, hay demasiada ausencia de los cuerpos. Demasiadas palabras que no dejan huella ni oquedad. Demasiadas palabras orgullosas de sí mismas, de lo mismo. Demasiadas palabras sin cuerpos que las soporten, que las acaricien, que las enciendan” (Skliar 2005 p.55)

 

Dejarse transformar por la propia palabra.

Escribir gestálticamente implica dejarnos transformar por lo que escribimos, no solo crear sino ser creados por nuestra palabra.

¿Qué sentido tiene escribir sólo de lo que ya sabemos? ¿Para qué escribir si el resultado será seguir sabiendo lo que ya sabíamos, seguir sintiendo lo que ya sentíamos, seguir siendo lo que ya éramos? Escribir es otra cosa: es la experiencia de que nuestra palabra nos revele, en principio, a nosotros mismos y nos descubra aspectos de nosotros desconocidos hasta entonces. Cuando escribimos con el cuerpo y las entrañas, cuando dejamos de controlar todo y dejamos sitio a la novedad, es posible que la escritura nos sorprenda y escribamos cosas que no sabíamos que sabíamos.

Se trata de no solo creernos dueños de las palabras, sino también de asumirnos como hijos de ellas, inventados por ellas, creados por ellas. No solo poseerlas sino ser poseídos.  Este doble camino, esta ruta en doble sentido que es una de las características del verdadero contacto según Perls y Goodman (cfr. PHG p.193, p.439 ). “Por eso, como quería Nietzche, escribir es un acto de danzar con las palabras. Marearse con las palabras. Hundirse en las palabras. Saberse hecho de palabras. Obedecer el ritmo de las palabras.  Y celebrar la ambigüedad de las palabras” (Skliar 2005 p,42)

Porque efectivamente, las palabras nunca son definitivas ni cerradas sino abiertas y ambiguas, si les permitimos que lo sean, y son una de las formas más humanas de estar en el mundo. Dice Octavio Paz:

“Las palabras son inciertas

y dicen cosas inciertas,

pero digan esto o aquello,

nos dicen”.

(Paz 1989 p.340)

 

En primera persona.

Escribir gestálticamente implica hacerlo en primera persona y apropiándonos de nuestras palabras. Habitándolas y responsabilizándonos de ellas.

Pero cuántas veces se nos invita (o se nos obliga) a escribir en una lengua que en realidad no nos pertenece, en una lengua correcta y adecuada y técnica… y vacía. Una lengua en la que está prohibida la pasión y la incertidumbre, los titubeos y la creación; una lengua fría que podría definirse como burocrática.

“Cuando leo lo que circula por esas redes de comunicación u oigo lo que se dice en esos encuentros de especialistas, la mayoría de las veces tengo la impresión de que ahí funciona una especie de lengua de nadie, una lengua neutra y neutralizada de la que se ha borrado toda marca subjetiva. Entonces lo que me  pasa es que me dan ganas de levantar la mano y de preguntar ¿hay alguien ahí? Además siento que esa lengua no se dirige a nadie, que construye un oyente o un lector totalmente abstracto e impersonal. Una lengua sin sujeto sólo puede ser la lengua de  unos sujetos sin lengua. Por eso tengo la sensación de que esa lengua no tiene nada que ver con nadie, no sólo contigo o conmigo, sino con nadie, que es una lengua que nadie habla y que nadie escucha, una lengua sin nadie dentro. Por eso no puede ser nuestra, no sólo porque no puede ser ni la tuya ni la mía, sino también, y sobre todo, porque no puede estar entre tú y yo, porque no puede estar entre nosotros” (Larrosa y Skliar 2005 p.27-28)

 

Basta de escribir en nombre de entidades abstractas. Basta de escribir como experto, especialista, portavoz de algo. Hoy quiero escribir  en mi nombre y con mis palabras, aunque estas sean titubeantes, torpes, pequeñas, insuficientes. Sin embargo son mis palabras, las que me pertenecen y sólo yo puedo decir. Eso supone, por supuesto, mostrarme, dejarme ver, exponerme, y eso es justamente lo que nos propone el enfoque gestáltico: transparentarnos e implicarnos  (cfr. Peñarrubia 1998 cap.14 p.177-192)   en lugar de ponernos a salvo y describir las cosas desde una prudente distancia. Se trata de revelarme ante ti, sin olvidar que al hacerlo, también me revelo ante mí, lo que a veces supone un riesgo que asusta. Como advierte Luisa Valenzuela:

“El acto de escribir resulta difícil, por momentos imposible, no a causa de la célebre parálisis ante la hoja en blanco sino ante lo oscuro del alma; enfrentarse con el papel en blanco es enfrentarse en realidad con la negrura, y una sabe que si no está dispuesta a encararla no vale la pena sentarse a escribir” (Valenzuela 2002, p.167)

 

Hoy quiero correr ese riesgo y escribir en primera persona y escribirte a ti que estás del otro lado de la página. Porque no puedo decir ‘yo’ si no hay un ‘tú’ frente a mí. Incluso más: Yo soy yo sólo si estás tú. ¿Estás allí?… ¿Estás allí? Hoy quiero que estés.

“Hablar (o escribir) en primera persona no significa hablar de uno mismo, ponerse a uno mismo como tema o contenido de lo que se dice, sino que significa, más bien,  hablar (o escribir) desde sí mismo, ponerse a sí mismo en juego en lo que  uno dice y piensa, exponerse en lo que uno dice y piensa (…) Además se trata de hablar (y escribir), tal vez de pensar, en dirección a alguien. La lengua de la experiencia no sólo lleva la marca del hablante, sino también la del oyente (…) hablar y escribir en nombre propio significa también hacerlo con alguien y para alguien”. (Larrosa y Skliar 2005 p.37)

 

Me propongo y te invito a escribir en una lengua que sea realmente nuestra, una lengua habitada por nosotros, por nuestros cuerpos y nuestros corazones, por nuestros nombres y nuestras formas únicas de mirar. Una lengua comprometida y no neutra, una lengua liberadora y no moralizante, una lengua que abra posibilidades y no las limite, una lengua que no existe hasta que es dicha y escrita, y que al surgir ante el otro y para el otro es siempre co-creada, no tuya ni mía sino nuestra.

¿Cómo escribir gestálticamente?  No tengo una respuesta. Creo que no hay, no puede haber una manera predeterminada de escribir así. A cada uno toca crear su propia forma. No hay caminos trazados, no hay atajos. Se trata, creo, de sentarnos ante la hoja en blanco, ante la pantalla y empezar. Dice Jorge Larrosa:

“Tienes que darle una forma a ese murmullo en el que se oyen demasiadas cosas y, justamente por eso, no se oye nada. Tienes que empezar a escribir. Lo más difícil es empezar (…) Empezar a escribir es crear una voz, dejarse llevar por ella y experimentar con sus posibilidades. Sabes que todo depende de lo que te permita esa voz que inventas. Buscas, para la escritura la voz más generosa, la más desprendida. Sabes que esa generosidad de la voz y esa libertad de la escucha son el primer efecto del texto, el más importante, quizá el último. Por eso lo más difícil es empezar. Por eso vuelves a empezar. Una y otra vez. Y sigues. Vuelves a los libros desparramados sobre la mesa. Y sigues. Te afanas en tu cuaderno de notas. Y sigues. A veces sientes que no tienes nada que decir. Y sigues escribiendo y leyendo para ver si lo encuentras. El texto se te va escapando de las manos. Y sigues” (Larrosa 2007 p.15)

 

Yo escribo no porque sepa algo, sino para saber; no para enseñar sino para aprender; desde la duda mucho más que desde la certeza. En cada frase trato de encontrar mi propia voz, y deseo que esta voz, la mía,  pueda alcanzarte, porque solo entonces será verdaderamente mi voz.

¿Cuál es tu voz, la tuya, la que sólo a ti te pertenece?

Escribir es buscar una y otra vez la propia voz.

Finalmente, la palabra de Juan Gelman, el entrañable poeta argentino; que escribió aún ante el horror, que escribió como si luchara, que escribió contra toda esperanza:

se sienta a la mesa y escribe.

“con este poema no tomarás el poder” dice
“con estos versos no harás la Revolución” dice
“ni con miles de versos harás la Revolución” dice

y más: esos versos no han de servirle para
que peones maestros hacheros vivan mejor
coman mejor o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán

no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos

ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos

 “con este poema no tomarás el poder” dice

“con estos versos no harás la Revolución” dice

“ni con miles de versos harás la Revolución” dice


se sienta a la mesa y escribe

 (Gelman 2001, p.111)

 

 

Bibliografía.

Baricco, Alessandro (2012 ) Mr.Gwyn. España. Anagrama

Delacroix, Jean Marie. (2010, Verano)  La Terapia Gestalt en Situación Grupal: una Estética en Movimiento. Revista Figura Fondo No. 28. México. IHPG

Francesetti, Gianni (2013, Primavera) El Dolor y la Belleza. Revista Figura-Fondo no.33 México. IHPG

Gelman, Juan (2001) Pesar Todo. Antología. México. Fondo de Cultura Económica.

Larrosa, Jorge. (2007) La Experiencia de la Lectura. Estudios Sobre Literatura y Formacion.  México. Fondo de Cultura Económica

Larrosa, Jorge y Skliar, Carlos (2005) Entre Pedagogía y Literatura. Argentina. Miño y Dávila

Paz, Octavio (1989) El Fuego de Cada Día. México. Seix Barral.

Peñarrubia, Francisco (1998). Terapia Gestalt, la Vía del Vacío Fértil. España. Alianza.

Perls, Hefferline y Goodman (2002) Terapia Gestalt: Excitación y Crecimiento de la Personalidad Humana. España. Los Libros del CTP.

Robine, Jean Marie. (2010, Primavera) La Psicoterapia como Estética. Revista Figura-Fondo No. 27 México. IHPG

Skliar, Carlos (2005) La Intimidad y la Alteridad (Experiencia con la Palabra). Argentina. Miño y Dávila.

Spagnuolo (2005) Co-creación Improvisada en Terapia Gestalt. Revista Figura-Fondo no. 18 México. IHPG

Valente, José Ángel (2000) Anatomía de la Palabra. España. Pre-Textos.

Valenzuela, Luisa (2002) Peligrosas Palabras. México. Oceano.

Valenzuela, Luisa (2003) Escritura y Secreto. México. Fondo de Cultura Económica.

 

Sed de Otredad. Sexualidad y psicoterapia Gestalt.

SED DE OTREDAD.

Sexualidad y Psicoterapia Gestalt.

 

Francisco Fernández Romero *

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

 

 

                                                                       “Tal vez amar es aprender

                                                                   a caminar por este mundo.

                                                                    Aprender a quedarnos quietos

                                                                      como el tilo y la encina de la fábula.

                                         Aprender a mirar.

                                                       Tu mirada es sembradora.

                                       Plantó un árbol.

                                                                                 Yo hablo

                                                             Porque tú meces los follajes”

(Octavio Paz).

 

 

 

“En realidad, una sesión de terapia es enormemente parecida a un encuentro sexual”.

Lo dije porque siempre he creido que es así. Y cada vez lo creo más. Sin embargo, mis alumnos y alumnas quedaron algo extrañados y me pareció que pensaban que, siendo así las cosas, mejor no asistir a terapia conmigo.

Actualmente, aprendiendo e intentando llevar a la práctica cotidiana el trabajo centrado en la relación, confirmo más esa afirmación.

Para una sesión de terapia, el o la paciente y yo hacemos una cita. Nos encontramos en un lugar privado, “lejos del mundo”. Cerramos la puerta tras nosotros y nos disponemos a tener un encuentro lo más íntimo posible. A veces, incluso, ocurre que el o la paciente no comenta con nadie de estos encuentros que tenemos o quizá miente a sus personas cercanas inventando que irá a otro lugar. Es nuestro secreto.

Nos quedamos uno ante el otro y nos disponemos a mostrarnos tanto como nos sea posible. Muchas veces alguno se “deja ver” solo porque el otro se arriesgó antes. Mostramos lo que muy pocos, o acaso nadie, conoce. Se lo muestro a esa persona frente a mí porque confío en ser recibido. A veces muestro lo que considero bello, otras, aquello de lo que me averguenzo o en lo que me siento frágil. Y al mostrarnos uno al otro dejamos ver también nuestras cicatrices. Ambos estamos atentos a nuestras reacciones, las más visibles y las aparentemente ocultas, y sabemos que esas reacciones son resultado de la presencia del otro, ocurren ante el otro y por la presencia del otro. El otro las hace posibles.

Alguno de los dos se abre y deja entrar. Alguno de los dos recibe la invitación y entra cuidadosa o torpemente. Nos acercamos a veces mucho, como casi nadie lo ha hecho. Y en algunos momentos vibramos juntos, juntos nos estremecemos y descubrimos que la maravilla, como dice Delacroix, fue una creación de ambos.

Al final, la energía disminuye poco a poco y nos separamos. Nos despedimos y prometemos encontrarnos en la siguiente cita. La puerta se cierra. Frecuente- mente nos llevamos uno al otro en el pensamiento durante algún tiempo.

Lo confirmo entonces: una sesión de terapia es enormemente parecida a un encuentro sexual.

Y no es extraño lo anterior si partimos de la idea de que nuestro modelo está basado en el contacto y en la frontera de contacto. El contacto, que según Perls, Hefferline y Goodman es “la realidad más simple e inmediata” (Perls,Hefferline y Goodman, p.5) y que a la mayoría de los terapeutas, sin embargo, suele parecernos algo siempre complejo e inaprensible.

Para estos autores, la experiencia que mejor ejemplifica lo que sucede en el contacto es, justamente, el encuentro sexual. Allí cada momento, desde su mismo inicio (precontacto) hasta su cierre (postcontacto) se explicitan de forma sorprendente. Tanto, que consideraron al encuentro sexual y amoroso como “el momento arquetípico del contacto”. Y es interesante que no se refieren solo a la actividad sexual, sino también a lo amoroso.

La siguiente cita será extensa, sin embargo quiero ponerla casi en su totalidad porque me parece la referencia mas directa a la sexualidad que encontré en nuestro libro fundacional, y a través de ella, se habla del contacto:

“El amor tiende a la proximidad, es decir, al contacto más cercano posible teniendo cuidado de no destruir al otro. El contacto amoroso se establece a través de la vista, la palabra, la presencia, etc. Pero el momento arquetípico del contacto es la entrega sexual. Aquí la cercanía espacial real ilustra, espectacularmente la disminución del segundo plano y de su interés. Hay poco segundo plano porque prácticamente no hay sitio para él; la figura vívida tiende a volver inútil cualquier segundo plano, y todas sus partes son excitantes (…) No es un momento para las abstracciones o las imágenes del pasado o de otros lugares; no hay alternativas (…) Los sentidos ‘cercanos’ como el gusto, el olfato y el tacto, forman la mayor parte de la figura. La excitación y la cercanía del contacto se sienten como una y la misma cosa. El aumento de la excitación es simplemente un tocar más cercano. Y el movimiento, al final, se vuelve espontáneo.

La desaparición del segundo plano corporal es incluso más destacable. Cuando se acerca el orgasmo, la figura está compuesta de dos cuerpos, de la sensación de tocar y ser tocado; pero esos ‘cuerpos’ son solo ya un sistema de situaciones de contacto en la frontera (…) paradójicamente el propio cuerpo del individuo se convierte en parte del Tú, después en toda la figura, como si la frontera se hubiera separado y estuviera colocada enfrente”. (Perls, Hefferline y Goodman, p. 248)

¡Difícil encontrar una descripción más clara y evidente de lo que entendemos por contacto en Psicoterapia Gestalt! Aparece una figura que poco a poco se hace tan presente que es como si el fondo se desvaneciera. Por instantes parece que solo hay figura hasta alcanzar el contacto final. Luego, el cierre, porque aún este contacto tan intenso llega a su fin para dar lugar a la aparición de nuevas figuras. Este contacto es también momentáneo. También lo dicen Perls, Hefferline y Goodman un poco más adelante:

“Se ve también que el contacto es espontáneamente transitorio. El self trabaja para su plenitud, pero no para su perpetuación (…) es evidente, inmediatamente, que la situación-contacto, como un a totalidad, solamente es un momento de la interacción del campo organismo/entorno”. (Perls, Hefferline y Goodman, p. 248)

Me conmueve leer a un poeta, Octavio Paz, y encontrar que esta misma experiencia es dicha de otro modo, pero conservando su escencia:

“El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas pero nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más inmenso. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica, evaporación de la escencia.  No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por las llanuras de la noche”. (Paz, 1993 p.205)

 

Sexualidad como contacto íntimo y profundo

 El tema de la sexualidad es amplio y complejo, con muchos matices. Escribo este artículo pensando en que pueda ser útil a quienes hacen Psicoterapia Gestalt. Trato de resumir aquello que me parece central en mi trabajo cotidiano con este tema, la forma en que hoy lo veo en el consultorio y también lo que procuro que los alumnos de la especialidad en Sexualidad y Gestalt se lleven al finalizar su formación.

La sexualidad humana es una realidad multidimensional. En ella está presentes aspectos biológico, psicológicos, socioculturales y espirituales, todos interrelacionándose y expresándose en lo reproductivo, lo erótico, lo afectivo, lo genérico y lo relacional. Ninguno de estos aspectos está separado de los demás y es importante verlo así para evitar una percepción limitada y parcial.

Sin embargo, todo lo anterior puede sonar abstracto. ¿Cómo llevar a cabo esto en el trabajo psicoterapéutico día a día?

Hoy, al hacer terapia, trato de definir la sexualidad desde otro lugar, aunque procure no perder de vista la variedad y complejidad de la que hablé antes. En mi trabajo cotidiano me es útil considerar a la sexualidad humana como la capacidad de establecer un contacto íntimo y profundo con otro ser humano. Sexualidad, desde esta visión es encuentro. Sé que todos los aspectos mencionados antes intervienen, no los dejo de lado, sin embargo nada me ha resultado más útil que esta forma de ver la sexualidad, porque me permite trabajar con los elementos que la Psicoterapia Gestalt me aporta.

Así, cuando un paciente llega al consultorio con cualquier dificultad sexual, sea disfunción sexual, miedo, o herida, lo que me pregunto en principio es cómo está la capacidad de contacto íntimo en esa persona. Mi mirada se centra allí, en la intimidad y el contacto, mucho más que en su funcionamiento sexual. En el fondo, la incapacidad de tener experiencias sexuales satisfactorias me parece una incapacidad para la intimidad y el encuentro. Las disfunciones sexuales son, en su mayoría, disfunciones en la capacidad de contacto profundo con otro. En mi experiencia, si llevo mi mirada a los órganos sexuales, a la capacidad orgásmica o a la duración y desempeño, me pierdo de lo fundamental y dejo de mirar a lo más importante: la intimidad.

 “En el acto sexual experimentamos directa e íntimamente ese ritmo polar. El acto sexual es la sanción más vigorosa que pueda imaginarse de una relación íntima pues representa el drama de la aproximación y de la plena unión, luego de la separación parcial ( como si los amantes no pusiesen creer que eso es verdad y anhelan mirarse el uno al otro), luego otra vez una reunión completa. No puede deberse a un accidente de la naturaleza el hecho de que en la sexualidad practiquemos así el sacramento de la intimidad y del retiro, de la unión y de la distancia, que nos separa y nos entrega otra vez a una unión plena” (May, 1985 p.96)

Entiendo entonces mi trabajo, no como el restablecimiento de ciertas funciones biológicas o el logro de ciertas metas a veces impuestas desde fuera, sino como el restablecimiento de la capacidad de encuentro íntimo con otros seres humanos.

La sexualidad humana, en lo más profundo, tiene esa finalidad: ir al encuentro del otro, unir lo dividido.

“En la versión erótica, el amor es, en palabras de Paul Tillich, el ‘impulso ontológico hacia la reunión de lo separado’”. (Keen, 1995 p.32)

El Otro que puede ser una persona o incluso, desde otra visión, la divinidad. Aún las experiencias sexuales más casuales tienden a ese fin: salir de mí y encontrarme con alguien más, con lo que no soy yo. “No podría ser de otro modo: el erotismo es ante todo y sobre todo sed de otredad. Y lo sobrenatural es la radical y suprema otredad”. (Paz, 1993 p.20)

¡La sexualidad es sed de otredad! Porque solo en el encuentro con el otro es que descubro lo que soy. El otro me revela.

Y evidentemente, una situación ideal para explorar la intimidad y el encuentro es la psicoterapia. Allí estamos dos, allí la otredad está presente con la posibilidad de ser explorada paso a paso. El encuentro terapéutico siempre busca intimidad.

Y no es raro que en el fondo de muchas heridas sexuales esté, como ya dije, la incapacidad de contacto y encuentro. En muchas ocasiones, esto ha sido olvidado al estudiar la sexualidad humana. Se venden pastillas, bombas de vacío, ungüentos y soluciones mágicas. Pero la sexualidad es mucho más que el funcionamiento adecuado de ciertos órganos.

“El sexo se redujo a un fenómeno biológico que los científicos podían cuantificar y estudiar objetivamente en el laboratorio. Se midió la intensidad y el número de orgasmos y las fases de la excitación se redujeron a patrones estándar (…) aunque actualmente, sin embargo, los mejores terapeutas sexuales se muestran críticos ante la ingenuidad científica y exploran formas de reconectar la sexualidad con la espiritualidad (…) Finalmente, el sexo empezó a aparecer más y más frecuentemente acompañado de violencia. ¿Porqué? Porque el hecho de reducir la comunión entre las personas al contacto entre anónimos órganos sexuales y terminaciones nerviosas es ya de por sí un acto de violencia” (Keen, 1995 p.25)

Actualmente, en mi trabajo terapéutico con la sexualidad hay tres elementos que considero básicos si deseo que mi intervención tenga un impacto real. No quiero decir que me limite a estos elementos, los ejercicios típicamente sexológicos, el trabajo con síntomas, el desbloqueo sexual a través de la bioenergética son también importantes, pero sí me parece que hoy, en mi trabajo cotidiano, estos tres elementos son fundamentales:

  1. Escuchar la historia sexual
  2. Trabajar con la intimidad en la frontera de contacto.
  3. Traducir las necesidades y anhelos profundos expresados en la sexualidad.

 

“Hechos de Palabras”: Contar Nuestra Historia.

 Al estudiar Terapia Sexual me enseñaron la importancia de la historia clínica sexual de mis pacientes. Se trata de una gran lista de preguntas acerca de su vida sexual, desde los primeros recuerdos a la actualidad y que tiene la finalidad de explorar y descubrir los eventos que marcaron la sexualidad de esa persona, los posibles traumas y el origen de sus heridas. Normalmente, el terapeuta hace las preguntas y el cliente las contesta una a una; si hace falta, el terapeuta indaga más.

No niego la utilidad de esta historia clínica, solo que cada vez que la hice me pareció una experiencia sumamente fría. Por muy cálido que tratara de ser, se trataba de un cuestionario y no otra cosa.

Más tarde, aprendí de Pedro Servín la importancia de contar historias, en especial de contar nuestra historia. Los seres humanos, desde que lo somos, nos hemos juntado a contar y escuchar historias. Ser persona, dice Sam Keen, es tener un cuento que contar.

“La palabra es el hombre mismo. Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad, o al menos, el único testimonio de nuestra realidad (…) lo primero que hace el hombre ante una realidad desconocida es nombrarla, bautizarla. Lo que ignoramos es lo innombrado”. (Paz, 1953 p.30)

Poco a poco fui transformando mi forma de hacer esta “historia clínica”. Dejó de ser un cuestionario y una serie de preguntas para volverse un evento de contacto e intimidad entre el paciente y yo. Le pido que se dé el tiempo para recordar su historia sexual y, si es posible, que la escriba. El proceso puede ser breve o muy largo. La mayoría de los pacientes hablan de que les ocurrieron muchas cosas mientras recordaban y escribían. Vuelven a aparecer eventos que creían olvidados y descubren que tienen una importancia enorme. Por el contrario, otros eventos que parecían importantísimos, no lo son tanto, sencillamente se decoloran, adquieren su justo tamaño. En ese proceso, algunos sacan a la luz viejas fotos, cartas guardadas, detalles que parecían insignificantes y que hoy descubren su trascendencia. Cuando finalmente han escrito su historia, dedicamos una o varias sesiones a que me la cuenten.

Sin duda, en su historia –en el contenido- hay muchos elementos importantes que nos iluminan y nos aclaran lo que ahora vive. Poner en palabras aquellas experiencias permite darles sentido, ubicarlas en su justo lugar. Podemos apropiarnos realmente de lo que decimos.

“Cada persona es un depósito de historias. Según el grado en que cualquiera de nosotros persigue su autonomía, debe comenzar un proceso de búsqueda a través de la basura y los tesoros que le han sido dados, guardando algunas cosas y rechazando otras. Alcanzamos toda nuestra dignidad y poder solo cuando creamos un relato narrativo de nuestra propia vida”. (Keen, 1991 p.16)

Pero mucho más importante que el contenido de la historia es el proceso de contarla. Para mí, lo esencial es la experiencia del cliente al mostrarme esa área de su vida, la experiencia de que su historia sea escuchada, recogida por alguien. Y que ese alguien, el terapeuta, sea “tocado” por la historia, sea afectado y reaccione ante esas palabras de que es depositario. Contar la propia historia a alguien que la escucha. Entonces no es solo “mi” historia. Empieza a ser, de alguna forma, “nuestra”.

Contar mi historia sexual es revelar algo de mi intimidad a otra persona, y este hecho es, en sí mismo, terapéutico. En este proceso podré encontrar mi dificultad de mostrarme así ante el otro, los bloqueos, los miedos y la alegría que este “mostrarme” representa. Hay un viejo poema de Benedetti, “Eucaristía”, que me recuerda eso:

“Una muchacha que se desnuda

  sin testigos

  para que sólo la miren

  el espejo o el sol

  en realidad no está desnuda

 sólo lo estará cuando otros ojos

  simplemente la miren

  la miren y consagren

  su desnudez”.

Solo estamos verdaderamente desnudos si lo estamos ante otros ojos. Contar la propia historia es, por llamarla de una forma, una práctica de desnudez. Y esto –la desnudez- es especialmente importante si trabajamos con la sexualidad.

La experiencia de contar nuestras historias en grupo sigue asombrándome. En la especialidad en Sexualidad y Gestalt, hay un espacio en cada sesión para que la persona que lo desee cuente su historia al grupo. Poco a poco, este “ejercicio” grupal se ha revelado como una de las experiencias más significativas del curso. Se ha vuelto un espacio “ritual”. Nos sentamos cerca unos de otros y nos disponemos a escuchar una historia. El narrador, normalmente, vive la experiencia con mucha intensidad. Con miedo o con deseo, con dudas y certezas. Como grupo hemos reído, llorado y compartido las experiencias que nos narran. ¡Son tan distintas unas de otras! Cada historia nos revela a la persona que la cuenta. A veces confirmamos lo que sabemos de ella, otras nos asombra descubrir cosas que no imaginábamos. Quienes viven su sexualidad de forma muy abierta y exploradora escuchan a personas que han tenido una sola pareja sexual en su vida y siguen comprometidas en esa relación. Quienes viven su sexualidad de modo más “conservador” escuchan a personas que se arriesgan a probar y se enriquecen con esa intensidad. Al finalizar cada narración, las demás personas del grupo expresan brevemente cómo han sido impactados por esa historia.

Al terminar la formación hemos descubierto lo diferentes que somos, y lo semejantes también. Muchas personas replantean su forma de vivir la sexualidad. Nos miramos de una forma nueva, me atrevería a decir, más amorosamente y con más respeto. Con mucha frecuencia, en la evaluación final, los alumnos mencionan que la experiencia más importante en todo el proceso fue el momento de las historias. No solo el contar la propia, sino también el escuchar las de los otros. Vuelvo a recurrir a San Keen:

“Y cuando nos contamos nuestros cuentos los unos a los otros, descubrimos a la vez el sentido de nuestras vidas y nos vemos sanados de nuestro aislamiento y soledad. Aunque parezca extraño el autoconocimiento comienza con la autorrevelación. No sabemos quienes somos hasta que nos oímos a nosotros mismos hablando del drama de nuestra vida a alguien de quien confiamos que nos escucha con una mente y un corazón abiertos”. (Keen, 1991 p.20)

 

Intimidad y Riesgo

 

                       “No quiero, pese a todo, muros gruesos

                         tan gruesos que no oiga

                         el silencio de los otros”. 

                                                     (Fabio Morábito)

 

Podemos hablar mucho tiempo de las dificultades del paciente para encontrarse sexualmente con alguien, pero si llevo nuestra mirada al aquí y ahora, puedo averiguar las dificultades que están surgiendo en este momento en la construcción de una relación íntima entre nosotros. ¿Cómo se da o deja de darse este encuentro entre el paciente y yo?

Me gusta pensar que las palabras que podrían definirse como “sexuales” (verbos y adjetivos) cobran una realidad distinta en la sesión terapéutica ¡y son muy útiles en el trabajo!. Las preguntas que siguen, llenas de estas palabras, me parecen muy importantes si deseo explorar el contacto real entre mi paciente y yo:

¿Nos mostramos uno ante el otro? ¿nos “desnudamos” para dejarnos ver? ¿y cómo es la experiencia de la mirada del otro en mí? ¿qué oculto a su mirada? ¿cómo es mirar al otro que se muestra?

¿Podemos acercarnos? ¿qué tanto? ¿me abro para que el otro entre en mi? ¿me cierro? ¿cómo me cierro? ¿qué evito al cerrarme? ¿soy firme y claro al entrar en el otro? ¿elijo no entrar?

¿Temo fallar? ¿temo no ser recibido? ¿recibo al otro cálida o fríamente? ¿húmeda o secamente? ¿acogedoramente?

¿Podemos acompasar nuestro ritmo? ¿escucho el ritmo del otro? ¿me adapto? ¿cedo? ¿atropello? ¿pido? ¿Puedo ser suave e intenso, según la situación?

¿Puedo jugar con el otro? ¿puedo arriesgarme a lo nuevo? ¿confío lo suficiente como para arriesgarme? ¿desconfío?

¿Vibramos juntos? ¿puedo dejarme ir ante ti? ¿puedo mostrarme abierto, vulnerable, sin control? ¿puedo explotar ante ti? ¿cómo vivo que explotes ante mí? ¿puedo mostrarme en toda mi intensidad? ¿me asusta mi intensidad? ¿la del otro?

¿Sabemos retirarnos de un encuentro profundo? ¿cómo experimentamos ese retiro?…

Podríamos seguir haciéndonos preguntas. Todas me parecen especialmente importantes. Y al hacerlas podríamos estarnos refiriendo a una experiencia sexual o a un encuentro entre paciente y terapeuta. Porque de lo que hablamos en el fondo, es de contacto. Y estas palabras “sexuales” dicen justo eso de diferentes formas: intimidad.

Amanda buscó la terapia porque desde hace mucho tiempo siente muy poco deseo sexual. Es una mujer de 35  años, sensible, inteligente y atractiva. Casada desde hace algunos años. Sencillamente, no hay deseo. Pueden pasar muchas semanas sin tener un encuentro sexual con su pareja y cuando lo tiene es más para complacerlo que por desearlo. Dice sentirse “descompuesta”.

Poco a poco, el tema de la intimidad y el contacto se nos aparece como central. Por un lado tiene un enorme deseo de intimidad, pero al mismo tiempo eso le asusta mucho. Junto a esto, hay una gran dificultad de arraigo. Es como si sólo viviera desde el pecho hacia arriba y contactara muy poco con su abdomen, su vientre, sus órganos sexuales y sus pies. El hecho de hablar de su sexualidad ya resulta difícil y amenazante.

Mi intento básico es que Amanda y yo podamos acercarnos íntimamente y podamos explorar juntos lo que sucede en ese espacio íntimo.

-No puedo ser como los hombres esperan… esas mujeres que salen en las películas porno, por ejemplo. Es demasiado intenso. Yo no puedo ser así, me siento falsa y me asusta. Por eso me molesta que Jaime las vea. No se, yo puedo verlas a solas pero, ¿hacerlo así, como ellas?

Amanda me cuenta esto cuando exploramos su dificultad para expresarse sexualmente. El contenido es interesante, sin duda: lo que supone de los hombres, la amenaza de ser intensa, lo que le pasa por el hecho de que Jaime, su esposo, vea esas películas… pero hay algo que me es más importante y que toca nuestra intimidad. Por eso elijo ese camino.

-Parece que ese tema con las películas y Jaime es importante, pero prefiero poner la atención en algo más Amanda –le digo-, y es lo que me cuentas de ti. Ahora se de ti que a veces miras películas porno. Siento que me estás diciendo algo muy tuyo y quisiera saber cómo te sientes al decírmelo.

Amanda se detiene al escuchar eso. La veo dudando si seguir. Por eso prefiero explicarle un poco la razón de lo que hago:

-Te digo esto porque hemos hablado de tu dificultad y tu miedo a intimar, y creo que al decirme eso de ti, me muestras algo de tu intimidad… y me conmueve que lo hagas.

-Si… no es algo que le diga a nadie. Puedo bromear de eso con amigos, pero nunca lo digo en serio.

-Me gustaría que nos quedáramos un momento en esta experiencia –intervengo-, dejándonos sentir lo que pasa entre nosotros: tu me revelas algo muy privado, muy tuyo y yo lo recibo.

-Es raro, no estoy acostumbrada –me dice.

-Lo se. Hay intimidad aquí, entre nosotros.

Sin duda, en este punto, ambos estamos en la frontera, sin embargo, el mayor riesgo lo está llevando ella. El tema de la vergüenza me preocupa, en este punto es muy fácil provocarla. Tengo presente a Wheeler: “…la clave para algo nuevo en los viejos ciclos de vergüenza y humillación siempre es: estar menos solos con ellos, compartirlos de alguna manera que vaya más allá del relatar y escuchar”. (Wheeler, 2005 p.200) Y más adelante: “Trabajar la vergüenza y la humillación de manera sanadora (…) significa acoger la vergüenza de alguna manera, implícita o explícitamente, con nuestra propia vergüenza, y no ‘arreglando’ o con estrategias para distanciarnos de la directa experiencia vergonzante”. (Wheeler, 2005 p.209)

Así que trato de dar un paso más:

-De alguna forma, lo que dices me tranquiliza Amanda- digo.

-¿Si? Pues a mí no.

-Me imagino. Te diré porqué me tranquiliza. Lo que ocurre es que yo también, a veces, miro pornografía. No sé… no me es sencillo decírtelo, me da un poco de pena. Pero es así.

Amanda sonríe, su mirada cambia.

-Y me tranquiliza –continúo- porque te considero una persona sensible, inteligente, crítica, ya te lo he dicho antes… y… me ayuda saber que también una persona así mira pornografía a veces.

-Te pusiste rojo -me dice Amanda, reímos juntos y me mira después en silencio-. No sé porqué pero me gusta saber eso de ti.

-Pues así estamos: parece que ambos hemos dicho algo privado, tal vez muy privado. Y me siento más cerca de ti ahora, un poco… cómplice.

-Si, si, esa es la palabra: cómplice. Me gusta.

-Bien, entonces resulta que aquí estamos una frente a la otra, dos personas inteligentes y sensibles y críticas… y ambos, a veces vemos pornografía… y nos avergüenza un poco hacerlo. ¿Y ahora qué Amanda? ¿qué hacemos con esto? ¿cómo está la intimidad entre nosotros en este momento?

No hay una mejor forma de trabajar con la intimidad y restablecerla que intimando. Evidentemente el trabajo con Amanda apenas empieza y hay que revisar muchas otras áreas, pero si pongo mi atención en la frontera de contacto, es central explorar la intimidad que juntos creamos, y aprovechar cada situación en donde ella –la intimidad- se manifieste. Me parece también que este pequeño ejemplo sirve para aclarar que esta exploración de la intimidad no puede hacerse pidiendo que el otro se arriesgue mientras yo me mantengo en un lugar seguro y no comprometido. La única forma de aproximarnos de verdad a la frontera es hacerlo ambos.

El problema, como tantas veces ocurre, es que al escribir lo anterior también me surgen dudas. Al narrar este ejemplo a mi amiga Carolina, terapeuta como yo, me hace algunas preguntas: “Está bien –me dice- trabajaste la intimidad con ella, pero… ¿no dejaste de lado su figura?, ¿no la llevaste a una figura más tuya que de ella? ¿Qué pasa con su forma de compararse con otras mujeres, con sus sentimientos hacia Jaime, con lo que supone que los hombres esperan? ¿no hiciste a un lado todo eso que estaba presente en ella para llevarla a tu figura, es decir: la pornografía y la intimidad?”

Y entonces me lleno de dudas. Creo que efectivamente el trabajo ha ayudado a que revise su capacidad de intimar explorando su intimidad conmigo. Y creo también que en el camino dejé de lado su figura para poner (¿imponer?) la mía. ¿Era una figura común o era mi figura? Ahora me pregunto si hay una forma de lograr ambas cosas, es decir: trabajar con su intimidad respetando su figura. Quiero creer que si.

Ahora vuelvo al trabajo que hice entonces:

Su falta de arraigo nos da una nueva oportunidad para trabajar con la intimidad. Básicamente estamos hablando de algo corporal y energético. La propuesta de Lowen para el desbloqueo sexual es muy útil. Se trata de ejercicios en donde será necesario tener conciencia de los músculos pubococcígeos, mover la pelvis, vibrar, pisar, etc. No me extenderé en eso. Lo importante es que varios de esos ejercicios podemos hacerlos juntos en el consultorio. De modo que además de trabajar los aspectos corporales y energéticos, podamos estar atentos, todo el tiempo a la experiencia de compartirlos, de mirarnos hacerlos. Esto es algo a lo que no le había dado demasiada importancia hasta hace poco: hay una evidente intimidad en vivir juntos esa experiencia. El tema vuelve a ser la intimidad, pero ahora no es a través de la palabra sino del cuerpo.

La experiencia en grupo también me parece muy enriquecedora a este respecto. Al empezar el semestre de la especialidad en Sexualidad y Gestalt, en alguna de las primeras sesiones se hizo evidente el miedo de alguno de los participantes a mostrarse en el grupo y hablar de su propia sexualidad. Al trabajar con ella, pronto se hizo claro que no era una emoción solo suya. El miedo era algo que estaba en el grupo. Recordé las muchas veces que me cuestionaba sobre aquello de la existencia de un ello grupal. Para mí, esta experiencia lo hacía real. Si bien, alguien del grupo había expresado el miedo, la verdad es que pertenecía a todos, y eso se reveló hasta que esa persona se arriesgó a expresarlo.

Juntos tramos de indagar en ese miedo y lo que apareció es que temían a la exposición y a la intimidad. Entonces hablamos de ello lo más abiertamente posible. Cada quien expresó a qué y a quien le temía en el grupo en ese momento. Lo interesante es que hablar de nuestro miedo a la intimidad era una experiencia sumamente íntima. Así que les pedí que se dieran cuenta de eso: del riesgo que todos enfrentábamos al mostrarnos vulnerables y temerosos… y la profunda intimidad que eso suponía. No fue muy difícil que el grupo concluyera que si podían arriesgarse a esta intimidad y se sentían acogidos y respetados por el grupo, también podrían arriesgarse a exponer parte de su sexualidad a esas mismas personas. Realmente estábamos juntos en esto. En el miedo, en el riesgo y en la intimidad. Creo que fue una sesión clave en la cercanía que el grupo desarrolló y que efectivamente permitió explorar el tema de la sexualidad de una forma diferente.

 

¿Intimidad sin Riesgo?

Ahora bien, nada de esto puede hacerse sin riesgo. He dicho que  el trabajo con la sexualidad implica siempre un profundo trabajo con la intimidad en la frontera de contacto. He dicho que el terapeuta también se arriesga a la novedad. He dicho incluso, que una sesión terapéutica puede ser muy parecida a un encuentro sexual. Creo incluso, que especialmente cuando trabajo el tema sexual con un paciente, es importante que me pregunte qué me pasa a nivel erótico con ella o él: ¿me atrae sexualmente? ¿qué me atrae? ¿qué hace que no me atraiga? Y eso implica usarme como herramienta a partir de mi propio erotismo. Creo que allí hay una información especialmente valiosa. Pero entonces, ¿cuál es el límite en este contacto? ¿quién lo determina?

Las palabras de Yalom en este sentido siempre me aclaran:

“Fuertes sentimientos sexuales asedian la relación terapéutica. ¿Cómo podría ser de otro modo dada la extraordinaria intimidad entre paciente y terapeuta? Los pacientes por lo general desarrollan sentimientos de amor y/o sentimientos sexuales por su terapeuta (…) todas estas distintas dinámicas deben integrarse en el diálogo terapéutico: de una manera u otra han creado dificultades en la vida del paciente y es bueno, no lo contrario, que emerjan en el ‘aquí y ahora’ de la sesión de terapia. Dado que es de esperar que surja atracción por el terapeuta, este fenómeno, como todos los acontecimientos de la sesión de terapia, deben abordarse y comprenderse de manera explícita. Si el terapeuta se siente excitado por la paciente, esa misma excitación constituye información sobre la manera de ser del paciente (suponiendo que el terapeuta tenga en claro sus reacciones).” (Yalom, 2002 p.207) Y un poco más adelante: “No olvide que los sentimientos que surgen en la situación terapéutica por lo general pertenecen más al rol que a la persona” (Yalom, 2002 p.207).

Lo cual también me es importante saber dada mi asombrosa facilidad para sufrir de esa “enfermedad” común en los terapeutas: hinchazón del ego.

No es raro que ocurra. Casi cualquier terapeuta con un tiempo de experiencia lo sabe. ¿Y porqué no habría de ocurrir si es una experiencia presente siempre entre los seres humanos? Es una experiencia que nos recuerda que estamos vivos y somos sensibles. Pero es sin duda, una experiencia que requiere límites.

“Pero ¿Qué sucede si me gusta uno de mis pacientes? Nada. Ese es un derecho y volvemos a que ser terapeuta es ser persona, es reconocer  lo que siento. Y será bastante sano que el o la paciente lo sepa, pero no como una estrategia terapéutica sino como parte del proceso, como parte de lo que se habla en una sesión donde se están revisando todos los aspectos de la vida (…) Ahora, la contratransferencia sexual no solo es ‘me gustas’ sino también ‘no me gustas’. El que no me guste sexualmente también es contratransferencia. Y eso es material de trabajo”. (Borja, 1997 p.97-98)

Ahora bien, normalmente escuchamos que se dice que un terapeuta no debe tener relaciones eróticas y sexuales con sus pacientes. Sin embargo, la sola regla no es suficiente. La Gestalt propone  cuestionar las reglas y no tragarlas sin masticar. Más allá de asuntos legales que tampoco son nada claros en nuestro país ¿cuál es la razón de evitar el sexo con los pacientes? Si se nos invita a expresar lo que nos pasa con el otro y ser auténticos, ¿porqué no expresar auténticamente ese deseo llevándolo a cabo?

Me parece que no se trata de “no expresar”. Por el contrario, como dice Yalom, me parece que es algo que debe abordarse evitando negaciones que lo único que harán es actuar lo que no digo. Pero expresar no es llevarlo a cabo. Y me parece que la única razón para eso es que el trabajo terapéutico se vería “contaminado” o afectado por esa posibilidad. Si entre mi paciente y yo hay deseo y podemos tener encuentros sexuales, me parece que lo que decimos y callamos en el consultorio se vería afectado. Es posible que uno u otro callara ciertas cosas o dijera otras con la intención clara de provocar o evitar tal encuentro. El tema de la sexualidad y la intimidad sería particularmente espinoso. ¿Lo que se dice o se calla tiene la finalidad de ampliar la conciencia y el darse cuenta o busca propiciar o rehuir el encuentro sexual?

Me parece que la mejor forma de mantener la comunicación entre paciente y terapeuta lo más abierta y auténtica posible es evitar la relación sexual. Creo incluso que solo si evitamos la práctica podemos hablar de nuestra sexualidad y nuestros deseos con toda libertad.

“Estimamos que, en el contexto actual la prohibición del pasaje al acto sexual confiere primero libertad corporal y comodidad que no le daría su tolerancia; en efecto, si el cliente no teme ‘al desliz’, puede dejarse ir más fácilmente por sus necesidades, (muchas veces insatisfechas) de ternura o de regresión, encontrar así sensaciones infantiles reprimidas, explorar deseos inhibidos y de dramatizar las fantasías”. (Ginger y Ginger, 1993 p.178)

Y en este sentido me parece que vale la pena explicitar completamente esta norma y su utilidad terapéutica a nuestros pacientes, en caso de ser necesario. Yo recuerdo haberlo hecho al menos en tres ocasiones, y creo que en todos los casos fue importante y nos permitió una mayor cercanía y un mayor riesgo en la intimidad.

Una de mis pacientes vivía una gran necesidad sexual, y por diferentes motivos, le resultaba muy difícil satisfacerla. Se trataba de una mujer atractiva y divertida. Empezó a tener sueños eróticos en los que yo aparecía, y en alguna ocasión me dijo que al contármelos en el consultorio se excitaba.

 

Otro paciente, en este caso un varón, luego de algunos meses de terapia me confesó que había decidido entrar a terapia conmigo porque siempre el gusté y le parecía que era correspondido. Y abiertamente me invitó a tener una experiencia erótica.

No puedo decir que ninguna de esas experiencias fuera sencilla. Me recuerdo nervioso, asombrado, halagado, excitado, asustado. Si quería seguir la terapia, me parece, tenía que ser sumamente claro con ese tema. Lo que dije en ambos casos es semejante:

“Me siento así –asustado o halagado o excitado o nervioso- con lo que me dices. Y debo aclarar algo. Al ser tu mi paciente y yo tu terapeuta no podemos tener una relación sexual ni amorosa. No solo no podemos, no la tendremos, y no hay forma de que eso cambie. Pero eso no quiere decir que no podamos hablar sobre ello, sobre lo que te pasa y lo que me pasa, sobre nuestros deseos y fantasías, incluso. Y me parece que justamente porque no lo haremos es que podemos hablar con toda libertad de lo que nos pasa con eso”.

Al principio, no fue algo que agradara a esos pacientes, sin embargo si me parece que nos permitió profundizar en nuestro trabajo y arriesgarnos más en la intimidad.

Sin duda, la tarea de enmarcar y contextualizar claramente la relación es responsabilidad del terapeuta. El paciente puede experimentar una enorme variedad de sentimientos y deseos, para eso es el paciente y está en su derecho. Corresponde al terapeuta revisar seriamente cómo participa él (o ella) en la co-creación de esas emociones y trabajarlo en supervisión siempre que sea necesario. Las palabras de Robine a continuación me parecen sumamente claras:

“Digo simplemente, que nos incumbe establecer la situación, definir (a mínima) la relación, su contextualización, y que esta situación está al servicio de uno: el paciente (…) No hay una ética de la psicoterapia,  sino que la psicoterapia es una ética, ya que es una declinaciones del ser para el otro” (Robine, 2006  p.87) Esto no podemos olvidarlo en ningún tema, pero al tratarse de la sexualidad es necesario ser, si es posible, aún más claros.

 

La sexualidad dice anhelos profundos del alma

 

                              “Si mis demonios me abandonan,

                               temo que mis ángeles también se marchen”.

                                                  (Rilke)

 

Sinceramente creo que nuestras pasiones pueden sanarnos si las escuchamos con atención. Dicen mucho de nosotros, de nuestros anhelos y necesidades, a veces de modos extraños. Y entre nuestras pasiones, las sexuales tienen un papel importante. Ya lo dije antes, usando las hermosas palabras de Octavio Paz: sexualidad es sed de otredad. Sexualidad es sed, anhelo, llamado, función ello encendida dirigiéndose a una figura.

“El significado de la metáfora erótica es ambiguo. Mejor dicho: es plural. Dice muchas cosas, todas distintas, pero en todas ellas aparecen dos palabras: placer y muerte (…) el erotismo es, en sí mismo, deseo: un disparo hacia un más allá”.  (Paz, 1993 p.18)

Me parece que la sexualidad dice mucho de lo que cada uno somos. A través de la sexualidad y de nuestros deseos sexuales se expresan anhelos y necesidades que muchas veces trascienden lo meramente sexual. En este sentido me han fascinado las ideas de Thomas Moore al respecto. Desde su punto de vista, la sexualidad es el lenguaje del alma, al menos uno de sus lenguajes más importantes. Y un modo como el alma nos avisa de sus necesidades profundas es a través de algunas experiencias sexuales, especialmente los sueños y las fantasías eróticas, los deseos –sobre todo los que consideramos más oscuros- y las disfunciones.

Este término, alma, puede sonar chocante a muchos. Más allá de lo polémico que pueda resultar, la posibilidad de ver a la sexualidad como la expresión de necesidades auténticas y profundas me da mucha luz en el trabajo terapéutico.

“Los sueños sexuales no siempre conciernen explícitamente al sexo, sino que pueden tener que ver con un amplio espectro de amor y deseo, con Eros en su más profundo sentido. Tales sueños también muestran cómo el sexo está completamente implicado en otras facetas de la vida (…) También las fantasías sexuales tienen mucha relación con nuestra búsqueda de significado, dirección e individualidad”. (Moore, 1999 p.99-100)

La propuesta de Moore y que ahora es una parte básica de mi trabajo, es escuchar estos sueños, fantasías y deseos de modo literal y de modo no literal. En otras palabras, dicen algo acerca de la sexualidad de mi paciente y la mía, pero dicen también algo más: dicen un anhelo profundo que suele estar expresado de forma metafórica. Es como si a este nivel, sexualidad fuera sinónimo de anhelo o necesidad profunda.

Trataré de poner dos ejemplos de mi práctica. El primero mucho más simple que el segundo:

Una paciente que solía tener dificultad para acercarse a mí –y sin duda yo participaba en ello-, pero poco a poco estábamos permitiéndonos mayor cercanía. Aquel día, llegó apenada y nerviosa a la sesión, le era muy difícil contarme lo que le sucedía. Después de un rato pudo hacerlo: durante la semana había tenido un par de sueños eróticos en los que yo aparecí. Los escenarios cambiaban, pero no lo que sucedía: en ambos sueños nos encontrábamos como por casualidad y hacíamos el amor. Su percepción era que de alguna manera “ensuciaba” nuestra relación soñando tales cosas.

Ahora bien, si elijo de la forma de Robine (basada en la forma de Isadore Fromm) de trabajar los sueños, parto de la idea de que el sueño es una situación de campo, y que a través del sueño mi paciente me expresa algo retroflectado, y expresa algo de nosotros, de nuestra relación. Puedo interpretar literalmente el sueño, pero eso limitaría mucho su posible riqueza. Es decir, puedo quedarme con la idea de que mi paciente me desea sexualmente. Pero si voy más allá de lo literal, si sexualidad es anhelo se abren nuevas posibilidades. Pensemos en dos: quizá mi paciente anhela para sí misma características que yo represento –ni siquiera hace falta que en realidad  las tenga, basta que las vea en mí-, posiblemente características que necesita desarrollar para vivir con mayor plenitud y profundidad. Otra posibilidad, en este caso la que en aquel proceso resultó la más cierta, es que su sueño hable de nuestra cercanía, o mejor, de anhelo de cercanía, y de la posibilidad de hacerlo ahora.

Fue importante hablar con ella de todas estas posibilidades, incluyendo la literal. Sin embargo, para ella fue muy evidente que el sueño me expresaba sus ganas de acercarse, y más que eso,  su percepción de que estaba lista para esa cercanía y para una mayor intimidad en nuestra relación. Su sueño me decía: “Ahora puedes entrar. Ya confío lo suficiente”. Y efectivamente pudimos hacerlo. Aquello que parecía “ensuciar” la relación era todo lo contrario: una invitación amorosa a encontrarnos.

El segundo ejemplo es mucho más complejo, porque se refiere a fantasías y deseos sumamente oscuros, pero es justo en esa oscuridad donde, para Moore, el alma se expresa:”Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moralidad aceptada y, a menudo, transgredirlos”. (Moore, 1999 p.168)

Aldo, mi paciente, es una persona brillante en muchos aspectos. Físicamente es muy guapo, es artista y varias de sus obras han obtenidos premios importantes a nivel nacional e internacional. Pero las satisfacciones duran muy poco. Tarde o temprano abandona aquello que le da alegría. Sus relaciones de pareja son desastrosas. En realidad siente que nadie le atrae y cree que nadie le atraerá nunca. Parece que todo lo bueno que llega a sus manos se vuelve polvo. Y eso no es lo que más le angustia. Lo más grave, para él, son sus fantasías y deseos sexuales. Empezaron hace años pero han ido creciendo y cobrando mayor fuerza, y parece que es lo único que puede provocar excitación sexual. Le excita todo lo relacionado con amputaciones. Me cuenta que no logra excitarse con ninguna persona, hombre o mujer, pero que se vuelve loco viendo fotos de cirugías en donde se amputa un miembro. Se horroriza de su propia fantasía. Últimamente la situación a empeorado, pues empieza a pensar constantemente en ser amputado, y al pensarlo se excita. Incluso encontró un sitio en internet en donde se ofrece este “servicio” y le garantizan discreción y cuidados postoperatorios.

Mi primera reacción es de miedo y extrañeza. Sencillamente no se por donde comenzar. Me siento acercándome a un lugar verdaderamente oscuro. Una y otra vez pienso en la propuesta de Thomas Moore: justamente en nuestros deseos más temidos es donde se expresan anhelos y necesidades más profundas. Lo importante es no intentar negarlos o reprimirlos sin antes acercarnos a escuchar su mensaje. ¿Qué mensaje creativo podía estar escondido en algo así de doloroso? Lo que aprendí con Aldo, acompañándolo en su proceso, es que aún ahí, se expresa un mensaje de vida.

A medida que me contó su historia, pudimos empezar a entender. Aldo nació y vivió siempre en un pueblo pequeño de Guanajuato, y su infancia fue prácticamente un infierno. Creció con su madre y su hermana menor. Su madre padecía algún trastorno psicopatológico severo, aunque durante años nadie, excepto los hijos, lo advertían. Recuerda las muchas veces que su mamá “se ponía mal”, lo sentaba en sus piernas y le colocaba un cuchillo en el cuello diciéndole que lo mataría y luego se mataría ella. Eso se repetía muchas veces. Para no estar cerca de su madre, Aldo empezó a salir fuera de casa muchas horas, hasta entrada la noche. En una ocasión, en una de esas salidas, con su hermana, ambos fueron secuestrados y violados repetidas veces. Nunca hablaron de lo sucedido con nadie.

Con los años, en cuanto pudo, Aldo se fue del pueblo dejando allí a su madre y a su hermana. Con una fuerza y una capacidad de sobrevivencia impresionante, Aldo estudió y empezó a sobresalir en su profesión y llegaron los premios. Pero cada vez que eso ocurría el buscaba el modo de deshacerlo. De pronto faltaba semanas a un buen trabajo sin razón alguna hasta que lo corrían, perdía la beca que había ganado por no entregar a tiempo resultados, acababa con cualquier incipiente relación antes de que comenzara. Y cada vez que podía volvía al pueblo a ver a su familia. La situación de su madre empeoró. Su hermana se casó con una persona que la maltrata. Y Aldo fantasea y se excita con la idea de ser amputado.

Poco a poco, algo se aclaró: sentía que no tenía derecho a ninguna felicidad, ninguna tranquilidad, ninguna relación y ningún éxito. ¿Cómo podría irle bien si su madre y su hermana estaban tan mal, allá en el pueblo? Sencillamente él no podía vivir, tomar la vida si ellas no podían hacerlo.

De pronto, su fantasía y deseo sexual cobró sentido. Y de nuevo, hizo falta ir más allá de lo literal. Una amputación es la experiencia dolorosa de que nos quiten una parte enferma para poder seguir viviendo. Seguramente queremos conservar esa parte que no solo es nuestra sino que soy yo. Pero conservarla nos mataría. Para poder seguir con vida es necesario quitarla, por doloroso que sea.

Para Aldo, comprender eso fue muy importante. Su deseo antiguo y oscuro decía: “No hay modo de que sigas adelante si no es dejando atrás lo que no puede sanar”. El camino que seguía en absoluto era sencillo, pero empezó a trabajar para conseguirlo, y su fantasía, si bien no desapareció mientras trabajamos juntos, si disminuyó de modo drástico su fuerza y se convirtió en algo más bien ocasional que seguía perturbándolo. Cuando tuvo que dejar la terapia, el tema de sus relaciones amorosas seguía totalmente estancado.

 

Las disfunciones sexuales suelen ser otra experiencia en donde se expresan nuestras necesidades más auténticas, a veces de manera muy dolorosa.

“Cualquier terapia sexual que se precipite a curar sin escuchar al fracaso –la disfunción- y respetarlo, le está haciendo el juego a nuestros valores inconscientes de éxito ininterrumpido, alto rendimiento y buen funcionamiento. Desde el punto de vista del alma, la incapacidad de funcionar es significativa, digna de nuestro mayor interés y de un estudio intenso. El alma habla por las grietas que crea la disfunción (…) Desde el punto de vista del alma, la sexualidad puede ser aún más reveladora en los momentos de trastorno y confusión que en los de bienestar” (Moore, 1998 p.217-218)

Lucía llega a consulta por un bajísimo deseo sexual. Luego de varios años de matrimonio, el problema se ha agravado. Visitó al ginecólogo hace algunos meses. Se detectó un ligero trastorno hormonal que fue resuelto pronto, sin que el deseo se modificara. “Mi sexualidad se descompuso un día -me dijo- ¿cómo puedo hacer que vuelva a funcionar?”

Cuando me contó su historia de pareja y la situación actual con su esposo, comprendimos que su sexualidad estaba sana y viva, que lejos de estar “descompuesta” resultaba una voz clara y directa de sus verdaderos deseos.

Lucía vivía una relación destructiva y violenta. Desde hacía años su esposo a ejercido una agresión emocional constante: descalificación, celos, gritos, amenazas. Pero es últimamente cuando esto se ha agravado, posiblemente como resultado de que sus hijos se marcharon. Lucía teme cada vez más a las reacciones de su marido.

Su sexualidad no hace sino expresar una y otra vez su deseo de alejarse, o al menos, de no estar cerca, de protegerse, de retirarse de aquello que hace daño. ¿De que serviría entonces tratar de restablecer su deseo sexual? La sexualidad de Lucía es protectora, de hecho es un “termómetro” finísimo de su intimidad. Su “disfunción”, si aún pudiéramos llamarle así, es un síntoma que habla de su relación. Y quiero decir, de su relación con el esposo, a quien teme acercarse; y de su relación conmigo, con quien no habiendo ese temor, puede compartir lo que antes no había dicho a nadie.

“Curarse –en la óptica de Gestalt Therapy– es, en cambio, recuperar nuestros poderes, reencontrarse sintiendo que estamos en nuestro propio camino. Sólo el paciente tiene la facultad de  entender-se en el síntoma y de encontrar la verdad (…) ¿Y a qué hace referencia el texto del síntoma? Desde un punto de vista gestáltico, la respuesta es unívoca: el síntoma hace referencia a la relación” (Sichera en Spagnuolo, 2002 p.35)

 

En el caso de Joaquín, otro paciente, la disfunción expresa una nueva forma de estar en la vida, una novedad que ha empapado todas las áreas de su existencia pero que se niega a aceptar en su sexualidad.

Joaquín tiene sesenta años y me dice que sufre de disfunción eréctil. Su vida sexual ya no es como antes. Desde hace muchos años, Joaquín tiene encuentros sexuales con varias personas, asiste a lugares en donde tiene sexo ocasional con varios hombres, a veces tres o cuatro en el mismo día. Estas experiencias lo llenan de orgullo y satisfacción, lo hacen sentirse potente y atractivo. Pero todo ha cambiado. Puede tener una erección completa con su pareja actual, un hombre bastante menor a quien quiere mucho, pero en las experiencias “casuales” la erección falla constantemente.

¿De que nos habla esta disfunción? ¿qué anhelo o necesidad está expresada allí? Siempre trato de partir de esa pregunta. En el caso de Joaquín, la respuesta era algo verdaderamente existencial.

Desde hace pocos años, Joaquín decidió cambiar su vida: era un empresario exitoso, lleno de ocupaciones y prisas, persiguiendo logros y metas cada vez más altas. Competitivo y agresivo en su trabajo. Un día decidió que quería vivir de una forma diferente. Decidió estudiar psicoterapia y comprometerse intensamente con el trabajo con personas. Cada materia, cada clase lo confrontaba con su anterior modo de vida. Y poco a poco, fue permitiéndose una forma nueva de estar, con más atención a sí mismo, con tiempos de reflexión, renunciando a los grandes éxitos a cambio de una profesión que le brindaba satisfacciones diferentes y, desde su punto de vista, más profundas.

Entonces empezaron los problemas con la erección. Al trabajar juntos, surgió una pregunta importante: ¿es posible cambiar nuestra vida de un modo tan profundo y que nuestra sexualidad permanezca como antes?, ¿es posible dar a la vida un sentido nuevo, abandonar viejos esquemas, ir más despacio y que la sexualidad siga siendo como era?

Quizá para algunas personas sea posible. Para Joaquín no. Juntos descubrimos que su sexualidad, hoy, expresaba su deseo de contactar realmente, de sentirse recibido sin tener que probar nada y de recibir al otro sin expectativas. La otra imagen, la del “macho potente que demuestra que nada se le niega”, como él la llamó, empezaba a ser una imagen vieja. La falta de erección era un constante recordatorio de que estaba eligiendo algo diferente.

¿Habría que sugerirle que hiciera ejercicios o que tomara píldoras para que la erección fuera como siempre? Tal vez, pero antes quisimos explorar si era lo que realmente deseaba. Joaquín decidió que no, que efectivamente su sexualidad expresaba lo que deseaba ser, lo que estaba siendo. “Aquello era muy intenso y divertido –me dijo entre contento y nostálgico- pero ya no soy yo”.

Con Sam Keen me hago éstas preguntas:

¿Y si todo amante, para serlo auténticamente, tuviera que pasar por el valle oscuro de la impotencia o pasar una temporada frígida? ¿Y si los genitales, como el corazón, tuvieran una sabiduría más profunda que la mente?” (Keen, 1995  p.154)

Nuestras fantasías sexuales, aún las más oscuras; nuestros sueños eróticos, nuestras disfunciones son expresiones de lo que anhelamos en lo más profundo. Y no se trata entonces de luchar contra ellas sin escucharlas antes. Si las callamos, es posible que también dejemos muda la voz de nuestra pasión más auténtica. Y nuestra pasión, la presencia de Eros en nuestra vida, también puede sanarnos.

“¿Qué formas de pasión nos sanarán?, ¿A qué pasiones podemos rendirnos con la certeza de que expandirán, en vez de disminuir, la promesa de nuestras vidas?” (Keen, 1995 p.26)

 

Un Trabajo Erótico.

Para terminar, me gustaría resumir brevemente lo que he dicho hasta ahora:

Primero: como terapeuta, me es muy útil considerar a la sexualidad como la capacidad de un contacto íntimo y profundo con el otro. Así, la disfunción puede verse como la dificultad para ese contacto, y el trabajo terapéutico como el restablecimiento del mismo.

Segundo: un trabajo terapéutico que considero básico es que el paciente me cuente su historia sexual creando entre ambos un ambiente receptivo.

Tercero: me parece esencial trabajar con la intimidad en la frontera de contacto. Creo que cada trabajo realizado con la intimidad impacta a la sexualidad del paciente.

Cuarto: otro camino útil es el de traducir los sueños, fantasías, deseos y disfunciones del paciente como anhelos o necesidades profundos a nivel sexual y no sexual. Sexualidad es anhelo.

La sexualidad nos hace evidente la presencia de Eros. Y Eros, lejos de ser el angelito domesticado en que se ha convertido, era originalmente la fuerza de la creación. Es la fuerza que nos llama a ser lo que podemos ser.

“La meta a que apunta el sexo es la satisfacción y el relajamiento, en tanto que eros es desear, anhelar, tender permanentemente hacia algo, buscar una expansión (…) Eros es el impulso a la unión con aquello a lo que pertenecemos, unión con nuestras propias posibilidades”. (May, 1985 p.64-65)

La sexualidad, en presencia de Eros se convierte en salida hacia, en impulso y vuelo, en auténtica sed de otredad. De nuevo las palabras de Paz:

“En algunos momentos el tiempo se entrabre y nos deja ver el otro lado. Estos instantes son experiencias de la conjunción del sujeto y el objeto, del yo soy y el tú eres, del ahora y el siempre, del allá y el aquí (…) Es la experiencia de la total extrañeza: estamos fuera de nosotros, lanzados hacia la persona amada; y es la experiencia de regreso al origen, a ese lugar que no está en el espacio y que es  nuestra patria original. La persona amada es, a un tiempo, tierra incógnita y casa natal, la desconocida y la reconocida”.  (Paz, 1993 p.143)

¿Y no es la terapia algo parecido? Partimos de nosotros para luego ir hacia el otro, pero ese otro nos revela, nos dice quienes somos en realidad. Solo yendo hacia el otro es que llego a mí. La terapia es el espacio de intimidad en donde nos permitimos esa salida que es llegada, ese ir que es regresar.

Si Eros, como dice Rollo May es unirnos con nuestras posibilidades, la terapia es un espacio en donde Eros se hace presente. ¿Qué tan concientes somos de eso? Más allá del tema de nuestros pacientes, aún el tema que parezca menos sexual es una invitación al encuentro. Así de sencillo. O en otras palabras: el trabajo que hacemos día a día en nuestro consultorio es, ni más ni menos, que un trabajo erótico.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

BORJA, Guillermo, (1997) LA LOCURA LO CURA. MANIFIESTO PSICOTERA- PÉUTICO. Cuatro Vientos. Chile

 

FEUERSTEIN, Georg, (1994) SAGRADA SEXUALIDAD. Kairós. España.

 

GINGER, Serge y GINGER, Anne, (1993) LA GESTALT. UNA TERAPIA DE CONTACTO. Manual moderno. México

 

KEEN, Sam (1991) SU VIAJE MÍTICO. Kairós. España.

 

KEEN, Sam, (1995) LA VIDA APASIONADA. Gaia. España.

 

MAY, Rollo, (1985) AMOR Y VOLUNTAD. Gedisa. España.

 

MOORE, Thomas, (1998) LAS RELACIONES DEL ALMA. Urano. España.

 

MOORE, Thomas, (1999) EL ALMA DEL SEXO. Plaza y Janés. España

 

PAZ, Octavio (1956) EL ARCO Y LA LIRA. Fondo de Cultura Económica. México.

 

PAZ, Octavio, (1993) LA LLAMA DOBLE. Seix Barral. España.

 

PERLS, HEFFERLINE y GOODMAN (2002) TERAPIA GESTALT: EXCITACIÓN Y CRECIMIENTO DE LA PERSONALIDAD HUMANA. Los Libros del CTP. España.

 

ROBINE, Jean Marie, (2006) MANIFESTARSE GRACIAS AL OTRO. Los Libros del CTP. España.

 

WHEELER, Gordon, (2005) VERGÜENZA Y SOLEDAD: EL LEGADO DEL INDIVIDUALISMO. Cuatro Vientos. Chile.

 

SPAGNUOLO LOBB, Margherita, et.al. (2002) PSICOTERAPIA DE LA GESTALT. HERMENÉUTICA Y CLÍNICA. Gedisa. España.

 

YALOM, Irvin (2002) EL DON DE LA TERAPIA. Emecé. Argentina.

 

Poesía y psicoterapia Gestalt

POESÍA Y PSICOTERAPIA GESTALT

 Francisco Fernández Romero (*)   

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

 

 “No se puede vivir como si la belleza no existiera”

 (Luis Rius. Poeta español).

 

 

Y de pronto…la belleza.

Me ha pasado algunas veces. Ocurre de pronto, sin esperarlo realmente. Me sorprende. Lo siento en todo el cuerpo, pero sobre todo en el pecho, y cuando lo siento me reafirmo, me digo que vale la pena dedicarme a esto y que vale la pena estar aquí para contemplarlo.

Me ha pasado viendo trabajar a Robine, a Latner, a Delacroix, a Philpson, a Hausner, a Carmen Vázquez. También lo he sentido viendo a Guy Pierre, a Carola, a Ana Duckles y a otros, igual de cercanos. Y algunas veces, solo algunas, lo he sentido en mi propio trabajo. Entonces, lo tomo, lo gozo, lo agradezco. Y se me queda adentro, en algún lugar profundamente mío durante mucho tiempo.

Me refiero a ciertos momentos terapéuticos, a algunas intervenciones, a una forma de estar del terapeuta, a veces, a sesiones casi enteras. Ocurren de repente y me siento vibrando, muy abierto, conmovido. Y es entonces cuando pienso que la palabra que mejor describe lo que estoy contemplando es: belleza. Eso me pasa. Me descubro diciendo o pensando: “Qué bello”. No digo “Qué acertado” o “interesante” o “agudo” ni siquiera “terapéutico”. La palabra es belleza. No tengo duda.

Pero, ¿hablar de belleza ante una experiencia terapéutica? ¿lo que experimento  ante  esos  momentos  terapéuticos  se asemeja a  lo que  me ocurre ante alguna pintura, alguna sinfonía, el vuelo o la quietud de un bailarín, algún paisaje, algún poema, algunas personas? Si. Sin duda es semejante.

Luego, durante el IX Congreso Internacional de Psicoterapia Gestalt escuché a Margherita Spagnuolo hablando sobre los valores estéticos como parte fundamental de la terapia. “No cambiamos lo que está mal –dijo en su conferencia- sino acrecentamos la belleza que vemos”. Y aún más: “La belleza es nuestra normalidad”.

Allí estaba lo que había sentido aquellas veces. La belleza en la terapia. La belleza en la persona que está buscándose y descubriéndose frente al terapeuta. La capacidad del terapeuta para descubrir esa belleza, o mejor, desde la visión relacional de la Gestalt, la belleza que sólo se revela ante el otro porque ese otro la mira, que existe porque es contemplada. La belleza que es una creación de ambos, paciente y terapeuta y que surge en un momento específico, aquí y ahora, que es el único espacio-tiempo donde algo real puede surgir.

Esa es la belleza que he contemplado, ni más ni menos.

Pero, entonces, ¿cómo decir esa belleza? Resulta difícil. Y recuerdo las veces que en el grupo de supervisión hablamos de eso: lo difícil que es poner en palabras lo que ocurre en ciertos momentos terapéuticos. Tan difícil como poner en palabras lo que sucede ante una obra de arte o ante un paisaje o ante un cuerpo desnudo que nos conmueve profundamente. Resulta que el lenguaje cotidiano no basta para expresar ciertas cosas, y en terapia no basta para expresar lo relacional porque, como dice Wheeler (2005, pag.47), nuestro lenguaje está dentro del paradigma individualista, es parte de él, no puede escaparse.

Pero, ¿ y el lenguaje poético?, ¿puede decir lo que no se expresa de otra forma?, ¿puede decir lo relacional? El mismo Wheeler responde: “Podríamos argumentar que la función básica del artista, y particularmente del poeta, no es sólo expresarse, sino enunciar en forma específica las verdades que se encuentran fuera del paradigma imperante, y que precisamente por eso no se pueden expresar en prosa”. (Wheeler 2005, pag.72)

Y en palabras de un poeta, Octavio Paz: “…ver cómo la imagen (poética) puede decir lo que, por naturaleza, el lenguaje es incapaz de  decir”. (Paz 1956, pag.106)

Polster escribe que “Toda vida merece una novela” y creo que es cierto, pero también creo que en muchas ocasiones, la prosa no basta para expresar lo sucedido entre paciente y terapeuta; al menos no lo que sucede en esos momentos terapéuticos –de belleza- de los que he hablado.

 

Terapia en prosa y terapia poética.

 Me parece que la terapia Gestalt, a diferencia de otras corrientes psico- terapéuticas, está más cerca del lenguaje poético que de la prosa. Más próxima al poema que al ensayo o la novela, por ejemplo.

“Valéry ha comparado la prosa con la marcha y la poesía con la danza (…) la figura geométrica que simboliza la prosa es la línea: recta, sinuosa, espiral, zigzagueante, más siempre hacia delante y con una meta precisa”. (Paz 1956, pag.69)

En la novela, al menos en la novela más clásica, hay dos elementos importantes: la creación de personajes con un mundo interno propio y el transcurrir del tiempo. La novela se mueve en el tiempo, no siempre lineal, es cierto, pero de cualquier forma hay pasado, presente y futuro. Hay eventos que ocurren, sucesos, dentro de los personajes o fuera de ellos y que los involucran. Hay una historia.

Me parece entonces que en la novela tradicional hay un mayor enfoque en el contenido, en el QUÉ y en el transcurrir del tiempo. Una terapia en prosa exploraría en estos mismos aspectos: cómo es este paciente-personaje que está frente a mí, cuáles son los sucesos determinantes en su historia, cuál es esa historia, qué tendría que reconstruir de esa historia, qué papel juego yo terapeuta en esa historia. Estamos hablando de una terapia centrada en el QUÉ, en el contenido y en lo intrapsíquico.

La poesía nos permite una visión distinta. En la poesía el CÓMO es tan importante como el QUÉ, o aún más, el QUÉ y el CÓMO son lo mismo, se funden, no es posible uno sin el otro.

“El poema no explica ni representa: presenta (…) Por lo tanto la poesía es un penetrar, un estar o ser en la realidad” (Paz 1956, pag.112) ¿No es eso lo que pretendemos hacer en psicoterapia Gestalt?

En la poesía, el tiempo es diferente al tiempo real, más que transcurrir, se centra en el instante, un fragmento de tiempo que no por ser fragmento está incompleto, por el contrario, ese instante es una totalidad en toda su riqueza y complejidad. El lenguaje poético es ideal para expresar lo que ocurre –o mejor, lo que es- en la intemporalidad, en el más radical aquí y ahora, en esa realidad inaprensible que llamamos presente. La poesía dice o intenta decir lo inexpresable.

Para Octavio Paz, en la poesía “El tiempo cronológico –el tiempo común, la circunstancia social o individual- sufre una transformación decisiva: cesa de fluir, deja de ser sucesión, instante que viene después y antes de otros idénticos, y que se convierte en comienzo de otra cosa (…) ese tiempo está vivo, es un instante henchido de toda su particularidad irreductible (…) tiempo único, arquetípico que ya no es pasado ni futuro sino presente”. (Paz 1956, pag.187) También en esto coinciden poesía y terapia Gestalt.

Así, una terapia “poética” está centrada en el presente, no en el contenido o en la historia como se construyó (lo que llamamos función personalidad), sino  en el proceso tal y como se va desplegando, con todas sus posibilidades, aquí, ahora y entre nosotros (funciones ello y yo). Es imposible que el terapeuta se excluya o que sea mero observador porque ya forma parte del instante y ese instante es resultado de lo que está pasando entre su paciente y él/ella.

Una terapia en donde QUÉ y CÓMO se entrelazan y que por lo tanto es relacional y tiene su sentido en el encuentro mismo.

“Las palabras en una poesía no remiten a ningún sentido ulterior; tienen relieve en sí mismas, valen y significan en cuanto se pronuncian (…) La relación terapéutica, lo hemos visto no tiene otro sentido salvo el que ella se da en su hacerse, y, con el que, en definitiva,  en este hacerse, coincide” (Sichera, Antonio en Spagnuolo 2002, pag.48)

 

 La mirada, la atención y la palabra.

¿Qué es lo que considero que puede hacer que mi trabajo terapéutico sea poético?

Fundamentalmente tres elementos: hacia dónde veo, cómo atiendo a eso que veo y cómo expreso aquello que veo.

Para hablar de lo poético quiero recurrir a los poetas y su visión de lo que es la poesía y he preferido citar a poetas que me son cercanos. Quizá ninguno ha hecho una profunda teoría acerca del tema (con excepción de Paz), pero eso no me importa demasiado ahora. Cito a poetas que me conmueven y que hablan un lenguaje que me es accesible y cercano.  Son poetas que dicen, como Nicanor Parra:

“Y perdonen si me he expresado

en lengua vulgar.

Es que es la lengua

de la gente”

 

O como Sabines:

 

“Hay dos clases de poetas modernos, aquellos sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: Lucero, luz Eros, la garganta de la luz pare colores coleros, etcétera; y aquellos que tropiezan con una piedra y dicen: pinche piedra”

 

O como Neruda:

 

“… y entonces, otra vez

junto a mi poesía

volvieron a vivir

mujeres y hombres,

de nuevo hicieron fuego,

construyeron casas,

comieron pan,

se repartieron la luz,

y en el amor unieron

relámpago y anillo.

Y ahora perdonadme, señores,

que interrumpa este cuento

que les estoy contando

y me vaya a vivir

para siempre

con la gente sencilla”.

Porque me parece que justo esa es la magia: que usan palabras simples, cotidianas, sencillas, palabras que tu y yo usamos todos los días y con ellas expresan lo más profundo.

La mirada, tanto en la poesía como en la psicoterapia es central. De hecho, me parece que el poeta y el terapeuta se distinguen por su particular forma de mirar.

Dice Eliseo Alberto, escritor e hijo del poeta cubano Eliseo Diego: “O para decirlo con palabras de mi padre, el poeta nos invita a prestar atención a lo en apariencia insignificante, convencido que en la minúscula verdad del detalle radica o puede radicar la mayúscula representación del mundo. El sello de distinción de un escritor es su mirada. Ni más ni menos” (Eliseo Alberto 2004, pag.301)

¿Hacia dónde miro como terapeuta? ¿Hacia dónde miras tú? Si pretendemos un trabajo verdaderamente centrados en la relación, nuestra mirada tendría que estar allí, en ese espacio que co-creamos y conformamos ambos. Miramos al paciente, nos miramos a nosotros mismos, pero sobre todo miramos hacia lo que sucede, a lo que está sucediendo entre nosotros.

Y entonces no podemos más que preguntarnos acerca de ese encuentro: ¿Puedo establecer una relación de auténtica intimidad con esta persona?, ¿qué me acerca a ella, qué me aleja?, ¿qué la acerca a mí, qué la aleja?, ¿cuándo establecemos contacto y cuándo lo evitamos?, ¿dónde están mis límites y los de el otro?, ¿los ponemos claramente?, ¿puedo expresar abiertamente lo que me pasa ante ella?, ¿puedo compartir mi cariño y empatía lo mismo que mi enojo y distancia?, ¿cómo hacemos, cómo estamos haciendo ésto juntos?

Sin duda, no es una tarea fácil, pues en ella estamos implicados totalmente. Al observar la frontera del otro necesariamente contemplamos la nuestra, al ver sus heridas tocamos las nuestras. Y a veces ocurre: nos encontramos allí, en ese espacio que somos ambos y al mismo tiempo no es ninguno.

Al ser terapeutas, miramos, como dice Eliseo Diego, lo que en apariencia es “insignificante”, lo que está allí todos los días, en mi vida y en la vida de mi paciente, aquello en donde muchas miradas pasan sin quedarse, o reaccionan ante ello sin detenerse a observar y a explorar lo que realmente sucede. Nosotros miramos allí en donde puede parecer que no hay nada y sin embargo ocurre todo.

Miramos, en muchas ocasiones, algún aspecto del paciente que muy pocos, o acaso nadie ha mirado antes,  quizá porque genera mucho dolor o vergüenza. Nos volvemos, como dice Wheeler, testigos íntimos del otro. El sólo hecho de mirar dejándonos afectar ya es terapéutico. La sola presencia de otra persona que ve – porque hay algo digno de ser visto-  y que se asoma a  conocer el mundo del otro desde dentro e intenta comprender lo que pasa, es terapéutico. “Solamente eso. Ni siquiera alguien que los ayudara o rescatara. Lo único que hace esa persona- a quien llamaremos testigo íntimo- es ver” (Wheeler 2005, pag.177)

¿Y no es eso la poesía?, ¿no podría definirse al poeta como testigo íntimo del mundo? Así lo expresa Octavio Paz en un poema que siempre me conmueve:

“Pido,

no la iluminación:

mirar, tocar el mundo

con mirada de sol que se retira”

Esa es la mirada del poeta que mira lo cotidiano: la sopa de pescado (Neruda), la tía soltera (Sabines), las hormigas (Pacheco), el gato que se lava (Diego); pero lo mira de una forma nueva. Con una especial atención, siendo “testigo íntimo” de aquello, contemplando “… con mirada de sol que se retira”.

Este es el segundo aspecto en terapia. No sólo hacia dónde miro, sino cómo atiendo a eso que miro.

A la pregunta ¿para qué sirve un libro de poemas?, el poeta Eliseo Diego escribe en el prólogo de su poemario Por los extraños caminos: “Servirá para atender, les respondería. Maestros mayores les dirán en palabras más nobles o más bellas, qué es la poesía. Básteles si les enseño que para mí es el acto de atender en toda su pureza” (Alberto 2004 pag.332)

Cuando Neruda, Sabines, Pacheco o Diego miran a la sopa, la tía, las hormigas o al gato lamiéndose, lo miran de una forma distinta y nueva, como muy pocos se han permitido verlo: descubren lo que es único, lo que nos distingue o hermana con aquello que ven. Miran –y creo que eso es lo esencial- con asombro, con auténtico asombro ante la novedad escondida en lo cotidiano. Eliseo Alberto nos invita a intentarlo:

“Ahora mismo, miren sus zapatos. Regálense un minuto, un instante apenas, y traten de descubrir lo que su imagen esconde, vean los caminos que han pisado con esos cómodos zapatos (los viejitos, los ricos, de domingo), recuerden los tropiezos, las metidas de pata que junto a ellos han sufrido, vean que ese doméstico y domesticado zapato de cuero fue una vaca, una vaca que se aburría cómo solo pueden aburrirse las vacas sin toro, allá en el rancho de las reses solteronas y flacas, mírenla con qué inocencia sube al camión que habrá de llevarla al matadero  (…) con un pedacito de ella, un par de tiras de la panza, ya tenemos mocasín para el domingo (…) Toquen entonces sus zapatos, así, suave, como masturbándolos,  y dejen que rumie la vaquilla entre sus dedos”. ( Alberto 2004, pag.333)

Como terapeuta ¿me permito el asombro o finjo saberlo todo?, ¿con qué frecuencia me abro a la posibilidad de “atender en toda su pureza”?

El poeta –y también el terapeuta- miran más que lo aparente, miran cada cosa y de algunas cosas se asombran, están absortos y se dejan afectar y descubren la belleza, esa que dice Margherita Spagnuolo que es nuestra normalidad. Y no se trata de inventar nada o de agregar algo a lo que ya existe, sino de mirar lo que hay, ni más ni menos, pero con una mirada capaz de captar lo sagrado de lo cotidiano.

Octavio Paz cita el breve poema de Buson, poeta japonés (Paz 1956, pag.154):

“Ante los crisantemos blancos

las tijeras vacilan

un instante”

Las flores y las tijeras se transforman por la particular atención del poeta. Es también lo que Jean Marie Robine nos invitaba a hacer en el taller que impartió en el instituto utilizando la obra de Marcel Duchamp como ejemplo: si vemos lo cotidiano de otra forma (incluso un mingitorio) es posible que se transforme en una obra de arte. Si logramos atender así a la vida de nuestros pacientes, si nos permitimos el asombro ante aquello que juntos creamos y si sabemos expresarlo, puede ocurrir eso que Delacroix llama “lo maravilloso”:

“Entender que uno es coautor de este proceso que conduce a la maravilla y compartir esta experiencia con el cliente, es hacerle saber que él también es coautor de este hecho inesperado que es el surgimiento de lo maravilloso. Es, por ende, reubicarlo en su dignidad de ser humano, capaz de ser partícipe cocreador de lo bello y de lo bueno que hay en la relación”. (Delacroix  2004, pag. 27)

Así llegamos al tercer elemento: no basta con mirar y con atender, en terapia es necesario expresar aquello, ponerlo en palabras, ayudar a que el paciente vea y luego a que ponga en sus palabras esta experiencia.

“Quien “hace” experiencia se siente profundamente cambiado por ella, y esto quiere decir esencialmente tener palabras para expresar y comunicar el cambio del Self que se ha percibido en el acontecimiento. Vista en la totalidad de su desarrollo, la experiencia de contacto, por lo tanto, no puede prescindir del lenguaje (…) No hay cambios que sean de verdad nuestros hasta que no tengamos palabras para ellos” (Sichera en Spagnuolo 2002, pag.45-46)

Así que además de la mirada y la atención del poeta, el terapeuta requiere un lenguaje poético porque de ninguna otra forma puede decirse aquello que ocurre en la relación. Esto es algo que ya decían Perls, Hefferline y Goodman en nuestro libro fundador y que retoma Antonio Sichera:

“El opuesto al verbalizar neurótico es el lenguaje creativo y variado; no es ni la semántica científica ni el silencio; es la poesía” (PHG, 130) La relación terapéutica no es, por lo tanto una zona neutra donde haya que desterrar el hablar común, sino un contexto en el cual devolver la vida a la comunicación, dando espacio a la poesía. El acto del contacto en su hacerse espontaneo y en su cumplirse no renuncia nunca al poder de la palabra, sino que le devuelve una frescura y un sabor que a menudo, en la cotidianeidad, se pierde de vista”  (Sichera en Spagnuolo 2004, pag.47)

Esta poesía de la que hablan no supone expresar la experiencia con un falso lirismo o buscando palabras grandilocuentes. Ya dijimos que, por el contrario, los poetas usan las palabras más comunes y sencillas, y con ellas expresan lo profundo. Poesía es, entonces y en nuestro contexto terapéutico, dar peso a cada palabra, llenar a las palabras de sentido, elegir cuidadosamente lo que queremos decir y cómo decirlo, de modo que la palabra recupere su fin original que es el de comunicar lo que somos. Esta es la palabra que se contrapone al hablar vacío y deflector,  al hablar para evitar el contacto y no para producirlo. El lenguaje poético requiere elegir las palabras, quitar lo que sobra, estorba o entorpece; y decir lo esencial.

 

“Hay también el silencio…” 

Me parece que este lenguaje poético, esta forma de expresar en que cada palabra tiene peso y sentido, solo puede surgir en el silencio.

En la poesía, los espacios en blanco son tan importantes como las palabras. Los espacios son pausas necesarias sin las cuales las palabras pierden su fuerza o su sentido. Hay palabras que resuenan con un poder especial entre otras cosas porque aparecen entre dos silencios sabiamente colocados. “El poeta vuelve palabra todo lo que toca, sin excluir al silencio y los blancos del texto”. (Paz 1956, pag.282)

Los silencios, los espacios en blanco, además, crean el ritmo necesario para que exista la poesía. Y así como el ritmo es esencial para el poeta, también lo es para el terapeuta. La psicoterapia supone un ritmo que no siempre es fácil descubrir. “Así la función predominante del ritmo distingue al poema de todas las otras formas literarias (…) el ritmo provoca una expectación, suscita un anhelar. Si se interrumpe sufrimos un choque. Algo se ha roto. Si continúa esperamos algo que no acertamos a nombrar. Nos coloca en una actitud de espera”. (Paz 1956, pag.57)

Me parece que cuando he presenciado situaciones terapéuticas que me parecieron bellas, el ritmo era un aspecto importante. El ritmo entre ir al cliente y venir hacia mí, el ritmo para llevar mi mirada de lo intra, a lo inter, a lo grupal; el ritmo entre la frustración y el apoyo, entre el acercarse y alejarse físicamente, entre la palabra y el silencio. Un ritmo que, efectivamente, suscitaba expectación y anhelo.

Quizá todos hemos presenciado –o hemos sido parte- de sesiones en que las cosas parecen apresurarse demasiado o por el contrario, transcurrir exageradamente lentas. ¿Cómo podemos percibir esta prisa o lentitud si no es porque hay un ritmo que puede intuirse? Y ese ritmo depende de cada sesión –así como cada poema tiene su propio ritmo-, de cómo están ocurriendo las cosas, del tiempo que ese terapeuta y ese paciente tienen de trabajar juntos. De nuevo recurro a mis notas de la conferencia de Margherita Spagnuolo: “Una sesión de terapia es una danza, una combinación co-creada de movimientos con diferentes niveles de riesgo (…) Cómo el baile, tiene un inicio y un fin y nos movemos según eso (…) Las mismas palabras tienen diferente significado según la fase de la sesión en que nos encontramos”.

Así,  en la terapia como en la poesía, ponemos una especial atención al ritmo, y en ello, el silencio, los silencios, nos permiten percibir y construir ese ritmo necesario.

Me parece que con frecuencia, en la psicoterapia olvidamos esos silencios. A veces me sorprendo tratando de llenar esos vacíos por suponer que en ellos no hay nada. No es así. Muchos de esos silencios están llenos de preguntas, de elecciones, de dudas. “El silencio humano es un callar, y por tanto, es implícita comunicación, sentido latente”. (Paz 1956, pag.56) Necesito de esos silencios para volver a enfocar mi mirada, para atender a lo que me pasa ante el otro, para dejar que algo me afecte, para saborear lo que está sucediendo. Necesito los silencios para elegir las palabras que tengan más sentido.

Recuerdo ahora el trabajo de Stephen Hausner, que hace Constelaciones Familiares. Lo que más me impactó fue su capacidad de silencio. Podía pasar varios minutos completamente callado, llevando su mirada hacia el paciente y hacia sí mismo. No dejaba de haber contacto, por el contrario, a veces era un contacto profundo. Entonces, tras largos minutos, decía algo. Y lo que decía era exacto, con la intensidad justa, en una palabra, bello. Y conmovía al paciente. Y yo me daba cuenta de que esas palabras tan adecuadas, tan agudas, tan bellas, solo habían podido surgir de ese largo silencio que él se permitía.

“Un silencio que es como un lago, una superficie lisa, compacta. Dentro, sumergidas, aguarda las palabras. Y hay que descender, ir al fondo, callar, esperar. La esterilidad precede a la inspiración, como el vacío a la plenitud” (Paz 1956, pag.148)

Me gusta el silencio. Me parece útil y creativo. Algunas veces, los alumnos o algún paciente me dicen que les gustó algún silencio mío. Y yo les contesto que en mí hay dos silencios: uno es el elegido, el que decido hacer para acompañar, porque me parece que cualquier palabra sobraría, un silencio-contacto.

Otras veces hago silencio… porque no tengo la menor idea de para donde seguir. Y aunque son diferentes, creo que ambos son importantes. Del primero es clara su riqueza. El segundo también me parece importante y creo que es un silencio al que los terapeutas nos enfrentamos muchas veces, ese silencio en que nos preguntamos: “¿Y ahora?” Creo que  entonces lo mejor es callar y esperar… volver a poner mi mirada en lo que está ocurriendo, fijarme en cómo está mi atención, quizá preguntarme hacia dónde no estoy mirando. Y a veces, basta con compartir con el paciente justo eso: mi no saber hacia donde seguir.

“…Hay, también, el silencio.  El silencio es, por definición, lo que no se oye. El silencio escucha, examina, observa, pesa y analiza. El silencio es fecundo. El silencio es la tierra negra y fértil, el humus del ser, la melodía callada bajo la luz solar. Caen sobre él las palabras. Todas las palabras. Las palabras buenas y malas. El trigo y la cizaña. Pero sólo el trigo da pan”. (Saramago 1999, pag.52)

 

Estando iguana

Y nos encontramos con la dificultad, ya mencionada, de decir la experiencia terapéutica. Aunque las palabras son importantes  muchas veces podemos tener la sensación de que no alcanzan para expresar determinada experiencia.

El lenguaje nos permite expresar pero también nos limita, y si el lenguaje es limitado, puede empezar a ser una barrera en lugar de un puente. Me parece que en este sentido, parte de nuestro trabajo terapéutico es enriquecer nuestro lenguaje, ampliarlo, darle colores y matices.

En palabras de Octavio Paz:

“las palabras son inciertas

y dicen cosas inciertas.

Pero digan esto o aquello,

nos dicen”

Cuando una persona solo conoce la palabra “triste” para expresar lo que le sucede, quizá está limitada para decir con más claridad su experiencia. Puede sentirse no exactamente triste sino nostálgica, o melancólica, o aislada, o incomprendida o frustrada o añorando algo. Pero si ante toda esta gama de sentimientos sólo puede decir que se siente triste, empobrece su expresión. El paciente habla como habla, y está bien, pero es importante que el terapeuta pueda ayudar –desde un lenguaje más rico- a explorar estas vivencias.

Más aún, me pregunto si esa pobreza de lenguaje solo limita la expresión de la experiencia o si limita también la experiencia misma. Nuestro lenguaje, dicen, es el reflejo de nuestras representaciones del mundo; mis experiencias, mi historia, “crean” mi lenguaje. ¿Pero es posible que también ocurra al revés? ¿La pobreza o riqueza de mi lenguaje pueden empobrecer o enriquecer mi experiencia del mundo?, ¿si solo conozco los nombres de siete u ocho colores, puedo en realidad “ver” más que esos colores?

“No sabemos en donde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y nuestras obras también es inseguro” (Paz 1956, pag.29)

No tengo una respuesta clara, pero en mi propia experiencia me parece que el tener más palabras enriquece mi visión del mundo y de mí mismo.

Además, en la poesía, las palabras pueden usarse de formas menos tradicionales, pueden re-crearse para expresar algo nuevo. Cuando el poeta Carlos Pellicer dice que está “…todo lo iguana que se puede estar”, o cuando Nicanor Parra dice que era su corazón “… ni más ni menos que el olvidado quiosco de una plaza” re-crean las palabras para decir algo que quizá no puede decirse de otra forma, o si se dice de otra forma pierde su verdadero sentido.

¿No te has sentido iguana alguna vez?, ¿o piedra con musgo, o ventana, o humo de incienso?, ¿no ha sido tu corazón ese quiosco olvidado? Posiblemente sí, y aunque pueda decirse de otro modo, quizá estas palabras, éstas imágenes,  sean la mejor forma de decirlo.

Juan Gelman, poeta argentino, re-crea el lenguaje al preguntarse si…

“…los rostros los oleajes la ternura

alguna vez apenan apenumbran

olvidan arden escarnecen astran

politizan solean pájaramente

plumean se arrepienten memorizan maran

enróstranse olean o enternecen”

¿Podemos “astrar”, “solear pájaramente”, “plumear”, “marar”, “olear”?  ¿es posible “deshablar” o “destener”, como dice en otros poemas?

“Ellaba mucho esa mujer” nos cuenta de la persona a la que amaba, y con profundo dolor le dice a su hijo muerto:

 

“Me penás el mientras,

la dulcísima recordación donde se aplaca el siendo

…rostro o noche donde brillás astrísimo de vos,

hijo que hijé contra la lloradera”

Son palabras que no existen pero que posiblemente expresan mejor que las que existen. Y esto solo es posible en el lenguaje poético, que sin duda podríamos incluir en la terapia para enriquecer la expresión de lo que somos, o mejor, de lo que vamos siendo a cada instante con el otro y que difícilmente podría decirse de otra manera.

De nuevo, Octavio Paz: “La pobreza de nuestro lenguaje psicológico y filosófico contrasta con las expresiones o imágenes poéticas. Recordemos la Música callada de San Juan o el Vacío es plenitud de Lao Tse (…) Mi corazón está brotando flores en mitad de la noche, dice el poema azteca (…) Las imágenes poéticas crean su propia lógica, dicen algo sobre el mundo y sobre nosotros mismos y ese algo, aunque parezca disparatado, nos revela de veras lo que somos”. (Paz 1956, pag.38)

No es lo mismo estar brisa que estar llovizna o aguacero o tormenta. No es igual estar agua que estar aire, estar fuego que estar tierra. Una cosa es ser otoño y muy diferente es ser primavera. Hay una enorme diferencia en estar recta o espiral, sol o luna, piedra o flor ¿Podemos como terapeutas salir del lenguaje más limitado y conservador para re-crear junto con nuestros pacientes uno más lúdico, creativo y nuevo?

 

“Tú Eres Aquello”.

 En psicoterapia Gestalt trabajamos para integrar las diferentes partes que nos constituyen, aún las que parecen más ajenas y distantes. Este es un aspecto central de lo que hacemos. También en esto coincidimos con la poesía. “El acto de escribir poemas se ofrece a nuestra mirada como el nudo de fuerzas contrarias, en el que nuestra voz y la “otra” voz se enlazan y confunden”. (Paz 1956, pag.159)

En el lenguaje poético, el hielo puede arder y el fuego helarnos. Los contrarios se tocan y a veces se enredan, se mezclan, se aparean para volverse uno. “El cielo anda en la tierra” dice el poeta.  Y algo parecido decimos al paciente y esperamos que él descubra: eres fuerte y débil, suave y duro, valiente y cobarde, poderoso e impotente. De nuevo, esta idea está expresada en la poesía, en este caso, en el antiguo Upanishad:

“Tu eres mujer. Tú eres hombre. Tú eres el muchacho y también la doncella. Tú como un viejo, te apoyas en un cayado… Tú eres el pájaro azul oscuro y el verde de ojos rojos… Tú eres las estaciones y los mares… Tú eres aquello”. (Paz 1956, pg.102)

No sólo eso. A través del lenguaje poético podemos decir o intentar decir eso que ocurre “entre”, el modo medio, lo verdaderamente relacional, porque, entre otras cosas, la poesía es algo que ocurre en ese justo lugar: el poeta crea el poema, pero de alguna forma, al escribirlo, el poema revela algo al poeta, a veces –y en eso coinciden varios poetas- algo que el poeta mismo no sabía.  No deja de sorprenderme que cuando Paz intenta expresar qué es lo poético, lo hace casi con las mismas palabras que en psicoterapia usamos para intentar expresar qué es el Self y cómo solo existe en el contacto:

“Lo poético no es algo que está fuera, en el poema, ni dentro, en nosotros, sino algo que hacemos y que nos hace (…) Antes de la creación, el poeta, como tal, no existe. Ni después. Es poeta gracias al poema. El poeta es una creación del poema tanto como éste de aquel”. (Paz 1956, pag.168)

 

En resumen: la belleza puede –debe- estar presente en la psicoterapia, y me atrevería a decir, que sólo cuando hay belleza hay verdadera terapia.

Es posible hacer terapia –o intentar hacerla- con una perspectiva poética, es decir, centrada en el instante y en el proceso, y en donde QUE y COMO sean inseparables.

Para tener esta perspectiva es importante estar conscientes de hacia donde miramos, con qué atención, respeto y asombro miramos, y cómo expresamos eso que contemplamos.

El lenguaje poético en psicoterapia implica dar a cada palabra su peso y sentido. Requiere también un especial ritmo y la presencia del silencio. Este lenguaje poético, además, nos permite re-crear el habla cotidiana para expresar de formas nuevas lo que no pueda decirse de otra forma, nos permite integrar lo que en apariencia está separado y decir o intentar decir lo relacional, el modo medio, el Self en acción.

“Cuando la palabra se re-encuentra, hablar no sirve ya para huir o aislarse, sino para sostener el encuentro. La terapia se puede describir como un largo camino de búsqueda de una palabra: lo que empuja al paciente, del mismo modo que a los poetas, es el deseo de la palabra que sea correcta para decir-se, para decir la unicidad de la propia experiencia “ (Sichera 2002, pag.49)

Poema y poesía no son lo mismo, dicen Eliseo Alberto y también Octavio Paz. El poema queda escrito y forma parte de la literatura. La poesía, en cambio, no se limita a la escritura. Puede haber poesía en la profundidad  o en la luz de una pintura, en los ángulos y sombras de una escultura, en el Adagio de una sinfonía, en un solo de violoncello, en la lentitud y misterio de una danza, en el teatro, en un objeto, en una mirada, en una relación.

Entonces, puede haber poesía en la psicoterapia, y saberlo quizá nos permita mirar nuestra labor con una mirada distinta.  En el fondo, la razón de ser de la poesía y de la psicoterapia se encuentran:

“La poesía pone al hombre fuera de sí y, simultaneamente,  lo hace regresar a su ser original: lo vuelve a sí. El hombre es su imagen: él mismo y aquel otro. A través de ella, el hombre –ese perpetuo llegar a ser- es. La poesía es entrar en el ser”.  (Paz 1956, pag.113)

 

ALBERTO, Eliseo (2004) DOS CUBALIBRES. Oceano. México

GELMAN, Juan (2001) VALER LA PENA. Era. México

NERUDA, Pablo (1978) ANTOLOGIA ESENCIA. Losada. Argentina

PARRA, Nicanor (1993) POEMAS PARA EVITAR LA CALVICIE. Fondo de Cultura Económica. México

PAZ, Octavio (1956) EL ARCO Y LA LIRA. Fondo de Cultura Económica. México.

PAZ, Octavio (1989) EL FUEGO DE CADA DIA. Seix barral. México,

SABINES, Jaime (1968) NUEVO RECUENTO DE POEMA., Lecturas Mexicanas. México.

SARAMAGO, José (1999) EL EQUIPAJE DEL VIAJERO. Alfaguara. México

SPAGNUOLO LOBB, Margherita, et.al. (2002) PSICOTERAPIA DE LA GESTALT. HERMENÉUTICA Y CLÍNICA. Gedisa. España.

WHEELER, Gordon  (2005) VERGÜENZA Y SOLEDAD. Cuatro Vientos. Chile.

Dejar sitio a lo que no es nosotros. Intentando una propuesta educativa desde la Gestalt.

DEJAR SITIO A LO QUE NO ES NOSOTROS.

INTENTANDO UNA PROPUESTA EDUCATIVA DESDE LA GESTALT.

 Francisco Fernández Romero *

 

“Aun el pedazo más grande de papel está delimitado

por sus bordes, sin embargo, si el cartógrafo es

suficientemente capaz, ningún camino será

interrumpido por el margen. Si además en un ser

imaginativo, el camino realmente empezará

apenas en ese punto…”

(Goran Petrovic)

 

Me gustan las preguntas. Tienen algo de puerta siempre abierta, de ligereza y de humanidad que no tienen las respuestas. Las preguntas son esbozos, posibilidades, mientras que las respuestas se creen definitivas. Las preguntas van desnudas por el mundo mientras que las respuesta usan traje y corbata. Las preguntas danzan y las respuestas marchan. Las preguntas son senderos no explorados y las respuestas autopistas con señalamientos. Las preguntas son selva y las respuestas jardín.

Me dispongo a escribir estas páginas partiendo de una pregunta, o de varias, y lo hago sabiendo que no habrá una respuesta, al menos no una definitiva.

¿Cuál es la propuesta educativa del enfoque Gestalt? ¿Existe tal propuesta? ¿Podemos construirla?

No me refiero al uso de técnicas o ejercicios gestálticos en espacios educativos, que de eso hay mucho, sino a la posibilidad de partir de nuestra teoría para hacer una propuesta educativa propia, o dicho de otro modo: mirar el proceso educativo desde la Gestalt.

Según Goodman, la educación es tan terapéutica como la terapia es educativa (Schoch 2000 p.87) Suena bien. Me gusta y suelo repetirlo. Cotidianamente ratifico que sucede algo educativo en el consultorio. Me es mucho menos claro lo otro: ¿De qué modo se vuelve terapéutico lo ocurrido en un salón de clases? ¿Cómo hacerlo posible?

Cuando pienso en educación, recurro siempre a las palabras de Sylvie Schoch al referirse al crecimiento:

“Podríamos decir que estamos en crecimiento cuando dejamos cada vez más sitio a lo que no es nosotros, mientras continuamos organizándonos, complejificándonos, densificándonos. Lo que podría ir acompañado de una capacidad acrecentada para renunciar, desposeerse, desembarazarse de lo que hayamos podido poseer, es decir, perder nuestros ‘tener’ para ‘ser’ más, más apertura a lo que no está aún aquí, para convertirse en presencia acogedora (…) Entramos aquí en una paradoja que nos enfrentaría con la necesidad de tener menos, de perder, para ir hacia más. De dejarse fluir”. (Schoch 2000, p.  90)

Me parece que este es el objetivo de la educación, y que educar, entonces, desde una perspectiva gestáltica, es el proceso de acompañar y co-crear un espacio en donde esto sea posible, es decir: dejar sitio a lo que no es nosotros, hacernos complejos, convertirnos en presencia acogedora, dejarnos fluir.

Desde nuestra visión esto no ocurre sino en la experiencia: se aprende en la experiencia, aprender es experimentar y la experiencia es lo que ocurre aquí, ahora y entre nosotros.

La experiencia, dice Jorge Larrosa, filósofo y educador español (Larrosa 2006 p.14-15), siempre es experiencia de algo: algo que no soy yo, algo ajeno o extranjero a mí. La verdadera experiencia, el verdadero aprendizaje ocurre cuando lo que me pasa no se ajusta al nombre que quiero ponerle, cuando aparece algo fuera de lugar o en un lugar no previsto, cuando me sorprende. Lo que es muy semejante a la idea gestáltica de que el contacto –y luego, el crecimiento- sólo ocurre ante la novedad.

Sin embargo, no basta estar ante lo nuevo, ante lo que no soy yo, para aprender. Sylvie Schoch nos recuerda que solo crecemos cuando dejamos sitio en nosotros a aquello que no es nosotros, para que entonces lo sea, ampliándonos (densificándonos, complejificándonos).

Para Larrosa esto significa que la experiencia siempre es reflexiva (Larrosa 2006 p.16), es decir, salgo de mí hacia lo otro y luego vuelvo a mí de nuevo. Aquello otro no permanece afuera sino que entra en mí, tiene efectos en mí, me afecta, deja una huella, una marca o una cicatriz.

Dicho de otro modo: la experiencia es lo que nos ocurre, y aunque esto parezca algo obvio no siempre lo es. Todo el tiempo ocurren cosas, todos los días presenciamos cosas que ocurren, incluso podemos opinar acerca de ellas, y sin embargo, la mayoría de esas cosas pasan sin dejar huella, rápidamente sustituídas por otras cosas. No nos tocan, no nos mueven, no nos pasan. Por eso vale la pena repetir lo dicho antes: sólo aprendemos en la experiencia y la experiencia es lo que nos pasa, y en última instancia, lo que nos transforma.

Me parece que desde nuestra perspectiva, el docente es un creador (un co-creador) de situaciones que permitan la experiencia y el aprendizaje de sus alumnos.

Vale la pena recordar que la experiencia es intransferible: nadie puede darme su experiencia ni yo puedo dar mi experiencia a otro; lo que sí podemos es ponernos en relación con la experiencia de los otros y co-crear, con los otros, nuestra experiencia.

¿Cómo traducir esto a una experiencia educativa? ¿Cómo interviene un educador desde la Gestalt?

Propongo algunas ideas que quizá sean útiles:

 

Atender a la situación

En primer lugar, atender a la situación tal y como ocurre. Esa atención permite al docente descubrir el potencial educativo que late en cada situación, cualquiera que ésta sea: un evento que sucede en el entorno, un programa de televisión que está de moda, un conflicto que surge entre los alumnos, una emoción que aflora… y entonces es capaz de co-crear aprendizajes a partir de esa situación.

Permitir y abrirse a lo que está surgiendo, tal y como está surgiendo para aprender de ello; o también –y para decirlo en término gestálticos- energetizar el fondo para que de él surja alguna figura común de la cual aprender sin por ello renunciar a las otras figuras alternativas que puedan emerger en cada alumno.

Otra posiblilidad es la de proponer situaciones y experiencias que generen aprendizaje tal y como hacemos en el consultorio al diseñar un experimento, lo que implica arriesgarse a situaciones de urgencia de alta intensidad, es decir: problematizar, inquietar, llevar a los educandos a ese estado especial en donde no queda otro remedio que crear una respuesta nueva.

Siempre será importante que la situación propuesta sea lo suficientemente abierta como para que surjan varios resultados posibles y no uno solo.  Abrir y ampliar en lugar de limitar y encerrar.

“Proponer el misterio”, leí hace  poco, y la expresión me encanta: proponer el misterio que despierte en los alumnos el deseo de develarlo, y al develarlo, aprender. Sonrío: ¡El educador es un sembrador de misterio!

 

La riqueza de la función ello.

Me parece necesario incluir el trabajo con la función ello en el espacio educativo: dar lugar al cuerpo, a las sensaciones, a las emociones que surgen aquí y ahora. Creo que esto se deja de lado muchas veces, o se atiende sólo en el trabajo con niños pequeños.

Nuestra propuesta se caracteriza por ir más allá de lo meramente intelectual -sin que eso signifique despreciarlo-. Creemos que una verdad esencial vive en nuestro cuerpo y en nuestra emocionalidad, que allí está nuestra primera guía e información acerca del Campo. ¿Qué huella deja en el cuerpo un aprendizaje? ¿Qué sentimientos surgen ante aquello? ¿De qué modo esas sensaciones y esos sentimientos amplían o dificultan mi posibilidad de aprender?

No puedo imaginar una propuesta educativa gestáltica que no ponga especial atención a la increible riqueza y complejidad de la función ello del self, y no sólo a la que sucede en cada alumno individualmente, sino a la que ocurre y es co-creada por el grupo, en eso que Delacroix llama fondo o ello grupal (Delacroix 2010 p.25).

Sin duda, al decir que es necesario atender y trabajar con la función ello, incluyo también al docente. En él o ella, tanto como en los alumnos, suceden reacciones, sensaciones y emociones ante lo que ocurre en el Campo, y todo lo que le sucede contribuye a la co-creación del fondo grupal. Si el docente no es conciente de su propio cuerpo y su propia emocionalidad en la situación grupal, poco podrá hacer para acompañar a los alumnos en esa exploración. Darse cuenta, sí, y luego ser capaz de usarlo en beneficio del grupo. La autorrevelación, esa herramienta poderosa y delicada, puede ser un camino para empezar o profundizar en ese trabajo con los alumnos. Al igual que en la terapia, en el proceso educativo el docente es su propio instrumento.

 

Elección y agresión

Construir un espacio educativo donde sea posible elegir; y al decir elegir, incluyo la identificación y la alienación, esas dos posibilidades de la función yo del self; el aceptar y el rechazar; el decir SI y el decir NO a la novedad que se nos presenta.

No es posible aprender sin agresión, en el sentido gestáltico del término, es decir: ir hacia lo nuevo y manipularlo, cuestionarlo, destruirlo, transformarlo. Destruir para luego re-construir, de modo que la novedad pueda ser asimilada e integrada, en lugar de simplemente introyectada. .  “… la aniquilación, la destrucción, la iniciativa y la rabia son esenciales para el crecimiento”, nos recuerdan Perls y Goodman (PHG II, 8, 5, 1).

Desde la visión Gestalt no hay conocimientos intocables, y eso incluye a la propia teoría Gestalt; siempre es válido y rico disentir.  Siempre se puede no estar de acuerdo. Educar así, supone valorar la duda y cuestionar lo fijo  y lo inmovil, lo que se pretende intocable.

Peter Handke (2003), el escritor austriaco lo dice de forma hermosa: “Sólo puedo amar a aquellos que poseen un lenguaje inseguro; y quiero hacer inseguro el lenguaje de aquellos a quienes amo”. Y es que sólo desde el cuestionamiento y la duda es posible aprender.

Vuelvo a las palabras de Schoch: dejar sitio a lo que no es nosotros, y eso implica justamente dejar sitio, abrir un espacio, un vacío hecho de dudas y preguntas sin respuesta. Cuando creemos ser dueños de la verdad y de las respuestas –seamos alumnos o docentes-, simplemente no queda sitio para aprender. Necesitamos de eso que Peter Jarvis llama la disyunción:

“Cuando damos por descontada una situación (…) pasamos a una modalidad de no aprendizaje. Esto es la habituación (…) No obstante cuando un estudiante o un profesor no puede dar por descontada una situación, se produce una oportunidad potencial de aprendizaje. Estas son situaciones de disyunción (…) La disyunción –saber que no sabemos- es fundamental para nuestra comprensión del aprendizaje. Es significativo que concluyamos que, en su mayoría, aprendemos en situaciones disyuntivas, de modo que si la experiencia de nuestro aprendizaje se traduce en una excesiva habituación, podemos dejar de aprender”. (Jarvis 2006, p. 80-81)

Educar con una visión gestáltica supone no imponer respuestas, sino ayudar a develarlas, a co-crearlas en la experiencia, y luego, a cuestionarlas. No se trata de conocer verdades ya establecidas sino de descubrirlas e interpelarlas.

 

Valorar la diferencia y aprender del conflicto.

 A diferencia de la educación más tradicional que busca la uniformidad y lo homogéneo, la propuesta gestáltica valora la diversidad y ve en la diferencia la posibilidad de crecer. No se trata solamente de “aceptar” las diferencias o de “tolerarlas”, sino de crear espacios donde la diferencia surja y sea posible. Se trata, creo, de mirar al otro; el otro es impredecible, es lo incierto, lo cambiante, la más arriesgada novedad; el otro siempre supone una diferencia, y un cuestionamiento. La única posibilidad de alejarse de esa incertidumbre es alejarse de los otros, o al menos construir muros que nos separen y que nos salven de los diferentes. Pero entonces nos empobrecemos, refugiados en una supuesta seguridad.

Aprender, desde la perspectiva gestáltica, es diferenciarse, apreciar la diferencia y enriquecerse de ella. No evitar sino acoger la diferencia y nombrarla, pues es allí donde está la oportunidad de crecer: en lo que no soy yo, en lo que parece fuera de lugar, en lo no esperado.

Sin duda, la diferencia puede generar conflicto. Pero la Gestalt no teme al conflicto (yo sí), por el contrario, ve en él una posibilidad de crecimiento, de tocar nuestras fronteras y de re-hacernos.  El conflicto permite aprender, mientras que la pacificación prematura del conflicto conduce a la neurosis. “En cada agresividad, por lo tanto, es posible rastrear una intencionalidad de contacto, y en cada conflicto existe una potencialidad de mejorar el contacto (…) ¿Qué intencionalidad para la co-creación de la relación hay en las partes implicadas en un conflicto específico? (…) Atravesar el conflicto significa tener confianza en la autorregulación de las relaciones”. (Spagnuolo 2013 p.174)

Cuando hablo de diferencia no me refiero sólo a las diferencias de raza o de cultura, sino también a la diferencia en las capacidades y en las limitaciones que viven en cada alumno.

Daniel Pennac,  escritor y maestro francés, tiene un hermoso libro: Mal de Escuela, donde habla de la importancia del trabajo de los docentes justamente con los alumnos con más dificultades, los más limitados, que son los que suelen quedar excluidos en la educación tradicional.

“El problema es que queremos hacerles creer en un mundo donde solo cuentan los primeros violines. Y que algunos colegas se creen unos Karajan que no soportan dirigir la banda municipal. Todos sueñan con la Filarmónica de Berlín…” (Pennac 2008 p.76)

Sí, quizá todos los docentes deseamos esos alumnos perfectos, comprometidos y brillantes, alumnos “golosina” les llama Pennac;  pero el trabajo central está con los otros.

Él (Pennac), era un pésimo alumno, uno de esos diferentes condenados a quedar atrás, a ser desechados porque no se ajustan a las expectativas del sistema; pero encontró maestros capaces de mirar esa diferencia e incluirla:

“Los profesores que me salvaron –y que hicieron de mí un profesor- no se preocuparon de los orígenes de mi incapacidad escolar. No perdieron el tiempo buscando sus causas ni tampoco sermoneándome. Se dijeron que era urgente. Se zambulleron. No lograron atraparme. Se zambulleron de nuevo, día tras día, más y más… Y acabaron sacándome de allí. Literalmente me rescataron. Les debo la vida” (Pennac 2008 p.23)

¿No vienen a tu memoria, lectora, lector, los rostros de esos alumnos diferentes que fueron rebasados por todos, hechos a un lado, excluidos por estar más limitados que los demás, los que cargaban con un pasado lleno de fracasos y a quienes se auguraba un futuro con más fracasos aún? ¿Cómo acoger amorosamente esa diferencia? ¿No es esa una de las más esenciales tareas de un maestro?

“Para que el conocimiento tenga alguna posibilidad de encarnarse en el presente, es necesario dejar de blandir el pasado como una vergüenza y el porvenir como un castigo” (Pennac 2008 p.40)

 

La relación y la presencia.

 Aprendemos en relación, aprendemos con los otros y de los otros, aprendemos para existir con otros.  En cualquier experiencia educativa están los textos, los planes, las evaluaciones, los materiales… Y están los otros y la relación que establecemos con ellos, con sus dificultades y tropiezos, con sus roces y conflictos, con sus logros y su solidaridad, con sus comparaciones, con sus amores, con sus miradas. Y hay en ello una posibilidad incomparable para aprender y descubrir.

Por supuesto la relación está allí siempre, atendamos a ella o no, sin embargo, una característica que me parece esencial en la propuesta gestáltica es aprovechar esa interacción para el aprendizaje. Nuestro enfoque nos invita a mirar el entre, lo que sucede en la frontera, lo que no podría surgir sin la presencia de todos los que estamos en la situación y la creamos. No creo que se trate de una obviedad: con enorme frecuencia en el salón de clases atendemos a la materia, a los objetivos, a los contenidos, y estamos tan absortos en ello que olvidamos mirarnos a nosotros  y a las relaciones que construimos.

Vale la pena empezar desde allí: ver la relación. Alzar los ojos del libro o de la computadora o del pizarrón o del profesor… y mirarnos. ¿Quiénes son estos con los que comparto este momento? ¿Cómo me relaciono con ellos? ¿Qué me enseñan? ¿Qué aprenden de mí? ¿Cómo ocurre eso?

Se trata de sacar la relación del fondo y volverla figura: verla, nombrarla, saborearla, explorarla, enriquecernos de ella.

Esto implica presencia. Estar realmente allí y estar del todo. Cada miembro del grupo cuenta, cada uno tiene algo que aportar, aunque eso sea su silencio o su distancia. Un docente gestáltico hace un lugar para cada alumno del grupo ya sea con su palabra o con su mirada, lo ayuda a aparecer, como dice Delacroix: “El conocer viene a partir del aparecer, de un aparecer visto, reconocido, aceptado, compartido, comprendido…” (Delacroix 2010 p.29)

Porque cada uno, con su mera existencia es co-creador de la situación. Nadie sobra, nadie está de más; ser docente es estar dispuesto a participar de esa relación y a mostrarse en ella. Quiero decir: no sólo como un observador experto, sino como alguien que afecta y es afectado, que a la vez crea y es creado por esa relación. Y eso supone estar allí. Estar plenamente, con toda su presencia, es decir, con sus conocimientos y su saber, por supuesto, pero también con su cuerpo y sus emociones, con sus dudas y titubeos, con su humanidad completa.  Arriesgándose a ser transformado él también en la relación con los otros.

“La presencia del profesor que habita plenamente su clase es perceptible de inmediato. Los alumnos lo sienten desde el primer minuto, todos lo hemos experimentado: el profesor acaba de entrar, está absolutamente allí (…) está presente, distingue  cada rostro, para él la clase existe de inmediato”. ( Pennac 2008 p.75)

 

El proceso como aventura.

En el enfoque Gestalt aprendemos a poner una especial atención al proceso, al cómo sucede lo que sucede. Nos importa más el proceso que los resultados.

Las instituciones educativas suelen estar muy preocupadas por los resultados: ¿Qué objetivos se alcanzaron? ¿Qué calificación poner? ¿Qué evidencias hay de lo conseguido?

Para nuestro enfoque lo central es el camino, la aventura de ir caminando, con sus subidas y bajadas, con sus avances y tropiezos. Y ese camino –lo siento, pero lo repetiré una vez más- es co-creado, no puede ser impuesto desde afuera. Podemos detenernos por algún tiempo ante un paisaje que nos atrapa, podemos cambiar de dirección si algo nuevo nos interesa, podemos regresar a algún lugar que nos gustó especialmente…

Durante el proceso diferentes figuras emergen del fondo y se desvanecen de modo espontaneo. ¿Cuáles? No es posible saberlo. Las que tienen más fuerza, las que contrastan con el fondo, las que hablan de las necesidades más presentes, a veces las más inesperadas… y surgen por algo, aunque ese algo sea misterioso. Desde nuestra visión, no es posible imponer una figura, y si se impone, se tratará de una figura pobre y sin energía. ¿No será que al perseguir objetivos preestablecidos acabamos imponiendo figuras artificiales que no hacen sino ahogar las figuras más espontaneas, más poderosas y más creativas de nuestros alumnos?

Comprendo que lo que digo puede generar resistencia y quizá molestia, aún así elijo mantenerme en lo que propongo. Puedo imaginar las objeciones: ¿Y los objetivos qué? ¿No se corre el riesgo de perderse en el camino?  ¿Y si no se llega a ningún lado?

Por supuesto está ese riesgo, no lo niego, pero el enfoque Gestalt apuesta por la autorregulación organísmica, por la tendencia humana a crecer, por nuestra capacidad de ajuste creador, que suele escapar a los límites que le imponemos.

“El proceso de formación está pensado más bien como una aventura, Y una aventura justamente es un viaje no planeado y no trazado anticipadamente, un viaje abierto en el que puede ocurrir cualquier cosa, y en el que no se sabe a dónde se va a llegar, ni siquiera si se va a llegar a alguna parte”. (Larrosa 2007, p. 408)

 

Desde la incertidumbre y el desequilibrio.

 En su libro Los Siete Saberes Para la Educación del Futuro (2001), Edgar Morín incluye la educación para la incertidumbre como una de esas siete tareas esenciales. Estoy de acuerdo. Si el mundo, la realidad y nosotros mismos estamos en constante movimiento, se vuelve necesario prepararnos para la movilidad y no para la estabilidad. Es necesario educar para enfrentar procesos dinámicos y no para sentarnos cómodamente suponiendo que la realidad es algo fijo.

Las educación tradicional sigue pretendiendo preparar para lo estable, para lo inmóvil  y para lo cierto.

Una educación con enfoque gestáltico no niega la incertidumbre ni la ve como un enemigo, sino que la reconoce como un hecho presente capaz de generar posibilidades. El conocimiento hoy es justo eso: “Navegar en un océano de incertidumbres a través de un archipiélago de certezas”, dice Morin (2000 p. 81).  Debemos reconocer que es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos y que cuando creemos saber algo, eso ya está cambiando, escapando de nuestras categorías y de nuestros intentos de congelar la vida. Sabemos algunas cosas, sólo eso. Y esas certezas son frágiles.

No se puede aprender sin atravesar por la duda y el vacío, sin soltar lo que creíamos seguro. No es posible hacerlo sin enfrentar nuestro no saber.

La incertidumbre y la duda no sólo son nuestra única posibilidad de estar en un mundo que cambia, son también, me parece, la posibilidad de compartir esa vivencia con otros, de acompañarlos y dejarnos acompañar. Desde mi incertidumbre, puedo abrazar la incertidumbre del otro. Mis propias dudas me abren a la posibilidad de recibir la diferencia. Si yo no soy dueño de la verdad, puedo escuchar la tuya con mayor apertura. La incertidumbre nos humaniza.

La certeza, por el contrario, nos coloca en un lugar de inmovilidad. La certeza es fija, absoluta, inamovible. Si la verdad está aquí y me pertenece, ya no hace falta ir en su búsqueda. Si estoy cierto de que éste –el mío- es el camino, no queda más que recorrerlo una y otra vez. ¿Para que desviarme en veredas que no sé a dónde conduzcan si ya conozco la única y verdadera? A la larga, la certeza nos condena a la repetición: camino una y otra vez sobre mis propios pasos. Es interesante anotar que el principal criterio de disfuncionalidad e incluso de patología en la visión gestáltica es, precisamente, lo repetido, lo que se queda fijado, lo crónico. Por el contrario, los criterios de salud tienen que ver con la flexibilidad, la creatividad, el movimiento. En otras palabras, ser capaces de elegir a cada momento –en cada situación- nuestros pasos, de modo que en lugar de seguir caminos ya andados podamos crear caminos nuevos. Y justo eso es aprender. Para Perls, aprender es descubrir que algo es posible.

 Pero diré algo más: no solo es necesario educar para la incertidumbre. Me parece que no hay aprendizaje posible sino desde la incertidumbre. Aprender es eso: partir de lo conocido sin quedarse en ello,  enfrentarse a algo completamente nuevo que nos obligue a dudar de lo conocido y a tener que transformarlo sin seguridad de hacia dónde me llevará esa transformación.

Ese camino no puede darse sin tropiezos y equivocaciones, sin fallas y dudas. Solo intentando, creando, probando, rehaciendo, es posible eso que llamamos aprendizaje. De modo que la incertidumbre no solo es un lugar al cual llegar, sino también un punto de partida.

“Aquí la idea es la de que el ser humano yerra todo el tiempo. Errar es algo característico de la naturaleza humana. El hombre aprende corrigiendo sus errores. No hay nada de errado en errar. Lo que es un error es pensar que la certeza existe, que la verdad es absoluta, que el conocimiento es permanente” (Moreira, 2000)

Esta es la idea de crecimiento que la psicoterapia Gestalt vislumbró: solo crecemos al ir más allá de lo conocido (función personalidad) y al arriesgarnos a la novedad y su incertidumbre. Nuestro organismo se enfrenta a esa novedad y por un momento no hay más que posibilidades abiertas y cambiantes experimentadas en el cuerpo (función ello). Sólo si permanecemos en esa zona de niebla y asombro, de apertura y misterio, es posible saber lo que realmente necesito y elegir aquello que me permita avanzar (función yo). No hay modo de crecer si no es atravesando la falta de certezas y dejándose impactar por lo nuevo. “Solo puede producirse un ajuste cuando existe un desajuste, cuando hay un desequilibrio, así que podríamos incluso preguntarnos si no sería mejor hablar de desequilibrio creador, siendo el ajuste creador meramente la fase final de todo un proceso de reconstrucción”, dice Jean Marie Delacroix. (2004)

 

 Una pedagogía de la belleza.

 Una aportación central de la Gestalt es la de utilizar criterios estéticos para definir la salud y el crecimiento. El proceso educativo no puede ser ajeno a esto. A un docente gestáltico no le basta con hacerse entender al enseñar algo –lo cual ya es todo un reto- sino que busca hacerlo con belleza.

Cuando digo belleza, incluyo la claridad, por supuesto, pero mucho más, tal y como lo proponen Perls y Goodman: incluyo también la intensidad, la fluidez, la espontaneidad, el brillo, la unidad, el ritmo, la nitidez, la gracia. Lo que sucede “cuando el self se despliega en toda su potencialidad creadora” (Delacroix 2010 p. 26) Un maestro es alguien capaz de encontrar belleza, de crearla y de propiciarla en sus alumnos.

Se trata de crear algo con los educandos, y que ese algo sea bello. Una belleza que para serlo no puede quedarse congelada y fija, no puede ser una mera repetición de fórmulas. Se trata de una belleza que surge en el momento y luego se desvanece, para que puedan surgir nuevas bellezas. Dice Jean Marie Robine: “Rechazamos inmovilizar la experiencia en una forma definitiva (…) Toda nuestra teoría converge en una estética de lo efímero (…) las formas en terapia Gestalt no son formas establecidas sino formas en movimiento” (Robine 2010 p.14-15)

No estoy hablando de algo “lindo” o “bonito”, algo que no va más allá que lo fácil y lo complaciente, algo meramente decorativo o empalagoso.  Hablo de otra cosa: esta creación estética es, si lo es realmente, un acto de rebeldía contra todas las formas repetidas, contra el deseo de uniformarnos y de someternos.  “La obra verdadera –dice Delacroix citando a Adorno- es una protesta en contra de la realidad en la que se afirma la dominación, una protesta capaz de transformar la agresión en transgresión. Lo bello vendría entonces de la transformación de la sumisión en transgresión, en liberación” (Delacroix 2010 p.26)

 

Para no concluir…

Entonces, ¿Es posible construir una propuesta educativa desde el  enfoque Gestalt?

No estoy seguro. Estas páginas son un mero intento de poner en palabras –titubeantes- un puñado de reflexiones.

La educación siempre es un reto, pero es un reto urgente que vale la pena intentar. Miro a mi alrededor, miro lo que sucede en mi país, y supongo que igual que a ti, me duele. Y creo que si hay una posibilidad, esa posibilidad es la educación. La vocación de educar, dice Hanna Arendt, surge de una herida, de ver que se cancelan las posibilidades de vida. Educar es preservar la novedad que cada vida trae consigo: es cuidar del mundo, ser responsables del mundo. Y aún más:  es nacer un mundo. (Arendt en Larrosa 1994 p.168-169)

¿Es posible? En este punto siempre temo que mi deseo sustituya a la realidad. Pero si no me aferro a esta esperanza ¿qué me quedaría? Entonces de nuevo me abrazo a las palabras de Hanna Arendt:

“Que el hombre es capaz de acción significa que cabe esperarse de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable” (Arendt 1993 p.266)

Preguntas. Muchas preguntas para las que no tengo respuesta. Preguntas que invitan a caminar, que abren. “El aprendizaje surge a partir de una pregunta en un caos, no de una respuesta en el orden”, escuché en el inquietante documental “La Educación Prohibida” (2012).

“Sólo las preguntas podrían hacer retroceder la arrogancia de las respuestas”, dice Jorge Larrosa. ¿Qué preguntas hacemos? O para ir aún más atrás: ¿Hacemos preguntas? Me entusiasma la idea de una educación que le dé más importancia a las preguntas que a las respuestas, que se permita atravesar por la experiencia de no saber, que es de donde surgen las preguntas. “¿Qué más podría hacer un profesor por sus alumnos que enseñarles a preguntar, si ésa es la fuente del conocimiento humano?”  (Moreira, 2000)

¿Respuestas? Pocas.

Recurro entonces, a las palabras de la poeta polaca Wislawa Szybrowska (1996) al recibir el premio Nobel de literatura: “Por lo anterior, estimo altamente estas dos pequeñas palabras: no sé. Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta”.

 

Bibliografía.

 

Arendt, Hanna. (1993) La Condición Humana. España. Paidós.

Delacroix, Jean Marie. (2004, Otoño) Maravillarse, la irrupción de lo inesperado. Revista Figura Fondo no. 16. MéxicoIHPG.

Delacroix, Jean Marie. (2010, Verano)  La Terapia Gestalt en Situación Grupal: una Estética en Movimiento. Revista Figura Fondo No. 28. México. IHPG

Handke, Peter. (2003) Historia del Lápiz. España. Península.

Jarvis, Peter. (2006) Universidades Corporativas. Nuevos Modelos de Aprendizaje en la Sociedad Global. España. Narcea Ediciones.

Larrosa, Jorge. (1994) Pedagogía Profana. Argentina. Noveduc

Larrosa, Jorge. (2007) La Experiencia de la Lectura. Estudios Sobre Literatura y Formacion.  México. Fondo de Cultura Económica

Larrosa, Jorge y Skliar, Carlos. (2009) Experiencia y Alteridad en Educación. Argentina. FLACSO. Homo Sapiens

Moreira, Marco Antonio. (2000) Aprendizaje Significativo Crítico. Tomado de: http://www.if.ufrgs.br/~moreira/apsigcritesp.pdf

Morin, Edgar. (2001) Los Siete Saberes Para la Educación del Futuro. UNESCO,

Pennac, Daniel. (2008) Mal de Escuela. España. Mondadori.

Perls, Hefferline y Goodman (2002) Terapia Gestalt. Excitación y Crecimiento de la Personalidad Humana. España. Libros del CTP.

Robine, Jean Marie. (2010, Primavera) La Psicoterapia como Estética. Revista Figura-Fondo No. 27 México. IHPG

Schoch de Neufron, Sylvie. (2000)  La Relación Dialogal en Terapia Gestalt. España. Los Libros del CTP.

Spagnuolo Lobb, Margherita. (2013) El Ahora-Para-Lo-Que-Sigue en Psicoterapia. La Psicoterapia de la Gestalt contada en la Sociedad Post-moderna. España. Los Libros del CTP

Szymborska, Wislawa. (1996) The Poet and the World. Discurso de recepción del premio Nobel de literatura 1996. Tomado de:

http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1996/szymborska-lecture.html

 

Cultivar la incertidumbre.

CULTIVAR LA INCERTIDUMBRE

 Francisco Fernández Romero (*)   

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

 “Nunca conocí a quien se hubiese llevado

un porrazo.

Todos mis conocidos han sido

campeones en todo.

Y yo, tantas veces sucio, tantas veces cerdo,

Tantas veces vil…

¡Estoy harto de semidioses!

¿En dónde es que hay gente en el mundo?…”

 (Fernando Pessoa. Poeta Portugués).

Te Equivocarás.

 Originalmente pensé un título diferente para estas reflexiones. Se llamarían: “Compendio de Mis Dudas, Errores y Equivocaciones en Psicoterapia. Primera de setenta y cuatro partes”.

No esperaba escribir las setenta y tres partes restantes (ni encontraría quien quisiera leerlas), pero seguramente hallaría material suficiente para hacerlo. Lo que quiero decir es que se me da bien eso de dudar, equivocarme y tener errores. Con frecuencia dudo de si mi trabajo está siendo útil al otro, si cierta intervención fue hecha con bases claras o desde mis dudas. A veces me he preguntado si realmente sirvo para esto.

Escribo también pensando en mis alumnos de Psicoterapia que tantas veces veo detenidos por temor a equivocarse frente a sus pacientes o porque no tienen certeza de hacia donde seguir.

¿Hay terapeutas que no se equivoquen, que no duden, que no se detengan porque el siguiente paso aún es borroso o desconocido?, ¿hay terapeutas infalibles?, y sobre todo: ¿me acercaría a un terapeuta así?

 Sinceramente creo que no. ¿Cómo compartir mi debilidad, mis miedos, mis deseos oscuros con quien aparenta perfección, sabiduría, invulnerabi-lidad?

Creo que un terapeuta así me diría –aún sin palabras- que lo que soy no es suficiente, que solo lo sería en la medida que me acerque a esa imagen impecable. La advertencia que nos hace Robine acerca de la vergüenza me resulta contundente: “Imaginaos hasta que punto es  extremadamente fácil para un terapeuta, para un supervisor, para un formador colocar a quien está acompañando en una situación de vergüenza dirigiéndole implícitamente el mensaje de que sería mejor ser otro distinto de quien es” (Robine, 2006 p.36)

Hoy sé que varias de las experiencias más significativas vividas con mis terapeutas han surgido a raíz de descubrirlos falibles, de verlos dudar y de que me fueran evidentes sus heridas.

¡De modo que tú también! … eso he pensado ante su fragilidad. No es que no supiera que tenían errores… lo sabía, pero eso no podía compararse con el hecho de mirarlos ante mí. Tú también. Entonces eres como yo. Y si ante mí aparece tu vulnerabilidad, entonces puedo mostrar la mía sin miedo a ser menos ante tus ojos, sin avergonzarme.

Creo incluso, que solo hasta que vi las heridas y los titubeos de mi terapeuta fue que pude acercarme realmente y mostrarme de verdad.

Recuerdo ahora mi trabajo con Alma, una paciente con quien empezaba a construir nuestra relación. Aquella sesión me habló de su autoexigencia y de su cansancio. La invité a poner atención a sus sensaciones y sentimientos al contarme aquello. “Lo que encuentro aquí dentro es un basurero”, me dijo. Esas palabras me impactaron, sentí un vacío en la boca del estómago, puse atención.

“Cuando te escucho hablar así de ti –le dije- me enojo. Y en seguida siento ganas de alejarme”, y  diciéndolo puse más distancia entre ella y yo. Justo entonces me di cuenta de lo que le pasaba con mis palabras. Vi sus ojos humedecerse y su barbilla temblar… y en ese momento supe que lo que acababa de decir no le servía de nada, todo lo contrario: la avergonzaba y confirmaba que su experiencia estaba mal. Lo que yo experimenté, el enojo y las ganas de distanciarme, no era falso, pero fui sumamente torpe al expresarlo así. Y logré justo lo contrario a lo que quería.

Nos alejábamos, lo sentí claramente. Lo que habíamos logrado construir hasta ese momento se tambaleaba. Casi podía percibir que el delgado hilo que nos unía estaba por romperse.

Entonces decidí decirlo, justo eso, tal como lo sentía: “Parece que estoy haciendo lo contrario de lo que quisiera. Quiero acercarme a ti y me alejo. Quiero validarte y parece que te descalifico. Fui muy torpe al decirte eso Alma, muy torpe”.

En ese instante su mirada cambió, parecía asombrada. Nos quedamos en silencio un momento, sentí calor en mi rostro, y esa suave vibración que reconozco cuando me acerco a la frontera. Algo ocurrió. El resultado no deja de sorprenderme todavía: nos acercamos como nunca antes, y a partir de ese momento construimos juntos una relación de mayor intimidad y riesgo. Aún dudo si habríamos llegado a ese nivel de cercanía si no me hubiera equivocado en aquella sesión. Creo que no.

De inmediato pienso en Benjamin Zander, director de orquesta y maestro. Cuando uno de sus alumnos se equivoca, se detiene, le hace ver el error y en seguida sonríe y pregunta al grupo: “¿Saben cómo responder ante un error?… ¡Qué fascinante!”. Yo estoy completamente seguro que como terapeuta he aprendido mucho más de mis equivocaciones que de mis aciertos.

Ahora sé que no hay manera de evitar equivocarme, así de simple. Ojalá  ocurra cada vez menos, pero ocurrirá más allá de mis conocimientos o experiencia. No quiero olvidar que cuando eso pase me corresponde decirlo, sin ocultarme en tecnicismos o en mis teorías, aquellas que, dice Antonio Sichera, puedo usar “…casi como un arma que se desenfunda en el momento oportuno para hacer valer una presunta superioridad en relación con el otro”.  (Sichera, Antonio en Spagnuolo, 2002 p.38)

Y confío que el simple hecho de aceptarlo y decirlo me permita acercarme a mi paciente de una forma más auténtica y transparente.

Más aún, cuando me equivoco como terapeuta y lo digo, estoy siendo terapéutico, estoy diciendo que en este espacio que co-creamos es válido errar, que eso no nos hace menos y que a pesar de esos errores -o quizá por ellos- podemos encontrarnos. Estoy diciendo que tenemos derecho a ser como somos.

“Cuando se está presente se acepta ser visto tal y como se es (…) Se renuncia a la necesidad de gustar, de parecer.

…Estar presente es sentirse a la vez poderoso e impotente: poderoso en el sentido que se tiene fe en la capacidad de ayudar al paciente, impotente porque se sienten los límites frente al otro que está ante uno” (Schoch de Neufron, 2000 p. 106)

Sin duda, hacer terapia es hacernos más conscientes de nuestros límites personales. Alguna vez, conversando con una amiga terapeuta de otra corriente me decía lo “peligroso” de que muchas personas se hagan terapeutas para compensar sus carencias y llenar sus vacíos.

Me queda claro que efectivamente sería riesgoso que fuéramos terapeutas solo por esa razón y nos olvidáramos del otro, del paciente que está frente a mí.  Sin embargo también me pregunto si hay otra forma de ser terapeutas que no sea desde nuestras carencias y vacíos. No lo creo.  Al menos en mi caso, una de las razones que me hacen serlo es compensar estos huecos personales. Así soy, así llegué a este camino. Y es verdad: al hacer terapia sano mis propias heridas. No encuentro otro modo de hacerlo.

Me asumo como una persona sumamente aislada, con una enorme tendencia a retroflectar, a detenerme. Y me doy cuenta que mientras estoy dando terapia puedo salir de este aislamiento y retroflexión. O al menos lo intento constantemente. Posiblemente no hay un lugar en donde hable más de mí y donde me exponga tanto como en mi consultorio. Allí percibo con mucha claridad mis formas de detenerme y día a día trato de enfrentarlas. ¡Dar terapia me sana!

No puedo ser terapeuta sino desde mis carencias. Si para ser terapeuta debo esperar a no tenerlas… sencillamente nunca lo seré.

Recuerdo las palabras de un maestro, hace algunos años, cuando empezaba a hacer prácticas de terapia sexual. Aunque habían pasado ya varias semanas, yo aún no tenía pacientes. Sencillamente no me sentía preparado… temía equivocarme.

“O sea que no tienes pacientes por miedo a equivocarte –me dijo-. Te voy a ahorrar la incertidumbre: te equivocarás. Sin duda, te vas a equivocar. Tarde o temprano te vas a equivocar. ¿Cuánto más vas a seguir esperando?”

Y tenía razón: me equivoqué. Me sigo equivocando.

Los terapeutas nos equivocamos. Las personas nos equivocamos. Lo verdaderamente importante es estar dispuesto a aceptarlo y decirlo. Y no quedar detenido en espera de una infalibilidad que nunca llegará.

De nuevo recurro a Benjamin Zander. En el video “Living On One Buttock” (Viviendo A Una Nalga), pueden verse diferentes momentos de su trabajo como maestro, y siempre es sorprendente cómo enfrenta los límites y errores de sus alumnos. Las equivocaciones siempre son convertidas en oportunidad de aprender algo.

A una alumna que toca el violín con inseguridad, le dice: “Tenemos dos personas en el escenario:  una de ellas toca el violín, la otra te susurra al oído: ‘no practicas suficiente… ¿sabes cuántas personas tocan mejor que tú?… recuerda que la última vez lo hiciste mal… lo vas a echar a perder otra vez’… –la chica ríe y él la mira con ternura- Se trata de contribuir, ese es nuestro trabajo (…) Contribuir con algo. ¿Lo harás mejor que el próximo violinista? No sé ni me interesa.  Porque nadie contribuye mejor que otros. Eso es todo… ¿Ves como los rostros se iluminan cuando lo digo?”

Eso es lo conmovedor del trabajo de Zander: decir claramente a sus alumnos que cada uno contribuye con lo que es. Y lo que somos incluye nuestras carencias, nuestros vacíos, nuestras dudas y errores.

Más adelante, al trabajar con Iva, una joven cantante, vuelve a ser enfático: “Sigue la voz de Iva y sonará más poderosa que la que dice ‘No’.  Porque la voz que dice ‘no’ en realidad no es interesante, solo repite: no… no… no… no. Pero la de Iva dice así… –y Zander se pone a cantar-. ¿Qué voz escucharás?”

Y la cara de Iva se ilumina.

Soy terapeuta con mis errores y carencias. Me equivocaré. Te equivocarás. Esto soy. Esto somos. ¿Sigo pensando que no es suficiente?

Muchas veces siento ganas de contar a mis pacientes, a  mis alumnos, a mí mismo, la anécdota que recuerda Yalom:

“Cuando Ram Dass se lamentó de que no se sentía preparado para partir debido a sus muchas fallas e imperfecciones, su gurú se puso de pie y muy lenta y solemnemente dio una vuelta alrededor, que concluyó con un pronunciamiento público: ‘No veo ninguna imperfección’ (Yalom, 2002 p.35)

El Derecho a No Saber.

 Supongo que a todos nos ocurre, pero encuentro que me ocurre aún más cuando intento trabajar en la frontera de contacto, en ese espacio vivo y dinámico que es la relación: doy un paso en el trabajo, luego otro y luego… no tengo idea de cómo seguir. Mi paciente está allí, frente a mí, y yo en silencio ante esa experiencia inquietante de no saber.

Me siento en blanco, con la tentación de hacer un rápido repaso de todo lo que creo saber sobre psicoterapia, de recorrer cada concepto aprendido, cada autor consultado. Pareciera que el tiempo avanza más lento, y se hace casi tangible, como si pudiera ser tocado.

Es también una experiencia de vacío. Y es como si quisiera llenar ese vacío con mi propia autoexigencia, con miedo a que mi imagen de “buen terapeuta” se resquebraje, con prisa por salir de ese espacio-tiempo vacilante, con mis juicios y proyecciones.

Sencillamente no sé qué paso dar o hacia donde seguir. Seguramente te ha pasado, ¿verdad?

No es fácil. Siento que el otro me espera impaciente, que estoy solo con mis preguntas y mi vacío. ¿Qué hacer entonces? Me parece que la respuesta es más simple que lo que parecería: esperar.

Sostenerme, sostenernos en este no saber sin adelantarme y sin recurrir a soluciones artificiales. Esperar no sabiendo, dejándonos sentir la tensión que impregna los segundos. Esperar permitiéndonos habitar por un momento la experiencia del vacío.

Esperar.

Porque si partimos de una visión relacional, este ‘no saber’ no es solo el resultado de la “incompetencia” del terapeuta (de mí incompetencia), sino una experiencia de campo. ¿Es posible que este ‘no saber’ ser una co-creación del paciente y mía? Y si es así, ¿para qué está entre nosotros? ¿qué dice este ‘no saber’ del paciente, de mí, de nuestra relación? ¿qué nos decimos uno al otro con este espacio en blanco, con esta tensión que se alarga?

Si no esperamos corremos el riesgo de perdernos de esta verdad, que por incómoda que sea es lo que está.

Esperar entonces. ¿Qué? Nada. Más bien estar abiertos y receptivos a lo que desde allí nazca.

“Somos susceptibles a lo imprevisible. La transpasibilidad es esa capacidad infinita de apertura, de quien está ahí ‘esperando, esperando, esperando nada” (Maldiney en Robine, 2006, p.90)

Si esperamos descubrimos que el vacío no es tal. De él surgen señales, sensaciones, sentimientos.

Se trata de permitirnos la espera para mirar. Mirar de nuevo pero desde un lugar distinto, mirar el espacio entre nosotros, quitar mi atención de las respuestas que no llegan y llevarla a todo lo que se despierta en mí ante el hecho de no saber frente a ti. Esperar atendiendo juntos este ‘no saber’ que es nuestra creación.

Esperar pacientemente, teniendo en cuenta lo que tantas veces me recordaba mi queridísima Carola Diduch: “el ritmo del alma es lento”.

Hay otras posibilidades a mi alcance cuando no sé que hacer:

  • Poner atención a lo no verbal. Observar con más calma lo que está sucediendo en el cuerpo de mi paciente, aún los pequeños detalles, con una curiosidad renovada.
  • Poner atención a lo que está pasando conmigo, a mis sensaciones y sentimientos surgiendo aquí y ahora ante el paciente… y expresarlo.
  • Poner atención a aquello a lo que no estoy atendiendo. Muchas veces me descubro dando vueltas una y otra vez sobre lo mismo, en un aparente callejón sin salida. Entonces, trato de llevar mi mirada a aquello que no he advertido hasta ese momento. Me pregunto: ¿hacia dónde no estoy mirando? En muchas ocasiones esto me permite renovar mi mirada y encontrar una posibilidad no contemplada hasta entonces.

Muchas veces me enfrentaré a no saber. Doy un paso, doy el siguiente y luego… de nuevo no sé. Y no saber también es mi derecho aunque a veces lo olvide, aunque a veces me exija tener respuestas para todo y ver lo que no veo.

Eso: mi derecho. El que quiero reconocerme y defender. Mi derecho a no ser perfecto, a no ser infalible, a equivocarme.

Mi derecho a que se me desanuden las agujetas a veces, a tener miedo al agua fría, a resfriarme, a llorar en las películas cursis, a no saber leer mapas, a dejar la luz del closet encendida cuando es de noche, a guardar un muñeco de la infancia, a tener algún agujero en el calcetín, a olvidar dónde dejé las llaves. Mi derecho a ser humano y, por lo mismo, a no saber.

Ah, por cierto… somos dos.

 Parece tan obvio y sin embargo a veces lo olvido y quizá te ocurra lo mismo: en terapia Gestalt somos, al menos, dos. No estoy solo en mi no saber, no tengo que encontrar respuestas sin contar con el paciente. Doy un paso, luego otro, luego… no tengo idea. ¡Pero hay alguien frente a mí!, hay otro que mira las cosas desde su perspectiva, hay otro involucrado en esta experiencia que no es mía ni suya, sino nuestra.

Cuando no sé qué hacer puedo recurrir al otro. En terapia de grupo esto sucede con mucha frecuencia: si el terapeuta no sabe cómo seguir, pregunta al grupo. Y normalmente el grupo sabe. No tiene que ser distinto en la terapia individual (que aunque llamamos individual nunca es de uno).  Siempre puedo preguntar a mi paciente hacia dónde seguir, qué paso toca, qué necesita de mí o de éste espacio en cada momento.

¿Cuántas preguntas nos hacemos los terapeutas frente al paciente?, ¿cuántas dudas acerca de si lo que proponemos será útil?, ¿cuántos temores revelándose en la relación?

¿Si digo lo que siento le ayudaré, lo lastimaré, nos alejaremos, cambiará nuestra relación?, ¿Cómo reaccionaremos él y yo si doy este paso que ahora se me ocurre y que me parece tan nuevo?

Trabajando con Guy Pierre Tur en el grupo de supervisión aprendí que muchas de esas preguntas que me hago como terapeuta a solas (el pensamiento autista del que nos habló Carmen Vázquez en uno de sus talleres) o las que hago al supervisar, son preguntas que podría hacer directamente a mi paciente. ¿Porqué quedarme solo cuando frente a mí está quien muy posiblemente tiene una respuesta? Y si no la tiene, ¿no es mejor explorarlo juntos ya que se trata de algo nuestro?

¿Perdemos algo al permitirnos no saber frente a nuestros pacientes?

Sí, sin duda: perdemos nuestra posición de privilegio. Pero me parece que justo esto, “Renunciar al poder del terapeuta, a la posición de saber y de dominio del otro” (Robine, 2006 p.84) es un requisito si deseamos trabajar verdaderamente en la relación, con todo el riesgo y toda la belleza que esto implica. O en palabras de Frances Vaughan: “Para entrar en una dinámica relacional curativa debemos confiar lo suficiente en una relación y arriesgarnos a quedar indefensos” (Vaughan, 1991 p.271)

“… Donde Solo es Real la Niebla”

Estoy trabajando con Lucía, una paciente que lleva unas pocas sesiones conmigo. Viene  con una profunda experiencia de desamor: el hombre al que ama ahora está con otra persona. Su dolor está totalmente presente. Ella quiere dejar de sentirlo ya y yo le digo que quiero ser respetuoso y paciente con ese dolor que habla de lo importante que es su amor. Avanzamos  poco a poco, y en la medida que se restablece aparece una nueva y profunda herida ligada al desamor: su total desconfianza hacia los hombres.

“Ahora creo que ningún hombre es totalmente confiable”, me dice.

Yo le recuerdo que soy un hombre y que estoy allí, frente a ella. “Pero tú eres diferente”, me asegura. Y yo… pienso en las muchas veces que no he cumplido mis promesas, en las personas a quienes he lastimado aún amándolas, en las cosas importantes que olvido, en…

Dudo en decirlo, aunque sé que es verdad, que decir cualquier otra cosa sería mentirle, pero no tengo la menor idea de hacia donde nos llevarán mis palabras. Se las digo: “Pues soy un hombre, estoy ante ti y no soy, nunca he sido totalmente confiable”.

Lucía se sorprende. “Pero tu nunca lastimarías a alguien a quien quieres”, me dice y me mira con algo que parece esperanza.

“Me gustaría poder decirte eso –respondo- pero no es así. Algunas veces he lastimado a quienes más amo, quizá muchas… y al decírtelo siento vergüenza.”

Me mira en silencio. Me parece percibir desilusión en sus ojos, pero quizá no sea sino mi proyección. ¿Qué sigue de un momento así?, ¿cómo será nuestra relación a partir de este momento? ¿No hice lo contrario a lo que ella necesitaba? Me dice que no confía más en los hombres ¡y yo respondo que no soy confiable! Y al momento de decirlo, dudo si hice bien, y me doy cuenta que nuestra relación queda suspendida en un espacio sin certezas en donde aparentemente nada es seguro ya.

La incertidumbre.

Cada vez que la siento y entro en ese espacio, recuerdo el poema de Octavio Paz que para mí describe esa experiencia:

“Mis pasos en esta calle

resuenan

en otra calle

donde

oigo mis pasos

pasar en esta calle

donde

sólo es real la niebla”

(Paz, 1989 p.108)

Sencillamente no creo que sea posible hacer un  trabajo terapéutico en la frontera de contacto sin atravesar por esta zona de niebla que es la incertidumbre. Incertidumbre que quiere decir, no tener certezas.

¿Y cómo podría tenerlas si nuestro encuentro está surgiendo, haciéndose en el momento mismo que ocurre? Cada paso que doy abre la posibilidad a muchísimas posibles reacciones y me lleva a un lugar totalmente nuevo.

Puedo saber desde dónde parto, pero no hay forma de saber con certeza a donde llegaré. Cuando digo a Lucía que no soy totalmente confiable sé que lo digo porque es la experiencia que vivo en ese momento y porque creo que toca poner entre nosotros lo que está sucediendo en mí. Pero eso no me hace saber hacia dónde llegaremos. En el momento de decirlo doy un paso hacia la niebla.

No es posible trabajar verdaderamente en la relación y saber con antelación lo que ocurrirá, ¡es contradictorio! Porque cualquier cosa que ocurra surgirá estando en el campo, no antes ni afuera. Más aún: lo que ocurre no es resultado directo de lo que yo hago ni de lo que hace mi cliente. Es la situación la que toma el mando, y esta es creada por ambos pero no sólo por ambos, sino también por todo lo que aquí y ahora –lo sepamos o no- configura el campo.

Lo dice Silvie Schoch cuando habla de “… mi apertura a lo desconocido, mi propia fe en lo que pudiera ocurrir de imprevisible. Mi capacidad para dejar ese espacio entre nosotros, vacante, y para desposeerme de mi deseo de ser artífice de lo que ocurre”. (Schoch de Neufron, 2000 p.137)

Y también Antonio Sichera:

“La verdadera experiencia no nos permite previsiones tranquilizadoras, nos toma y nos lleva: la hacemos en cuanto ella nos hace (…) El terapeuta y el paciente, en el momento en que aceptan la aventura del contacto y se ‘ponen en juego’, no pueden pretender controlar la experiencia en su transcurrir: les supera y les contiene, haciendo explotar sus intenciones y presuposiciones del inicio” (Sichera en Spagnuolo, 2002 p.43)

Así me es mucho más clara la idea de que el saber terapéutico se relaciona con la phrónesis (saber moral), en contraposición con  epistéme (saber teórico) o téchne (saber técnico):

“Es distinto el caso de la phrónesis (…) el hombre dotado de tal virtud (…) no sabe lo que es justo hacer, salvo al vivir la práxis, porque el bien no es una norma abstracta para aplicar, sino un criterio axiológico intrínseco a la situación misma.” Y más adelante: “El saber del terapeuta no es, por lo tanto, una teoría a aplicar sino un sentido a encontrar en la realidad” (Sichera en Spagnuolo, 2002 p.40)

El terapeuta no sabe, no puede saber  “lo que es justo hacer” fuera de la situación. El sentido se encuentra en la realidad, no fuera de ella, no en un plan preconcebido. Hace falta estar allí sin saber, sin mapas, sin seguridades, porque solo en ese espacio-tiempo de niebla es posible construir el paso siguiente.

Y es que soy mi propio instrumento –eso que decimos tantas veces-, lo que significa que cuento con lo que siento y soy para acompañar terapéuticamente al otro. Veo la situación desde mi perspectiva, no puedo hacer otra cosa. “… ese descubrimiento está articulado sobre mi propio trabajo de diferenciación, es decir, lo que se ha convenido en llamar mi subjetividad, y que esta subjetividad es incontestablemente emocional”.  (Robine, 2006 p.85) Y por ser emocional, nos recuerda Robine remitiéndose a Perls, Hefferline y Goodman, es falible. Es así: soy mi instrumento. El instrumento con el que hago terapia es humano y por lo tanto falible. ¿Cómo podría haber certezas con tal instrumento?

Un trabajo central en la terapia es crear una situación de urgencia de alta intensidad que permita al paciente salir del ajuste neurótico que lo mantiene en situaciones de urgencia de baja intensidad crónicas. Al aumentar la intensidad de la urgencia, abrimos la posibilidad a que el paciente intente ajustes novedosos y creativos. Se trata, dicen Perls, Hefferline y Goodman  de… “Mantener la situación controlable, pero no controlada: que sea sentida como segura ya que el paciente ha llegado a un estado en donde es necesario inventar el ajuste requerido, en lugar de reprimirlo de manera no deliberada” (PHG p.81)

Pero a veces olvidamos que la situación de urgencia aumenta en intensidad no solo para el paciente, sino también para el terapeuta. Cuando nos ponemos en el trabajo, esa intensidad es experimentada en la propia piel. No puede ser de otra forma porque como terapeuta formo parte de la situación, no estoy fuera de ella.

“El self no conoce por anticipado lo que va a inventar, ya que el conocimiento es la forma de lo que ya se ha producido. Es cierto que el terapeuta tampoco lo sabe, ya que no puede vivir el crecimiento en el lugar del otro; simplemente forma parte del campo”. (PHG p.183)

La incertidumbre es entonces un estado que compartimos el paciente y yo. Comprendo entonces las palabras de Peter Philipson en el taller que impartió hace unos años: “En el encuentro terapéutico –decía- deben haber al menos dos personas asustadas”.

En aquel taller nos recordaba que un cierto nivel de ansiedad nos señala que en realidad estamos trabajando. Si no hay ansiedad es muy posible que lo que hacemos con el paciente es lo ya conocido, lo ya explorado, lo cómodo. La aparición de la ansiedad nos avisa que nos acercamos a la novedad. Y se trata de que esa ansiedad sea experimentada por ambos,  paciente y terapeuta.

¿Qué tan presente está  ese nivel de ansiedad en mi trabajo?, ¿qué tan seguido me permito caminar por la zona borrosa de la incertidumbre? Ahora pienso que si no me ocurre con frecuencia, debería revisar si mi trabajo terapéutico realmente se aproxima a la frontera.

Muchas veces veo a los alumnos de psicoterapia deteniéndose en su trabajo porque no saben a dónde llegarán. Están ante el paciente y quisieran vislumbrar el final de la historia. La mayoría de las veces eso no es posible. Me parece que trabajando en la frontera de contacto solo puedo ir paso a paso. Permanezco allí, dejándome impactar por lo que sucede en la situación y entonces puedo proponer el siguiente paso. ¡Sólo el siguiente paso!, porque luego de darlo, es posible que vuelva a la incertidumbre. Un paso a la vez, y cada paso me lleva a un momento nuevo desde el que tendré que crear el siguiente paso sin saber aún hacia dónde llegaré finalmente.

Cuando intento conocer anticipadamente el final de la historia, pierdo la energía y la atención que requiero para lo verdaderamente importante: construir el siguiente paso, sólo el siguiente.

Si decido esperar a que no haya incertidumbre en mi trabajo, acabaré detenido indefinidamente. Eso no ocurrirá. La única opción real es asumir la incertidumbre y continuar caminando llevándola conmigo.

E incluso más: la incertidumbre no es una consecuencia inevitable o un mal necesario en el trabajo terapéutico. Por el contrario, en realidad, hacer terapia es llevar al paciente, acompañándolo, hacia  la incertidumbre. Y al decir “acompañándolo” no me refiero a ser un espectador externo de su caminar por la niebla, sino a entrar en la niebla con él.

Lo que hacemos en terapia no es estabilizar las cosas sino lo contrario. Al entrar en la niebla los caminos conocidos se desdibujan, los límites se hacen borrosos, la función Ello se activa y el equilibrio se rompe. ¡Y de eso se trata!, porque en el completo equilibrio no hay posibilidad de movimiento.

“Solo puede producirse un ajuste cuando existe un desajuste, cuando hay un desequilibrio, así que podríamos incluso preguntarnos si no sería mejor hablar de desequilibrio creador, siendo el ajuste creador meramente la fase final de todo un proceso de reconstrucción”.  (Delacroix, 2004 p10)

Se trata de cultivar la incertidumbre, de abrazarla, porque solo desde ella podemos crear posibilidades inéditas.

“Sólo situándose en el diálogo con los elementos observados, sin buscar poder sino una relación de intercambio, de cocreación, sin certeza acerca de lo que va a ocurrir, se puede acceder a una forma de realidad distinta. Y esta realidad es nueva cada vez… “ (Schoch de Neufron, 2000, p.105)

Lo seguro, lo cierto, es sin duda más fácil, pero nos mantiene en lo que ya conocemos, firmemente anclados en la función personalidad, congelados.

Permitirnos la incertidumbre es soltar la cuerda que nos une a esa seguridad. Entonces surge la posibilidad de ser creativos, de renovar la función Yo, de arriesgarnos a crecer en la frontera y también a equivocarnos algunas veces y a ‘no saber’ muchas más.

“La incertidumbre es el carácter de lo que no es conocido de antemano, de lo que no puede ser objeto de conjeturas y que permanece, por lo tanto, abierto (…) la incertidumbre puede abrir la situación. Para decirlo en palabras de  Frank Staemmler, terapeuta gestáltico alemán, la incertidumbre debe ser cultivada con los diferentes sentidos que se puede atribuir a la palabra ‘cultivada’, cuidada y llena de cultura” (Robine, 2006 p.86)

Lo repito para mí, para no olvidarlo: cultivar la incertidumbre.

“El olvidado asombro”.

Lo confirmo una vez más: no es posible hacer terapia Gestalt trabajando en la frontera de contacto sin atravesar por la incertidumbre. Puedo tener claridad del paso que toca dar a continuación, pero en cuanto lo doy, la seguridad se desvanece y vuelvo a enfrentrarme a la duda, a lo borroso e incierto.

Hoy creo que la incertidumbre que experimentamos el paciente y yo es una buena señal. Me indica que caminamos por una senda novedosa, que hemos dejado la zona conocida y que paso a paso vamos explorando posibilidades hasta entonces negadas o evadidas. La incertidumbre me confirma que me encuentro realmente con el otro y que ambos vislumbra- mos la frontera. Vienen a mi mente las palabras de Fromm que leí hace algunos años y que siguen emocionándome:

“Yo manifiesto a mis pacientes que soy como una malla de seguridad. Ellos pueden atreverse a andar de puntillas sobre esa red de alambre, por encima de lo desconocido, y quedarse tranquilos: incluso si su miedo los hace resbalar y caer, lo único que les sucederá  es una serie de rebotes hasta que puedan ponerse en pie. Pero ¿y yo? A medida que dejo de lado cada pieza gastada de la técnica y me aventuro más lejos para descubrir los límites de mí mismo y de la terapia, el paciente puede escandalizarse al ver que me acerco a esas alturas, desde la otra punta de la red de seguridad. En esas instancias ambos podemos preguntarnos: ¿Quién está tendiendo la red?”  (Fromm en Kopp, 1999 P.34-35)

Yo no. Yo no quiero estar sosteniendo la red –aunque muchas veces lo hago-. No quiero estar a salvo como espectador mientras mi paciente se tambalea sobre el vacío a cada paso. Quiero estar allá arriba, sintiendo la cuerda bajo mis pies, acaso compartiendo el vértigo.

Quiero estar allá porque sé que solo así es que puedo crecer, descubrirme, sanar mis heridas.

No quiero estar en mi consultorio repitiendo fórmulas prefabricadas –aunque a veces lo hago- y repitiendo cien veces el mismo experimento como un mago viejo que hace una y otra vez sus mismos trucos. No quiero certezas que me condenen al aburrimiento y al hastío.

Es verdad que puedo mantenerme en lo conocido. Mantendré mi status, mi posición de privilegio, me mantendré siendo “el que sabe”, pero estaré solo en mi tarea, tendré que sacar de la chistera experiencias que sirvan al paciente contando solo con mi destreza. Lo haré a solas.

Si voy a la frontera, si me permito dejar mi seguridad y cultivo la incertidumbre, perderé mi lugar privilegiado, mi imagen impecable, pero estaré con el otro para atravesar la experiencia.

No seré yo “el que sabe”, sino el otro y yo no sabiendo…  y queriendo saber.

No estaré yo a solas con mis certezas, sino el otro y yo con nuestra incertidumbre.

No estaré yo, a solas, eligiendo cada paso, sino el otro y yo creándolo juntos, a veces fallando.

Juntos. Juntos. Juntos. Lo escribo y me dan ganas de que esa sola palabra bastara para ser un poema: juntos.

Porque… “Sin el otro, no se abre nada. Sin el otro, no existe nada. Sin el otro, el self no existe: sin el otro, la expresión no existe; sin el otro, no existe la palabra” (Robine, 2006 p. 70)

Y porque solo con el otro y en la incertidumbre que provoca nuestro encuentro es posible crecer y hacernos más humanos, que es, me parece, el sentido de la psicoterapia. Para que ocurra aquello que dice Octavio Paz como yo no podría decirlo:

“… por un instante inmenso y vislumbramos

nuestra unidad perdida, el desamparo

que es ser hombres, la gloria que es ser hombres

y compartir el pan, el sol, la muerte,

el olvidado asombro de estar vivos”.

(Paz, 1989 p.94)

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DELACROIX, Jean Marie (2004) MARAVILLARSE. LA IRRUPCIÓN DE LO INESPERADO. Revista Figura Fondo no. 16. IHPG. México.

KOPP, Sheldon (1999 ) GURÚ. Gedisa. España.

PAZ, Octavio (1989) EL FUEGO DE CADA DIA. Seix barral. México.

PERLS, HEFFERLINE y GOODMAN (  ) TERAPIA GESTALT: EXCITACIÓN Y CRECIMIENTO DE LA PERSONALIDAD HUMANA. Los Libros del CTP. España.

ROBINE, Jean Marie, (2006 ) MANIFESTARSE GRACIAS AL OTRO. Los Libros del CTP. España.

SCHOCH, Silvie (2000) LA RELACIÓN DIALOGAL EN PSICOTERAPIA GESTALT. Los Libros del CTP. España.

SPAGNUOLO LOBB, Margherita, et.al. (2002) PSICOTERAPIA DE LA GESTALT. HERMENÉUTICA Y CLÍNICA. Gedisa. España.

VAUGHAN, Frances (1991) EL ARCO INTERNO. Kairós. España.

YALOM, Irvin (2002) EL DON DE LA TERAPIA. Emecé. Argentina.

ZANDER, Benjamin  (1999 ) BENJAMIN ZANDER: LIVING ON ONE BUTTOCK. Video Producido por la BBC